domingo, 26 de marzo de 2017

PRÓLOGO (CUARTA HISTORIA)





EL DOLOR LLEGABA EN OLEADAS, FUERTES Y VIOLENTAS; olas que se estrellaban y partían el corazón. Otras veces eran lentas y cubrían por completo, amenazando con ahogar el alma.


La gente, la gente buena y considerada, aseguraba que el tiempo lo cura todo. Paula esperaba que tuvieran razón, aunque de pie en la terraza de su dormitorio, bajo un sol de finales de verano y pasados varios meses desde la repentina y espantosa muerte de sus padres, sentía que esas caprichosas olas seguían rompiendo sobre ella.


Tenía tanto..., se recordó a sí misma. Su hermano (y no sabía si habría sobrevivido al período de duelo sin Dani) había sido una roca a la que aferrarse en ese ancho y vasto mar de horror y pena. Sus amigas Maca, Emma y Laura, una parte de su vida, una parte de ella misma desde la infancia, habían sido la sustancia aglutinante que había reunido y cohesionado los fragmentos de su mundo hecho añicos.


Contaba con el apoyo constante y firme del ama de llaves, la señora Grady, su isla de consuelo.


Tenía su casa. De algún modo la belleza y la elegancia de la finca de los Alfonso le parecían más intensas, más acusadas, ante la certeza de que no volvería a ver a sus padres pasear por sus jardines. Jamás volvería a bajar corriendo la escalera para encontrar a su madre riéndose en la cocina con la señora G., ni escucharía a su padre negociando un contrato en el despacho.


En lugar de aprender a surcar las olas, Paula se había sentido arrastrada más y más al oscuro fondo.


El tiempo, decidió, había que aprovecharlo, forzarlo, moverlo.


Pensaba, y esperaba también, que encontraría la manera no solo de aprovechar ese tiempo, sino de celebrar lo que sus padres le habían dado, de compartir esos dones con la familia y los amigos.


Para ser productiva, pensó, mientras las primeras fragancias especiadas del incipiente otoño impregnaban el aire. Los Alfonso eran de los que trabajaban. Construían y producían, y nunca, jamás, se habían dormido en los laureles.


Sus padres no habrían esperado menos de ella que de sus predecesores.


Sus amigas quizá pensarían que había perdido la cabeza, pero había ideado, calculado y perfilado un sólido plan de empresa, un proyecto de negocio impecable. Y con la ayuda de Dani, un contrato legal justo y razonable.


Hora de nadar, se dijo.


No se hundiría, así de simple.


Regresó al dormitorio y tomó los cuatro paquetes pesados que había dejado encima del tocador. Uno para cada una de ellas, material para la reunión, aunque no había comentado a sus amigas que a eso era a lo que iban.


Se detuvo, se concedió unos instantes para recogerse el brillante pelo castaño en una coleta y se miró, permitiendo que un destello iluminara sus ojos azul intenso.


Podía lograr que funcionara. No, no, ellas podían conseguir que funcionara.


Solo debía convencerlas.


En la planta baja encontró a la señora Grady dando los últimos toques a la comida.


La recia mujer volvió la espalda a los fogones y le guiñó un ojo.


—¿Lista?


—Preparada al menos. Estoy nerviosa. ¿Es una tontería estar nerviosa? Son las mejores amigas del mundo...


—Es un gran paso el que quieres dar, y un gran paso el que les vas a pedir que den. Estarías loca si no te sintieras un poco nerviosa. —La señora Grady se acercó a ella y le tomó el rostro entre sus manos—. Confío en ti. Ve afuera. Me he permitido la libertad de prepararos un aperitivo y un poco de vino en la terraza. Mis chicas ya se han hecho mayores.


Carla quería ser mayor, pero, ay, en su interior había una niña que reclamaba a su mamá y a su papá, buscando consuelo, amor, seguridad.


Salió a la terraza y dejó los paquetes sobre la mesa; fue hacia la cubitera, cogió la botella de vino y se sirvió una copa.


