miércoles, 15 de marzo de 2017

CAPITULO 21 (TERCER HISTORIA)





Era domingo por la mañana. Paula había terminado en la cocina y subió como una flecha a la sala de reuniones para asistir a la sesión previa del día. Cuando vio que sus tres socias ya estaban sentadas, levantó la mano.


—No he llegado tarde. —Había tomado ya un par de tazas de café y optó por el agua—. Por si os interesa, está lloviendo.


—La previsión del tiempo dice que parará a media mañana —afirmó Carla—, pero podemos trasladar todo dentro si las cosas no cambian.


—Los arreglos son fáciles de montar —dijo Emma tomando la palabra—. Si a mediodía escampa, podemos tener todo instalado fuera sobre la una. Si no, nos trasladaremos al salón principal, dispondremos un gran arreglo floral en la chimenea y añadiremos unas velas. Lo tenemos todo previsto. Las dos suites estarán listas antes de las diez.


—Los novios llegarán a las once.


—Haré las fotos oficiales en ambas suites —le dijo Maca a Carla—. A los novios los presentarán sus hermanas. Será precioso. Sacaré buenas fotos siguiendo ese hilo conductor. Al no haber novia, no perderemos tanto tiempo en la sesión de peluquería y maquillaje. Además solo hay un acompañante por novio. En resumen, creo que las fotos oficiales estarán antes de las doce o doce y cuarto.


—Los invitados llegarán a las doce y media —dijo Carla leyendo el horario—, y les ofreceremos un combinado. A la una formaremos el cortejo nupcial para la ceremonia al aire libre. Los acompañantes entrarán por el pasillo central y los novios aparecerán por ambos lados. El tiempo estimado de la boda es de veinte minutos. Maca tomará unas fotos después y los del catering servirán unos canapés.


—Iré rápida. Con quince minutos bastará.


—Anotad que a la una cuarenta y cinco anunciaremos a los novios, presentaremos el bufet y daremos paso a los brindis. El DJ pinchará la primera pieza a las dos treinta. La pareja cortará el pastel a las tres treinta.


—Las pastas del bufet de los postres ya están listas. Terminaré el pastel de boda antes de las diez y lo colocaremos en el salón de baile. El cuchillo y la pala de servir van por nuestra cuenta. La feliz pareja ha pedido que les reservemos el primer piso de la tarta porque quieren llevárselo a casa.


—Muy bien. El baile empezará a las tres cuarenta y terminará a las cuatro quince. Repartiremos los regalos y anunciaremos la última pieza. A las cuatro treinta, fin de fiesta. ¿Dudas? ¿Problemas que puedan surgir?


—Por mi parte, no. Estos chicos son una monada, y muy fotogénicos además.


—Para los ojales han elegido unos geranios grandes y alegres que van a juego con el pastel —añadió Emma—. Son preciosos.


—Ellos mismos han redactado el texto de la ceremonia —dijo Carla señalando su ficha—. Es muy bonito, y dulce. Será un mar de lágrimas. Paula, ¿cómo va lo tuyo?


—Me falta el adorno de la parte superior del pastel. Me lo tiene que dar Emma. Todo controlado.


—Lo guardo en la cámara frigorífica. Te lo traeré.


—Perfecto entonces.


—No tan deprisa —terció Maca alzando un dedo cuando vio que Paula iba a levantarse—. Todo perfecto en el terreno profesional, pero en el privado, no. ¿Qué novedades hay con Pedro?


—Ninguna. Solo han pasado ocho horas.


—¿No te ha llamado? —preguntó Emma—. ¿No te ha enviado un mensaje, algo que…?


—Me ha enviado un e-mail con una lista de películas para ir al cine esta noche.


—Ah. —Emma se esforzó en no parecer desilusionada—. Muy considerado por su parte.


—Muy práctico —corrigió Paula—. Chicas, estamos hablando de Pedro, y de mí. No espero recibir notitas de cariño ni mensajitos sexis.


—Pues son muy divertidos —murmuró Emma—. Jeronimo y yo nos enviábamos mensajes sexis. Todavía lo hacemos.


—¿Qué te pondrás? —preguntó Maca.


—No lo sé. Vamos al cine. Algo apropiado para ver una película.


—Pero él llevará traje —señaló Emma—. No puedes ir muy informal. Tendrías que ponerte la blusa azul, la del escote redondo que se anuda en la espalda. Esa te sienta fenomenal. Combínala con los pantalones pitillo blancos, que yo me pondría encantada si no me hicieran las piernas cortas, y las sandalias de tacón fino.


