martes, 21 de marzo de 2017

CAPITULO 39 (TERCER HISTORIA)





Tras haber horneado los pasteles de la mañana Paula ya había recuperado el tiempo perdido. Eligió el DVD de La cena de los acusados, y mientras el diálogo entre Nick y Nora zumbaba en el televisor, dispuso en un hermoso plato unos pastelitos para la visita de las diez.


Un aroma delicioso a azúcar y café cargado enriquecía el ambiente. La nota de alegría la aportaban las margaritas de Emma.


Carla entró en el momento en que Paula se estaba desatando el delantal.


—Ah, ya has terminado. Venía a ayudarte con el montaje.


—¿Cuando solo faltan cinco minutos? No es tu estilo, Carla.


—Los clientes han llamado para cambiar la hora. Vendrán a las diez y media.


Paula cerró los ojos.


—Me he matado para terminar a tiempo. Podrías habérmelo dicho.


—Acaban de llamar… Bueno, hace veinte minutos. De todos modos, así no hay que correr.


—No se lo has dicho a las demás.


—Me encanta tu blusa —dijo Carla en tono alegre—. ¡Qué pena que vayas tan tapada con la chaqueta del traje!


—Esas cosas solo funcionan con los clientes distraídos. —Paula se encogió de hombros y tomó la chaqueta que había colgado antes de ponerse a hornear—. Pero es cierto: la blusa es fantástica.


—¡No hemos llegado tarde! —exclamaron al unísono Emma y Maca.


—No, pero la clienta sí —les contó Paula—. Nuestra manipuladora amiga se lo tenía muy callado.


—Solo durante veinte minutos.


—Buf… No sé si enfadarme o sentir alivio. Necesito un estimulante. —Maca abrió la nevera y cogió una Pepsi sin azúcar. La destapó, bebió un trago y observó a Paula—. Te veo distendida y relajada.


—Estoy muy bien. ¿Por qué?


—Oh, apuesto a que estás muchísimo mejor que bien. Estar bien sería colgarse de una farola cantando bajo la lluvia a grito pelado después de haber hecho ejercicio, y permite que ponga unas comillas a la palabra «ejercicio». —Maca dejó la botella en la encimera y dibujó unas comillas en el aire.


—Oye, ¿has metido una cámara oculta en mi habitación?


—¿Por quién me tomas? Si no hay cámaras es porque no se me había ocurrido antes. Por otro lado, tampoco la habría necesitado. Os estabais tirando los tejos con tanta pasión que he tenido que irme antes de que me cayera alguno encima, no fuera a ser que me abalanzara sobre los dos y acabáramos montando un trío.


—¿De verdad? —preguntó Carla marcando las tres sílabas.


—Lo del trío, no… Paula no es mi tipo. Me gustas más tú, chica sexy —insinuó Maca, guiñándole el ojo con malicia a Carla.


—Creía que tu tipo era yo —protestó Emma.


—Soy un pendón. En fin, los dos se han montado en la bici elíptica y el ambiente se ha ido cargando. De repente, van y se ponen a hablar de sexo en código gimnástico.


—No es verdad.


—Sí, porque lo he desencriptado —puntualizó Maca levantando un dedo—. «Te estoy atrapando, no te quedan fuerzas, resistiré hasta el final…» Me enciendo solo de pensarlo.


—Es verdad que eres un pendón —decidió Paula.


—Un pendón con novio, no lo olvides. De todos modos, tendría que daros las gracias, porque he descargado mi inesperada frustración sexual en Sebastian después de nadar unos cuantos largos. Él también os lo agradece.


—A mandar.


—Todo esto es muy interesante, en serio, pero… —Carla dio unos golpecitos a su reloj—. Tenemos que preparar el salón.


—Espera. —Emma levantó la mano como un guardia de tráfico—. Una pregunta antes de ponerme a descargar las flores de la camioneta. ¿De verdad os queda energía para practicar el sexo después de hacer ejercicio?


—Lee el libro y mira los anuncios.


—¿Qué libro? —preguntó Emma mientras Paula salía de la cocina con la bandeja de pastelitos—. ¿De qué anuncios hablas?


—Ve a buscar las flores —ordenó Carla, y se llevó el carrito con el juego de café.