Se quedó de pie, con la copa en la mano, contemplando bajo la suave luz que caía sobre los jardines el precioso estanque y la imagen de los sauces reflejada en su superficie.


—¡Caray, yo también quiero un poco de esto!


Laura apareció de repente, con su dorado cabello rubio muy corto, un nuevo look del que su amiga ya se arrepentía. No se había cambiado y vestía el uniforme de chef repostera de un restaurante destacado de la zona.


Puso en blanco los ojos, vivos y azules, mientras se servía un poco de vino.


—¿Quién me iba a decir, cuando anoté en mi agenda nuestra noche de chicas, que en el último minuto alguien haría una reserva para veinte? La cocina ha sido un manicomio toda la tarde. En cambio la cocina de la señora G.... —soltó un quejido al derrumbarse en su asiento tras las muchas horas que había estado de pie— es un oasis de paz que huele de maravilla. ¿Qué hay para cenar?


—No se lo he preguntado.


—Da igual. —Laura apartó la idea de su mente con un aspaviento—. Pero si Emma y Maca llegan tarde, empiezo sin ellas. —Se fijó en el montón de paquetes—. ¿Qué es todo eso?


—Algo que no puede empezar sin ellas. Laura, ¿te gustaría volver a Nueva York?


Laura la miró por encima del borde de su copa.


—¿Me estás echando?


—Me gustaría saber lo que quieres. Si estás satisfecha de cómo andan las cosas. Regresaste aquí por mí, después del accidente, y...


—Me lo tomo con calma, supongo que ya lo descubriré. Ahora mismo, no tener planes me va bien, ¿vale?


—Ya...


Carla se interrumpió cuando Maca y Emma aparecieron juntas riendo.


Emma, pensó, tan hermosa con su melena de rizos salvajes, sus ojos oscuros y exóticos brillantes de alegría. Maca, con su vistoso cabello pelirrojo de mechones cortos, sus picaros ojos verdes también alegres, estilizada y alta con sus tejanos y una camiseta negra.


—¿De qué va el chiste? —preguntó Laura.


—De hombres. —Maca dejó las bandejas de brie en croute y de tartaletas de espinacas que la señora Grady les había endosado al pasar por la cocina—. De los dos que pensaron que podían echar un pulso por Emma.


—Fue muy bonito —repuso Emma—. Eran dos hermanos que entraron en la floristería para hacer un regalo a su madre por su cumpleaños. Una cosa llevó a la otra.


—A mi estudio no paran de venir hombres. —Maca se metió en la boca una uva negra y dulce del frutero que descansaba en la mesa—. Y jamás ninguno ha echado un pulso para salir conmigo.


—Hay cosas que nunca cambian —dijo Laura alzando la copa para brindar por Emma.


—Hay cosas que sí —terció Paula. Tenía que empezar, tenía que mover ficha—. Por eso os he pedido a todas que vinierais esta noche.


Emma iba a coger un poco de brie, pero se quedó inmóvil a medio camino.


—¿Pasa algo?


—No, pero quería hablar con todas vosotras. —Decidida, Carla sirvió vino a Maca y a Emma—. Sentémonos.


—Huy, huy, huy... —advirtió Maca.


—Nada de huy, huy, huy—insistió Paula—. Primero he de decir que os quiero mucho a todas y que siempre os he querido y que siempre os querré. Hemos compartido muchas cosas buenas y otras malas... y cuando las cosas se han puesto feas, siempre supe que estaríais conmigo.


—Todas estamos aquí por todas. —Emma se inclinó y puso su mano sobre la de Paula—. Eso es lo que hacen las amigas.


—Sí, eso es. Quiero que sepáis lo mucho que significáis para mí, y quiero que sepáis también que si alguna de vosotras no está de acuerdo con lo que voy a proponeros, por la razón que sea, nada cambiará entre nosotras. —Levantó la mano para impedir que le quitaran la palabra—. Dejad que concrete. Emma, tú querrás tener un día tu propio negocio de floristería, ¿verdad?