—Vale, gracias por ocuparte de mi atuendo.


—Un placer —respondió Emma con una gran sonrisa para contrarrestar el sarcasmo de su amiga.


—Hemos montado una porra —le informó Maca—. Nadie confía en que paséis treinta días enteros sin que os arranquéis la ropa. Sebastian es el que cree más en vuestra fuerza de voluntad: os da veinticuatro días.


—¿Vais a apostar para ver quién adivina cuándo me acostaré con Pedro?


—Exacto, querida. Tú quedas eliminada —apostilló Maca impidiéndole retomar la palabra—. Conflicto de intereses. En cuanto a mí, os doy dieciséis días, no porque confíe en vuestra gran fuerza de voluntad, sino porque tengo fe en vuestra tozudez… Lo digo por si puedo influir en ti y consigo aumentar los fondos para mi boda.


—Esto es injusto —canturreó Emma.


—¿Cuánto os habéis jugado?


—Cien pavos cada uno.


—¿Quinientos dólares en total? ¿De verdad?


—Seiscientos, contando a la señora Grady.


—Jo…


—Empezamos con diez dólares por cabeza —comentó Emma encogiéndose de hombros y mordisqueando una fresa que había cogido—, pero entonces Maca y Jeronimo se desafiaron. Suerte que los paré cuando llegaron a cien. Carla es la tesorera.


Paula enarcó las cejas con aire desafiante.


—¿Y si nos acostamos y no se lo decimos a nadie?


—Por favor… —sentenció Maca poniendo los ojos en blanco—. En primer lugar, no sabrías guardar el secreto, y en segundo lugar, aunque lo intentaras, lo descubriríamos.


—Me da rabia, pero tienes razón. ¿Nadie ha apostado por los treinta días?


—Nadie.


—Bien, entonces cubro la apuesta; y estoy en mi derecho, porque se trata de mí y de lo que voy a tardar en acostarme. No podéis eliminarme. Pongo cien dólares, y si llegamos a los treinta días, el bote es mío.


Todas protestaron, pero Carla las disuadió con un gesto.


—Me parece justo.


—Ya sabéis lo competitiva que es —se quejó Maca—. Aguantará treinta días solo para ganar la apuesta.


—Entonces lo habrá merecido. Dame los cien pavos y anoto tu apuesta.


—Estáis perdidas. —Paula se frotó las manos contenta—. Mira por dónde ganaré un buen dinerito gracias a mi moratoria sexual. Tengo que ir a glasear un pastel. —Al llegar a la puerta les dedicó un meneo con la cadera—. Hasta luego. Sois unas primas.


—Ya veremos quién es la prima —dijo Carla cuando Paula salió bailando por la puerta—. Muy bien, señoras, a trabajar.










CAPITULO 20 (TERCER HISTORIA)




Sinceridad total, se dijo Pedro, y decidió quedar con Jeronimo a la mañana siguiente para hacer ejercicio. Se había propuesto dar la cara, y por eso le había dicho que se trajera también a Sebastian. Acababa de empezar los ejercicios cardiovasculares cuando Sebastian apareció mirando la cinta de correr con profundo respeto.


—Siempre tengo la precaución de no practicar estos ejercicios en público. Alguien podría salir herido.


—Empieza despacio y luego ve subiendo la velocidad cada dos minutos.


—Para ti es muy fácil de decir.


—Echaba de menos este lugar. —Como muestra de solidaridad, Jeronimo ocupó la máquina que había al otro lado de Pedro—. Tener el gimnasio en casa va muy bien, pero echas de menos el bullicio del grupo, y ver a todas esas mujeres atléticas vestidas con unos equipos minúsculos. ¿Qué? —exclamó Jeronimo al notar la mirada de Pedro—. Aunque esté prometido, sigo estando vivo


—No entiendo que a alguien le guste caminar por una cinta cuando la calle está llena de aceras. —Sin soltarse de la barra por si acaso, Sebastian gesticuló vagamente—. Además, pisas suelo firme.


—Acelera, Sebastian. Los caracoles van a adelantarte. ¿Cómo está mi Macadamia?


—Bien. —Sebastian, con el ceño fruncido, aumentó un poco más la velocidad—. Esta mañana se reúne con las socias y luego tiene una sesión de fotos en el estudio. Creo que se ha alegrado de perderme de vista durante un par de horas.


—Pronto tendrás tu despacho particular —le dijo Jeronimo—. Luego diseñaré el nuevo espacio de Emma y, finalmente, el de Paula.