—Maldita sea… No expliquéis nada sustancioso hasta que regrese. Ven y ayúdame a descargar las flores.


—Pero si quiero…


Emma lanzó un exabrupto y le mostró un dedo a Maca.


—Vale, vale…


Una vez en el salón, Paula y Carla empezaron a montar el refrigerio.


—¿Ahora es luego?


—¿Luego? —preguntó Paula.


—Me refiero al «luego» que me has dicho antes, en el gimnasio.


—Sí, ahora es luego. —Paula se puso a doblar servilletas dándoles forma de abanico—. ¿Cuántos clientes esperamos?


—Vendrán la novia, la MDNA, el PDNA, el novio, la madrastra del novio… Cinco en total.


—Muy bien. El PDNO era viudo. ¿No va a venir?


—Está de viaje. No tienes por qué contarme nada. Da igual. Bueno, claro que no da igual, pero te lo digo porque eres amiga mía y no quiero que te sientas incómoda.


—Estás hecha un buen elemento. —Paula se echó a reír—. No es que no quiera contártelo, es que me siento idiota. Sobre todo ahora, después de haber practicado la llamada sexual de la selva.


—¿La llamada sexual de la selva? —preguntó Emma al entrar con una caja de la que sobresalía una profusión de lirios orientales—. ¿Qué clase de ejercicio es ese? ¿Cuánto dura? Concreta, y tú, Carla, toma apuntes.


—Primero son ocho kilómetros en la bici elíptica.


—Uf… Olvídalo. —Emma suspiró y empezó a desembalar los jarrones y a distribuirlos por el salón—. Después de ocho kilómetros subida a un aparato me moriría, Jeronimo practicaría la llamada sexual de la selva con otra persona y a mí me daría un ataque de rabia. Tiene que existir una manera más fácil.


—Me pregunto… —intervino Carla—. ¿Es posible…? ¿Podría decirse que todas estamos un poco obsesionadas con el sexo últimamente?


—Es culpa de Paula —terció Maca mientras ayudaba a Emma con las flores—. Lo entenderías si hubieras estado en el gimnasio mientras volaban los tejos por todas partes.


—Ahora no estamos hablando de sexo —dijo Paula.


—¿Cuándo habéis cambiado de tema? —preguntó Emma.


—Antes de que entraras. Estamos hablando de otro asunto.


—Mejor, porque no voy a hacer ocho kilómetros subida a una máquina. ¿De qué hablabais?


—De la cena de anoche, o mejor dicho, de unos momentos antes. Llegué tarde por culpa tuya —dijo Paula señalando a Maca.


—Oye, no pude hacer nada para evitarlo. La sesión en el estudio duró más de lo previsto, y no encontraba los zapatos que necesitaba. Además, tampoco llegaste tan tarde. Quizá unos diez o quince minutos.


—Suficiente para que Deborah Manning se sentara a nuestra mesa y tomara una copa de vino con Pedro.


—Creía que estaba en España.


—Hay cosas que se te escapan —dijo Paula sonriendo con ironía hacia Carla—. Te aseguro que ha regresado, porque la vi tomando un vino con Pedro.


—A mi hermano no le interesa Deborah.


—Antes sí.


—Eso fue hace años, y solo salieron un par de veces.


—Ya lo sé. —Paula levantó ambas manos para interrumpir a Carla—. Lo sé, por eso me siento como una idiota. No estaba celosa… No soy celosa. Al menos, no lo estuve de ella. En caso contrario, me habría sentido más idiota aún, porque lo cierto fue que Pedro no mostró ningún interés por esa mujer. Y ella por él, creo que tampoco.


—¿Cuál es el problema entonces? —preguntó Emma.


—Es que… cuando entré en el restaurante y los vi con una copa de vino y riéndose como la pareja perfecta…


—No digas eso —la atajó Carla sacudiendo la cabeza.


—Tú no los viste. Los dos tan guapos, elegantes, perfectos…


—Admito que son guapos y elegantes, pero no son la pareja perfecta. Viste a una pareja atractiva porque los dos son atractivos, pero eso no equivale a ser la pareja perfecta.


—Un pensamiento profundo. Muy profundo, en serio —dijo Maca—. Sé muy bien a qué te refieres. A veces fotografío a parejas y pienso: «¡Qué buena toma, qué bien han salido los dos…!», pero sé que no son la pareja perfecta, y eso no se puede cambiar, no puedo arreglarlo, ni manipularlo, porque es así, y ya está.