—Siempre ha sido mi sueño. Bueno, me gusta trabajar en la tienda, y el jefe me da mucha libertad, aunque espero, con el tiempo, tener la mía propia. Pero eso…


—Los peros, luego. Maca, tú tienes demasiado talento, eres demasiado creativa para pasarte el día haciendo fotos de pasaporte y sesiones de fotografías infantiles.


—Mi talento no conoce fronteras —dijo Maca alegremente—, pero una tiene que comer todos los días.


—Y te gustaría tener tu propio estudio de fotografía.


—También me gustaría que Justin Timberlake y Ashton Kutcher echaran un pulso por mí... y eso es igual de improbable.


—Laura, tú estudiaste en Nueva York y en París con la intención de convertirte en chef repostera.


—En una chef repostera de prestigio internacional.


—Y te has conformado con trabajar en Los Sauces.


Laura tragó un bocado de su tartaleta de espinacas.


—Bueno, oye...


—En parte te conformaste por estar a mi lado después de que perdiera a mamá y a papá —prosiguió Paula—. Yo estudié con el objetivo de montar mi propio negocio. Siempre tuve una idea de lo que quería, pero me parecía un sueño inalcanzable. Un sueño que nunca compartí con ninguna de vosotras. Sin embargo, durante estos últimos meses he empezado a verlo con más claridad, y es posible.


—Por lo que más quieras, Paula, ¿de qué se trata? —preguntó Laura.


—Quiero que montemos un negocio juntas. Las cuatro, y que cada una se ocupe de una parte de la empresa... según su campo de intereses y de especialización, pero fusionándolo entre todas bajo un mismo paraguas, por decirlo de alguna manera.


—¿Montar un negocio? —repitió Emma.


—¿Recordáis cuando jugábamos al «día de la boda»? Nos turnábamos los papeles, llevábamos disfraces y planificábamos los temas.


—Con quien más me gustó casarme fue con Harold. —Maca sonrió ante el recuerdo del perro de los Chaves, fallecido hacía mucho tiempo—. Era tan guapo y leal...


—Podría hacerse realidad, podríamos convertir el «día de la boda» en un negocio propio.


—¿Ofreciendo a las niñas disfraces, bizcochos y perros con mucha paciencia? —aventuró Laura.


—No, ofreciendo un escenario único y asombroso: esta casa, con estos jardines; pasteles y tartas espectaculares; ramos y centros de infarto; fotografías hermosas y creativas. Y por mi parte... alguien que cuidará de cada detalle para que una boda, o cualquier otra celebración importante, sea un día perfecto en la vida del cliente.


Paula apenas tomó aliento y prosiguió:
—Tengo muchísimos contactos a través de mis padres. Empresas de catering, proveedores de vino, servicios de limusinas, centros de estética... de todo. Y lo que no tenga, lo conseguiré. Un negocio de bodas y celebraciones que ofrezca todos los servicios, y las cuatro como socias paritarias.


—Una empresa para organizar bodas. —Emma las miró ilusionada—. Suena maravilloso, pero ¿cómo vamos a...?


—Tengo un proyecto de negocio. He hecho números y cálculos y tengo respuesta para las dudas legales si es que las tenéis. Dani me ha ayudado.


—¿Qué opina Dani? —preguntó Laura—. ¿A Daniel le parece bien que conviertas la finca, vuestra casa, en una empresa?


—Me apoya absolutamente. Y su amigo Jeronimo está dispuesto a ayudarnos a reformar la casita de la piscina para convertirla en un estudio de fotografía con una vivienda arriba, y la casa de invitados en una floristería con un apartamento. Podemos transformar la cocina auxiliar de aquí en tu espacio de trabajo, Laura.


—¿Viviríamos aquí, en la finca?


—Tendríais esa opción —dijo Carla a Maca—. Habrá mucho trabajo, y sería más práctico para todas nosotras estar en el mismo lugar. Os mostraré los números, el proyecto, los gráficos, las obras. Pero todo esto será inútil en el caso de que a alguna de vosotras no le guste la idea. Y si eso sucede, bueno, intentaré convencerla con palabras —añadió Paula con una carcajada—. Y si aun así sigue en sus trece, abandonaré.