—Hablando de Paula, salimos juntos. —Oyó un «uf» a mano izquierda y miró en esa dirección—. ¿Estás bien, Sebastian?


—He perdido el paso. Cuando dices salir juntos, ¿te refieres a que sales con ella?


—Exacto.


—Acabas de darme una buena excusa para saltarte encima y exigirte una explicación. ¿Qué pretendes aprovechándote de una de mis chicas?


Pedro miró a Jeronimo y aumentó la velocidad.


—A diferencia de ti, yo no esquivo el tema, y tampoco me escondo.


—Yo no esquivé el tema, ni me escondí. Lo que pasó fue que me costó explicar mi relación con Emma. Ahora que voy a casarme con una integrante del Cuarteto, tengo deberes, pero también disfruto de ciertos privilegios. Si te acuestas con Paula…


—No me acuesto con Paula. Salimos juntos.


—Eso, y cogiditos de la mano contempláis la luna y cantáis canciones junto a una hoguera.


—Eso haremos durante un tiempo, menos lo de cantar. ¿Tú qué opinas? —le preguntó Pedro a Sebastian.


—Me cuesta mantenerme en pie. —Sebastian se agarró a la barra para poder hablar—. Para empezar, lo que me viene a la cabeza es que este imprevisto cambia las cosas.


—Eso fue lo primero que pensé, pero ahora ya no estoy seguro. Tengo la sensación de que lo nuestro se estaba cociendo desde hacía tiempo.


—Me tenías muy engañado —dijo Jeronimo aumentando la velocidad hasta igualar el ritmo de Pedro—. ¿Desde cuándo se cocía la historia?


—Nos peleamos, y ella no solo me dijo, sino que también me demostró que no somos hermanos. Es cierto. Por eso ahora estamos saliendo juntos y me he decidido a contároslo.


—Vale. ¿Llegamos a los cinco kilómetros?


—Allá vamos. Acelera, Sebastian —le dijo Pedro.


—Ay… —suspiró Sebastian.




CAPITULO 19 (TERCER HISTORIA)




Entrar en la casa a hurtadillas debía de ser forzosamente más sencillo que escabullirse de ella. Sebastian y Maca se habrían retirado a su estudio, y Emma y Jeronimo estarían en la casita del jardín. En cuanto a la señora Grady, se encontraría en sus acogedoras habitaciones viendo la televisión, con los pies en alto, tomándose su té de la noche, o bien habría salido con sus amigas. Carla probablemente seguiría trabajando en su zona de la casa, vestida con ropa cómoda.


Aparcó aliviada al ver luces en el estudio y en la casita de invitados. Le apetecía estar sola y pensar en lo sucedido, en los cambios venidos y por venir.


Sentía el cosquilleo de sus labios, y notaba una sensibilidad especial en la piel. Habría bailado de alegría. Si llevara un diario, dibujaría corazoncitos y flores en la entrada de ese día. Claro que, a continuación, de la vergüenza la habría arrancado y roto a pedacitos. Pero habría hecho esos dibujos.


Sonriendo por la ocurrencia, entró en la casa con sigilo y cerró la puerta tras ella procurando no hacer ruido. Le faltó poco para subir la escalera de puntillas.


—¿Acabas de llegar?


Le faltó muy poco para soltar un grito. Giró en redondo y se quedó mirando a Carla boquiabierta. Tuvo que sentarse en un escalón para no desplomarse.


—¡Por Dios! Das más miedo que un rottweiler. ¿Qué estás haciendo?


—¿Qué estoy haciendo? —Carla balanceó ante sus ojos un envase que tenía en la mano—. He bajado a buscar un yogur y vuelvo a mi habitación. ¿Qué haces tú subiendo la escalera de puntillas?


—No voy de puntillas. Camino sin hacer ruido. Hay yogures en la nevera de tu habitación.


—No de arándanos, y yo quería un yogur de arándanos. ¿Algún problema?


—No, no. Claro que no. —Paula procuró recuperar el aliento y se dio unos golpecitos en el pecho—. Me has dado un susto de muerte.


Carla la acusó con la cuchara en ristre.


—Tienes cara de culpable.


—No es verdad.


—Estás frente a mí, y yo reconozco una expresión de culpabilidad cuando la veo.


—¿Por qué iba a sentirme culpable? No hay toque de queda, ¿verdad, mamá?


—¿Lo ves? Te sientes culpable.