—Exactamente.


—De acuerdo. Diré entonces que eran guapos y elegantes. Me quedo con esa imagen. Durante un minuto me sentí muy cortada, como si la situación no fuera conmigo. Sé que es una idiotez… —Paula se echó hacia atrás el cabello—. Los contemplé a través de un muro de cristal: en uno de los lados estaba yo; en el otro, ellos.


—Lo que dices es insultante para los tres —la interrumpió Emma dejando sus flores y dándole un golpecito en el hombro—. No os lo merecéis ninguno de los tres. Deborah es muy simpática.


—¿Quién es Deborah?


—No la conoces —le contestó Emma a Maca—, pero es una mujer muy agradable.


—Yo no he dicho que no lo fuera. La conozco poco. Solo digo que no creo que haya servido mesas o sudado la gota gorda en la cocina de un restaurante.


—Eso es ser esnob, pero al revés.


Paula se encogió de hombros al oír el comentario de Parker.


—Puede que sí. Ya te he dicho que me sentí como una imbécil, y lo superé, de verdad. Sé que es problema mío, y me da rabia, pero eso fue lo que sentí en aquel momento; y volví a sentirlo cuando ella se dio cuenta de que Pedro iba a cenar conmigo porque salíamos juntos. Parpadeó asombrada sin poder evitarlo. Tardó muy poco en disimularlo, y estuvo muy correcta —comentó a Emma—. Ella no tuvo la culpa de mi reacción, y eso fue peor. Me tomó desprevenida. A veces me pasa. Luego la cena fue una delicia, una maravilla. Es decir, que una parte de mí se lo estaba pasando de fábula, y otra, la oculta, se sentía rematadamente imbécil por haber reaccionado de esa manera. Odio parecer tonta.


—Eso es bueno —asintió Carla—, porque cuando se odia una cosa en concreto, uno la abandona.


—En ello estoy.


—Entonces… Ah, esos deben de ser los clientes —dijo Carla al oír el timbre—. Mierda, se me había ido el santo al cielo. Emma, deshazte de estas cajas. Paula, llevas puestos los zuecos de cocinar.


—Maldita sea. Ahora mismo vuelvo. —Paula salió corriendo del salón y Emma la siguió con las cajas vacías.


—No has abierto la boca —dijo Carla arreglándose el traje chaqueta.


—Porque conozco ese muro de cristal —dijo Maca—, y sé lo que se siente cuando estás detrás. Necesitas tiempo y esfuerzo para echarlo abajo, pero Paula lo conseguirá.


—No quiero que exista ningún muro entre nosotras.


—Entre nosotras, no, Carla. Entre las cuatro no hay muros. Con Pedro es diferente, pero sé que ella romperá ese cristal.


—Muy bien. Si ves que vuelve a sentirse así, dímelo.


—Te lo prometo.


—Bien —asintió Carla—. Empieza la función. —Y fue corriendo a abrir la puerta.





lunes, 20 de marzo de 2017

CAPITULO 38 (TERCER HISTORIA)





Moviéndose con sigilo en la oscuridad, Paula entró en el baño para ponerse un sujetador de deporte y unos pantalones de ciclista. La noche anterior Pedro había decidido quedarse a dormir y ella había querido sacar el equipo del dormitorio.


Eso era lo que habría hecho Carla, pensó mientras se embutía los pantalones.


Se recogió el pelo con un pasador, se puso los calcetines y decidió irse así, con las zapatillas de deporte en la mano. 


Cuando abrió la puerta del dormitorio, soltó una exclamación. Pedro estaba sentado en la cama y había encendido la luz de la mesilla de noche.


—¿Qué pasa? ¿Tienes superoídos? No he hecho ruido.


—Más o menos. ¿Vas a hacer ejercicio? Buena idea. Iré a buscar algo de ropa y te acompaño.


Visto que Pedro estaba despierto, Paula se sentó para ponerse las zapatillas.


—Puedes dejar tus cosas aquí para la próxima vez.


Pedro sonrió.


—En nuestra tribu hay gente muy susceptible con esos temas.


—Yo no.