—Y una mierda. —Laura se pasó la mano por su corto tupé—. ¿Cuánto tiempo llevas trabajando en esto?


—¿En serio? ¿De una manera activa? Unos tres meses. Tuve que hablar con Dani, y con la señora G., porque sin su apoyo nunca habría arrancado. Pero antes quería reunir todos los datos para la presentación. Esto es un negocio —dijo Paula—. Nuestro negocio, y tenemos que entenderlo así desde el principio.


—Nuestro negocio —repitió Emma—. Bodas. ¿Qué hay más alegre que una boda?


—¿O más loco? —terció Laura.


—Las cuatro sabemos manejarnos con las locuras. ¿Pau? 
—Unos hoyuelos se dibujaron en el rostro de Maca cuando esta le tendió la mano—. Cuenta conmigo.


—No puedes comprometerte hasta que no hayas visto el proyecto y los números.


—Sí puedo —corrigió Maca—. Quiero hacerlo.


—Yo también. —Emma puso su mano encima de las de sus amigas.


Laura tomó aliento, aguantó la respiración y soltó el aire. —Supongo que a esto se le llama unanimidad. —Y puso la mano encima—. Vamos a machacar el mundo de las bodas.








SINOPSIS (CUARTA HISTORIA)




Como rostro público de la empresa de planificación de bodas Votos, Paula Chaves tiene un don natural para hacer realidad las visiones de la novia. Lo único que no puede ver es adónde va su vida.


Al mecánico Pedro Alfonso le encanta descubrir cómo funcionan las cosas, y Paula no es una excepción. Ambos saben que pasar del simple coqueteo a un rollo es una paso muy serio. Para Paula siempre ha merecido la pena arriesgarse en el trabajo, pero ahora tendrá que tomar la decisión de su vida con el corazón.



CAMBIO DE PERSONAJES:
TERCERA HISTORIA = CUARTA HISTORIA

MARTIN KAVANAUGH = PEDRO ALFONSO
CARLA ALFONSO = PAULA CHAVES
PEDRO ALFONSO = DANIEL CHAVES
PAULA CHAVES = LAURA MCNIGHT




sábado, 25 de marzo de 2017

CAPITULO FINAL (TERCER HISTORIA)






Paula permaneció inmóvil cuando se hubieron ido, pero como sabía que alguna de ellas regresaría al cabo de una hora para comprobar si se encontraba bien, se obligó a levantarse y fue a prepararse para ir a dormir.


Pensó que había pasado unas buenas vacaciones, y que eso nadie podría quitárselo. Por si fuera poco, ese verano había disfrutado del amor de su vida. No todo el mundo podía decir lo mismo.


Sobreviviría. Quizá Pedro y ella no serían amantes, pero siempre serían familia. Pedro y ella encontrarían la manera de superar la ruptura.


Se quedó acostada y a oscuras, dolida. Muy dolida. Intentó consolarse diciéndose que el tiempo lo curaba todo. Hundió la cabeza en la almohada y lloró un poco, porque en el fondo no se lo creía.


La brisa marina susurró en su mejilla como si le diera un beso, dulce y delicado. Paula suspiró, y tuvo ganas de aferrarse al sueño, de dejarse llevar por su aturdimiento.


—Vas a tener que despertarte.


Paula abrió los ojos y vio a Pedro mirándola fijamente.


—¿Qué?


—Despiértate y levántate. Ven conmigo.


—¿Qué? —Paula le dio un empujón e intentó ordenar sus pensamientos. La callada y mortecina luz de plata de unos instantes antes del amanecer envolvía la estancia—. ¿Qué haces? ¿Has vuelto ya?


—Levanta.


Paula intentó agarrarse a la sábana cuando notó un tirón, pero no lo consiguió.


—Has dejado plantados a tus amigos. Te has ido cuando…


—Bah, cállate. Yo te he escuchado antes, ahora me escucharás tú a mí. Vámonos.