—Me alegro, porque yo tampoco. Es más fácil así. —Pedro echó un vistazo al reloj y esbozó una mueca—. Por lo general.


—Vuelve a dormirte. No te lo tendré en cuenta, ni pensaré que eres un macarra, un blandengue o un perezoso.


Pedro entornó los ojos y la fulminó con la mirada.


—Nos vemos en el gimnasio.


—Muy bien.


Paula salió de su habitación pensando que empezar el día bromeando con Pedro, hacer luego una hora de ejercicio y rematarlo todo con una ducha caliente, un buen café y una jornada de trabajo por delante era un plan fantástico.


De hecho, era perfecto.


Cuando entró en el gimnasio vio a Carla haciendo unos ejercicios de resistencia cardiovascular mientras veía un programa de la CNN.


—Buenos días —dijo en voz alta.


—Buenos días. Es insultante lo contenta que se te ve.


—Es que me siento de fábula. —Paula tomó una colchoneta de la estantería, se echó y calentó el cuerpo con unos estiramientos—. Pedro va a venir a hacer gimnasia.


—Eso explica tu alegría insultante. ¿Qué tal la cena?
—Bien, muy bien en realidad, solo que…


—¿Qué?


Paula miró hacia la puerta.


—No creo que tarde mucho en llegar. Te lo cuento luego. —Mientras empezaba sus estiramientos observó el equipo de Carla. Su amiga vestía unos pantalones ajustados de color chocolate y una camiseta sin mangas y con un estampado de flores. Un conjunto muy práctico y femenino—. Creo que me compraré ropa de deporte. Mis conjuntos están hechos polvo.


Carla subió a la otra bicicleta elíptica que había en el gimnasio.


—¿Cuánto tiempo has estado?


—Más de treinta minutos.


—A ver si te atrapo.


—No lo creo. Estoy a punto de llegar a los cinco kilómetros y luego me pondré a hacer pilates.


—Haré esos cinco kilómetros y compensaré tu pilates con un poco de yoga. Quizá llegue hasta los seis. Anoche tomé suflé.


—¿Valió la pena al menos?


—Por supuesto. El chef repostero de Los Sauces es muy bueno.


—Charles Baker.


—No se te escapa ni una, sabelotodo.


—Sí —dijo Carla con satisfacción—. Ya he llegado a los cinco kilómetros.


Carla secó la máquina con la toalla, apagó el televisor y puso música.


—Buenos días, señoras. —Vestido con unos pantalones cortos de gimnasia de hacía varios años y una camiseta descolorida, Pedro abrió el armario y sacó un botellín de agua para él y otro para Paula, y luego se dirigió a la máquina donde había estado Carla.


—Gracias —dijo Paula cuando él metió el botellín en el soporte.


—Tienes que hidratarte. ¿Cuánto ha corrido Carla?


—Cinco kilómetros. Yo correré seis.


Pedro subió a la otra máquina y la programó.


—Yo correré ocho, pero si a ti te basta con seis, no voy a echártelo en cara, y tampoco te tomaré por una blandengue.


—¿Ocho? —Paula asintió—. Acepto la apuesta.


Eran competitivos, pensó Carla tumbándose en la colchoneta para hacer unos ejercicios abdominales. ¿Quién era ella para culparles? Carla lo era tanto que empezaba a lamentarse de no haber corrido los tres kilómetros que le faltaban para igualar su marca.


Hacían muy buena pareja, aunque no sabía si se daban cuenta. Y no solo físicamente, pensó la joven mientras hacía unos ejercicios de tijera, sino en su manera de moverse y de conectar el uno con el otro.


Quería que su relación funcionara. Es más, quería que funcionara tan bien que casi se emocionaba al imaginarlo.


En su momento había deseado lo mejor para Maca y Emma, pero ahora se trataba de su hermano, y de una hermana que aunque no lo fuera de sangre, lo era en todo lo demás. Esas dos personas eran lo más importante de su vida, y deseaba con toda el alma su felicidad. Para ella sería un regalo tan preciado como podía serlo para ellos.


Carla creía fervientemente que cada persona, cada alma, tenía destinada su media naranja. Siempre lo había creído, y comprendía que esa creencia inamovible era una de las razones que la hacían buena en su trabajo.


—¡Ya llevo un kilómetro y medio! —anunció Paula.


—Has empezado antes que yo.


—Ese no es mi problema.


—Bien —dijo Carla viendo que Pedro aumentaba la marcha—. Ya no hay chico simpático que valga. —Sacudió la cabeza y empezó una nueva tanda de abdominales.


Pedro iba en cabeza al llegar al quinto kilómetro, y en ese momento entró Maca con andar cansino.


—Ahí está —dijo la joven con una mueca de disgusto al ver la máquina de musculación—. Mi enemigo. —Frunció el ceño al ver que Carla terminaba su sesión con unas posturas básicas de yoga a modo de estiramientos—. Ya estás, ¿verdad? Lo he adivinado por la cara de suficiencia que pones.


Carla juntó las manos en la posición de oración.


—Mi cara refleja la paz y el equilibrio de mi cuerpo y mi espíritu.


—Vete a hacer puñetas, Carla. Oye, no mires, pero aquí se ha colado un hombre.


—Están echando una carrera para ver quién llega antes a los ocho kilómetros.


—¡Qué locura! ¿Por qué? ¿Quién va a querer resoplar subido a esa máquina durante ocho kilómetros? A ver, dime qué te parece. —Maca dio una vuelta completa para enseñarle su camiseta de deporte y sus pantalones cortos de yoga—. Entré en crisis y compré un equipo de esos que venden para que una se aficione y se inspire.


—Muy bonito, y práctico. Bien por ti. —Carla terminó haciendo el pino y Maca tuvo que bajar la cabeza para mirarla.


—Ahora que me he comprado el equipo, ¿crees que podré hacer eso?


—Te guiaré si quieres intentarlo.


—Déjalo. Me lastimaría y he quedado con Sebastian para ir a hacer unos largos cuando termine la tortura que me he impuesto. ¿Le has visto nadar?


—Ajá. —Sebastian volvió a poner los pies en el suelo y se enderezó—. Lo vi una vez al salir a la terraza. Te aseguro que no fue en plan mirona.


—Pues está para comérselo con los ojos. Es una monada en bañador, pero lo mejor de todo es que cuando se mete en el agua, de repente deja de ser el profesor Patoso y se convierte en Míster Maravillas. —Preparó la máquina y se puso a hacer unos ejercicios para tonificar los bíceps—. ¿Por qué será?


—Quizá porque en el agua no puede tropezar con nada sólido.


—Hum… podría ser. En fin, cuando termine de maltratarme en el gimnasio, Sebastian y yo iremos a nadar, que es un ejercicio civilizado. Puede que el único. Hablando de gente monísima… —Maca bajó el tono de voz y con el mentón señaló hacia las bicicletas elípticas—. Míralos.

Carla asintió, se echó la toalla al cuello y bebió agua.


—Hace un rato estaba pensando lo mismo. —Consultó el reloj—. Mira, me da tiempo de escaparme y nadar un poco antes de empezar la jornada. A las diez, sesión consultiva, el equipo al completo.


—Lo sé.


—Nos vemos luego. Ah, Maca… tienes unos hombros espectaculares.


—¿De verdad? —A Maca se le iluminó la cara de satisfacción y esperanza—. ¿No dirás eso porque me quieres y me ves sufrir?


—Espectaculares —repitió Carla marchándose a ponerse el bañador.


—Espectaculares… —musitó Maca colocando la pieza que necesitaba para ejercitar sus tríceps.


—Seis kilómetros y medio. —Pedro agarró su botellín de agua y dio un trago muy largo—. Fíjate, vas detrás de mí.


—Me estoy reservando para el tramo final —dijo Paula enjugándose el sudor de la cara. No podría atraparlo, pensó, pero le haría sudar la gota gorda.


Lo miró de reojo. El sudor le había marcado la camiseta con una V oscura que le atenazó el vientre de deseo. Paula recurrió a esa sensación para emplearse más a fondo.


Tenía las sienes mojadas y se le destacaban unos rizos muy sexis. Le brillaban los brazos y se le marcaban los músculos.


Su piel debía de estar salada, pensó Paula. Ese hombre podría resbalar en esos momentos bajo sus manos, y su energía, fuerza y resistencia podrían moverse encima de ella, debajo, envolviéndola, penetrándola…


Se le aceleró la respiración por algo que nada tenía que ver con el ejercicio, y entonces llegó a los seis kilómetros.