—¿Adónde?


—A la playa, a dejar las cosas claras.


—No bajaré a la playa contigo. La comedia ha terminado.


—Eres una mujer contradictoria, Paula. O vienes por tu propio pie o te llevo a rastras, pero tú y yo acabaremos en la maldita playa. Como me preguntes por qué, te juro que te arrastro hasta allí.


—Tengo que vestirme.


Pedro vio que llevaba puestos la camiseta de tirantes y los pantaloncitos cortos del pijama.


—Vas tapada. No me pongas a prueba, Chaves. No he dormido y llevo muchas horas conduciendo. No estoy de humor.


—¿No estás de humor? ¡Eso sí es una novedad! —Paula balanceó las piernas para darse impulso y plantó los pies en el suelo—. Muy bien, liquidaremos esto en la playa, ya que es tan importante para ti.


Paula se apartó de él de un manotazo cuando Pedro quiso tomarla de la mano.


—Yo tampoco he dormido bien precisamente y no he tomado café. Así que no me pongas a prueba tú a mí.


Salió enfurruñada al porche y bajó los peldaños que conducían a la playa.


—Vale más que te tranquilices —le aconsejó Pedro—. No tiene sentido enfadarse.


—Para mí, sí.


—Para ti, siempre. Por suerte, yo soy una persona más equilibrada.


—Y una mierda. ¿Quién ha aparecido en mitad de la noche amenazando con sacarme de la cama a rastras?


—Está a punto de salir el sol. De hecho, es un momento fantástico. Me gusta, por aquello de que nace un nuevo día. Pedro se quitó los zapatos al llegar a la arena—. Anoche no llegamos más lejos, geográficamente, quiero decir. Creo que podemos mejorar eso en otro terreno. Manos a la obra.


Le dio la vuelta y tiró de ella para darle un beso tórrido y posesivo. Paula le dio un empujón para zafarse, pero se encontró frente a un muro sólido e inamovible. Sin embargo, Pedro notó su tensión y la soltó.


—No hagas eso —dijo ella con voz queda.


—Tienes que mirarme y escucharme y… Paula, tienes que prestarme atención. —La cogió por los hombros con suavidad—. Tal vez tengas razón y puede que yo no vea nada pero, maldita sea, tú no escuchas. Ahora estoy mirando y veo. Si me escuchas, oirás.


—Muy bien, de acuerdo. No tiene ningún sentido que nos enfademos. Solo…


—¿Cómo quieres oírme si no te callas?


—Dime que vuelva a callarme y… —amenazó mirándolo con aire desafiante.


Pedro le tapó la boca con la mano.


—Voy a arreglar las cosas. Mi trabajo consiste en encontrar soluciones, y además eso coincide con mi manera de ser. Si me amas, vas a tener que aceptarlo. —Pedro apartó la mano de sus labios—. Pero si quieres pelea, a mí no me importa.


—Me alegro por ti.


—Odio haberte hecho daño porque, por un lado, no he ido con cuidado y, por otro, he sido demasiado meticuloso. Supongo que los Alfonso siempre estamos intentando encontrar el equilibrio.


—Yo soy la única responsable…


—De tus propios sentimientos, ya… Ignoro si has sido la única mujer que ha existido para mí. Estaba acostumbrado a verte y a pensar en ti de otra manera. Por eso no lo sé.


—Lo entiendo, Pedro, de verdad, yo…


—Calla y escúchame. Diste un giro a nuestra relación, y eso me tomó por sorpresa. No lo lamento; es más, tendría que darte las gracias. No sé si en el pasado fuiste la única —repitió Pedro—, pero ahora sí lo eres, lo serás mañana, el mes próximo y el año que viene. Serás la única durante toda mi vida.


—¿Qué?


—Ya me has oído. ¿Quieres que te lo diga más claro? Eres tú.


Paula se quedó mirándolo y su expresión le resultó muy familiar. Entonces lo comprendió y en ese instante su corazón se llenó de alegría.