Pedro la contempló, y Paula reconoció en sus ojos el mismo temblor bajo la piel, la necesidad acuciante, primigenia. Le latía el pulso al compás de la música, le bullía la piel con la aceleración de la máquina. Su corazón se desbocó.


Paula esbozó una sonrisa y habló sin aliento.


—Te estoy atrapando.


—No te quedan fuerzas.


—Te equivocas.


—Estás molida.


—Tú también. Resistiré hasta el final, ¿y tú?


—Observa y verás.


Maca, desde el otro extremo del gimnasio, puso los ojos en blanco y, consciente de que ni siquiera las amigas íntimas pueden estar presentes en ciertos momentos, se escabulló de la sala.


Ninguno de los dos se dio cuenta de que se marchaba; ni siquiera recordaban que estuviera ahí.


Pedro aminoró la marcha y Paula comprendió que la carrera había finalizado. Empezaba entonces una danza sexual, intensa y primitiva.


Terminarían juntos la sesión.


—Veamos cómo aguantas el tramo final —exigió Pedro.


—¿Quieres que te haga una demostración?


—Sí, eso quiero.


—A ver si me coges. —Paula sacó fuerzas de flaqueza para seguir la marcha, hasta que sintió, asombrada, la excitación del placer más oscuro. Cuando Pedro volvió a atraparla, se le escapó un gemido.


Paula cerró los ojos y se dejó llevar, embargada por una necesidad imperiosa y tórrida que casi resultaba dolorosa. 


Alcanzaron la meta juntos.


Con la respiración agitada, abrió los ojos y se quedó mirándolo. La quemazón de su garganta no la calmaría el agua. Al bajar de la bicicleta elíptica le fallaron las piernas.


—Creo que paso del yoga.


—Bien hecho —afirmó Pedro tirándole del sujetador de deporte y atrayéndola hacia sí.


Paula recibió su boca enfebrecida, que le anuló los sentidos hasta llevarla al delirio. Necesidad, hambre… el deseo de Pedro era tan hondo y desesperado como el de ella, y eso solo ya era excitante. Una nueva oleada salvaje de calor le recorrió el cuerpo hasta hacerle plantearse cómo era posible resistir.


—Démonos prisa. Deprisa. —Paula se separó de él intentando recuperar la respiración. Durante un momento muy intenso se quedaron mirando—. ¡A ver si me coges! —exclamó ella, y salió corriendo hacia la puerta. De camino hacia su dormitorio, se le escapó una carcajada enloquecida.


Pedro la atrapó justo delante de la puerta, y los dos la franquearon en volandas.


Sin dejar de reír, Paula se volvió, lo empujó contra la hoja y lo besó en la boca. Le arrancó la camiseta, la lanzó por los aires y le acarició el pecho.


—Estás sudado, resbalas y… —le lamió la piel—… sabes a sal. Me vuelves loca. Deprisa —exigió la joven haciendo ademán de quitarse los pantalones cortos.


—No tan deprisa. —Pedro invirtió las posiciones y empujó a Paula contra la puerta. Le quitó el sujetador, lo lanzó por encima de sus hombros y puso las dos manos en sus pechos.


Paula inclinó la cabeza al notar que le acariciaba los pezones.


—No puedo…


—Sí puedes. La carrera no ha terminado. No sabes lo que estás haciendo conmigo. No sé qué estás haciendo, pero quiero más. Te quiero a ti, quiero que me lo des todo.


Paula le tomó el rostro y lo atrajo hacia su boca.


—Toma lo que quieras, tómalo. Pero no dejes de tocarme, no pares.


Pedro no podía parar. ¿Cómo iba a apartar las manos y la boca de ese cuerpo terso y prieto, de esa piel suave y caliente? Paula se estrechó contra él murmurando, apremiándolo a que hiciera con ella lo que quisiese, que tomara lo que necesitase.


Ninguna otra mujer lo había excitado hasta hacerle sentir el latido de la sangre golpeteando bajo la piel. Deseo era una palabra demasiado simple y serena para describir lo que Paula desencadenaba en él. Pasión, un recurso fácil.


Levantándole los brazos la sostuvo contra la puerta mientras se comía a besos su boca y su cuello; luego recorrió su cuerpo, disfrutándolo. Estaba hambriento de ella.


Los pantalones de ciclista le sentaban como una segunda piel y moldeaban sus caderas y muslos. Fue bajando por su cuerpo y se los quitó, y luego sus manos se acoplaron a ella, hasta que sus labios y su lengua se identificaron con el calor húmedo de Paula.


El orgasmo la sacudió alterando sus sentidos y nublando su visión. Se le combaron las piernas, pero él la sostuvo con firmeza.


Pedro hizo con ella lo que quiso, tomó lo que necesitaba.


Paula apenas conseguía respirar, sumergida en un torrente de placer. Le costaba mantener el equilibrio en la densa y sofocante oscuridad. Solo podía sentir la sacudida loca que la había dejado temblorosa a la espera del siguiente asalto.


Pedro volvió a levantarle los brazos y la asió por las muñecas. Con la mirada fija en sus ojos, la penetró.


Ella se corrió por segunda vez, y una lágrima de asombro la delató. Paula se estremecía y él empujaba, y entre estremecimientos y sacudidas el placer fue creciendo hasta que les resultó imposible contenerse.


Paula se escurrió de las manos de Pedro y se agarró a sus hombros al notar que le fallaban las fuerzas. Vio que él aceleraba el ritmo sin dejar de observarla, acompasándose a ella… hasta que llegaron juntos a la meta.


Al terminar se dejaron caer al suelo, demasiado débiles para moverse. Cuando lograron recuperar el aliento, Paula suspiró.


—Nos haremos ricos.


—¿Eh?


—Olvídalo. Tú ya eres rico. Yo me haré rica, y tú serás más rico aún.


—Vale.


—Lo digo en serio. Acabamos de descubrir la motivación infalible para hacer ejercicio: la llamada sexual de la selva. Seremos tan ricos como Bill Gates. Escribiremos un libro. Editaremos varios DVD y rodaremos anuncios. Nuestro país y el mundo entero se sentirán motivados y satisfechos sexualmente. Y tendrán que darnos las gracias a nosotros.


—¿En los DVD y los anuncios incluiremos demostraciones de la llamada sexual de la selva?


—Solo en las versiones para adultos. Jugaremos con la niebla, la iluminación y los ángulos de la cámara para darles un toque elegante.


—Cariño, la llamada sexual de la selva no tiene que ser elegante.


—Lo será a efectos de producción. Aquí no entra el porno. Piensa en los millones que ganaremos, Pedro. —Paula rodó hasta quedar boca abajo y lo miró a los ojos—. Piensa en los millones de cuerpos que habrá que poner en forma, en la gente que leerá nuestro libro, verá los DVD o los anuncios y pensará: «¡Jo! ¿Eso me va a pasar a mí si hago ejercicio?» Hemos de constituir el Club de Salud Motivacional Chaves-Alfonso y captar socios. Abriremos franquicias. Pagarán, Pedro. Oh, sí, pagarán mucho por eso.


—¿Por qué en el Club de Salud Motivacional tu nombre va primero?


—Porque ha sido idea mía.


—Es verdad, pero si yo no te hubiera hecho tambalear hasta perder el mundo de vista, esa idea no se te habría ocurrido.


—Tú también has perdido el mundo de vista gracias a mí.


—Eso es verdad. Ven aquí. —Pedro tiró de ella hasta situarla sobre su pecho—. Me parece bien que tu nombre vaya primero.


—De acuerdo entonces. Tendremos que editar los DVD por niveles. Como Yoga para principiantes y todo eso. Los niveles serán inicial, medio y avanzado. No queremos lesiones.


—Me encargaré del papeleo.


—Bien. Vaya, vaya… ocho kilómetros y la llamada sexual de la selva. Tendría que estar agotada, pero siento que podría volver a empezar y… ¡Ay, mierda!


—¿Qué?


—¡La hora! Ocho kilómetros más la llamada sexual de la selva ocupan más tiempo que cinco kilómetros más yoga. Tengo que ducharme.


—Yo también.


Paula le pellizcó en el hombro.


—Te dejo, a condición de que solo te des una ducha. Voy retrasada.


—Paula, los hombres tenemos un límite, y creo que esta mañana he llegado al mío.


Ella se levantó y se echó hacia atrás el pelo.


—Debilucho —dijo, y salió disparada hacia la ducha.