—Te he querido toda mi vida. Quererte ha sido fácil para mí. No estoy muy seguro de cuándo me enamoré de ti, pero sí sé que me costó un poco más. Mis sentimientos son honestos, auténticos, y si hay complicaciones, no me importa. Te quiero.


—Pienso que… —A Paula se le escapó la risa—. No, no puedo pensar.


—Entonces no pienses. Escucha, y por una vez deja de imaginar lo que pienso y siento yo. Creía que lo lógico era ir despacio, darnos tiempo para adaptarnos a nuestra nueva situación, a lo que empezaba a sentir yo.


Le cogió la mano y se la llevó al corazón.


—Supuse que lo que necesitabas era asumir las cosas. 
Tenías razón, y yo andaba equivocado. Tendría que haberlo entendido, pero tú tampoco te diste cuenta de lo mucho que te amo, de que te quiero y te necesito. Me compraría un par de perros si me apeteciera vivir acompañado, y en cuanto a hermana, ya tengo una. No es así como te considero, y te aseguro por lo más sagrado que no quiero que pienses eso de mí. Ahora estamos empatados. Estamos en el mismo nivel, Paula.


—Hablas en serio.


—¿Cuánto tiempo hace que me conoces?


A Paula se le empañaron los ojos y parpadeó.


—Mucho.


—Entonces ya sabes que hablo en serio.


—Te quiero muchísimo. Me decía a mí misma que lo superaría, pero era mentira. Nunca habría superado algo así.


—No he terminado. —Pedro se metió la mano en el bolsillo, sacó una cajita y la abrió. Paula se quedó atónita—. Era de mi madre.


—Ya lo sé. Yo… Oh, Pedro


—Fui a retirarlo de la caja de seguridad del banco hace un par de semanas.


—Hace semanas…


—Después de aquella noche en el estanque. Las cosas habían cambiado ya, pero después de esa noche… en realidad fue cuando viniste a mi despacho. Entonces lo supe… supe cómo quería que fuera nuestra relación. Lo he adaptado a la medida de tu dedo. Si he sido un poco arrogante, te aguantas.


Pedro… —Paula se quedó sin aliento—. No puedes… es el anillo de tu madre. Carla…


—He ido a despertarla antes que a ti. Le parece bien. Me ha ordenado que te dijera que no seas idiota, que nuestros padres te querían.


—Oh… —Le saltaron las lágrimas—. No quiero llorar, pero no puedo evitarlo.


—Nunca se me había ocurrido pedirle a nadie que llevara este anillo, y quiero que lo lleves tú. He ido en coche a Greenwich para recogerlo, y he regresado hoy mismo para dártelo. Quiero que lo lleves porque eres la única mujer que existe para mí. Cásate conmigo, Paula.


—Dile a Carla que no seré idiota, pero primero dame un beso. Quiero celebrar que no hace falta que deje de quererte.


La brisa le rozó la piel y el pelo cuando ambos juntaron sus labios, y el fuerte latido del corazón de ese hombre se acompasó al suyo. En ese momento se oyeron unos silbidos y unos gritos de animación.


Paula volvió la cabeza y apoyó su mejilla en la de Pedro. El grupo se había reunido en el porche de la casa.


—Carla ha despertado a los demás.


—Sí, lo nuestro siempre ha sido un asunto de familia —comentó Pedro separándose de ella—. ¿Lista?


—Sí, estoy completamente lista. Pedro quiero todo.


El anillo que le puso en el dedo reflejó los primeros rayos del sol mientras una luz rosicler despuntaba por el este. Paula paladeó ese instante y lo selló con un nuevo beso.


—Estamos en el momento y en el lugar perfectos —le dijo—. Dime otra vez que soy la única mujer que existe para ti.


—Eres la única —repitió Pedro tomando la cara de ella entre sus manos—. La única mujer que existe para mí.


Iba a ser la única a partir de ese día que nacía, pensó Paula, y durante todos los días que vendrían.


Se cogieron de la mano y subieron los peldaños de la playa para ir a compartir ese momento con la familia.