—Vale, vale, aparta la manguera antidisturbios —protestó Paula levantando las manos en señal de rendición—. He ido a casa de Pedro a recoger mis zapatos.


—Eso ya lo veo, Paula. Los llevas en la mano.


—Exacto. Sí. En fin, son unos zapatos fenomenales y quería que me los devolviera —explicó la joven acariciando uno con cariño—. Pedro había encargado comida china. Empanadillas.


—Ah. —Asintiendo, Parker fue a sentarse junto a Paula.


—No tenía la intención de quedarme, pero lo he hecho. Nos hemos sentado en el porche y hemos hablado del beso que le di, y del beso que me dio él a mí. Sé que esto último no te lo conté. Es curioso, pero me cuesta hablar contigo de estas cosas, más que con él.


—Supéralo.


—Estoy en ello, ¿vale? En fin, en cualquier caso teníamos que plantearnos una solución. Pedro propuso unas directrices.


—Es obvio.


Carla sonrió y tomó una cucharada de yogur.


—Entiendo que no te sorprendas, porque los dos sois iguales. Le dije que si tú y yo fuéramos lesbianas, nos casaríamos.


Carla volvió a asentir y siguió comiendo el yogur.


—Lo suponía.


—Hemos decidido que saldremos juntos y haremos lo que suelen hacer los demás, pero sin enrollarnos.


Carla enarcó las cejas y lamió la cuchara.


—¿Vais a salir juntos sin enrollaros?


—Durante treinta días. En teoría durante ese plazo de tiempo sabremos si lo que buscábamos era sexo o si en realidad… Somos adultos y hay que actuar con sensatez, aunque el sexo nos apetezca.


—Queréis daros tiempo para estar seguros de que luego os seguiréis gustando.


—Sí, ese es el objetivo, pero hay más razones: las tribus y mis piernas, aunque en realidad se trata de ver cómo va la relación. ¿Te parece bien?


Carla le dio unos golpecitos con los nudillos en la cabeza.


—Claro que me parece bien, y si no me lo pareciera, tendrías que mandarme al infierno y decirme que no metiera las narices donde no me importa. ¿Quieres un poco de yogur?


—No, gracias, he comido empanadillas. —Paula apoyó la cabeza en el hombro de Carla—. Me alegro de no haberme salido con la mía y de que me hayas atrapado in fraganti cuando entraba de puntillas.


—Más bien alégrate de que haya decidido mostrarme magnánima en lugar de insultada.


—Eres mi mejor amiga.


—Es verdad, lo soy. Pedro es buena persona. Sé que es un mandón, porque estamos hechos de la misma pasta y conozco sus defectos, pero es bueno. —Carla posó su mano sobre la de Paula durante un breve instante—. Te merece. Tú y yo vamos a hacer un pacto ahora mismo. Cuando necesites contar pestes de él, o él de ti, considera que se trata de un chico cualquiera. No te sientas coaccionada porque Pedro sea mi hermano. Piensa que digas lo que digas, no me ofenderás.


—Muy bien.


Entrelazaron los meñiques y pronunciaron un juramento.


—Me marcho. He de terminar un par de cosas —dijo Carla levantándose—. Por cierto, Emma y Maca se sentirán dolidas si no se lo cuentas.


—Se lo diré. —Paula se obligó a levantarse y subió con ella a su habitación.




martes, 14 de marzo de 2017

CAPITULO 18 (TERCER HISTORIA)





No podía decir que se esperara esa reacción, pero con Paula todo era posible.


—¿Por qué me llamas maldito si puede saberse?


—Por hablar con propiedad. A ti se te da bien hacerlo, salvo cuando metes la pata. Reconozco que en general siempre aciertas. Lo que pasa es que a mí no me apetecía oír eso.


—Tendrías que haber sido abogada.


—Estoy comiendo otra empanadilla —musitó.


Esa mujer lo cautivaba, y a veces lo enfurecía. Quizá todo se reducía a lo mismo.


—¿Recuerdas cuando fuimos todos juntos a la fiesta que dieron los padres de Emma el Cinco de Mayo?


—Claro que me acuerdo. —Paula frunció el ceño y desvió la mirada hacia su cerveza—. Tomé demasiado tequila, como es natural. Un Cinco de Mayo es lo que toca.


—Sí, borrachuza.


—Ja, ja… Te sentaste en los peldaños del porche delantero para hacerme compañía, en plan hermano mayor.


—Preocuparse porque a una amiga se le ha subido el tequila a la cabeza no es hacer de hermano mayor, pero en fin… —Tomó una empanadilla con los palillos y la mojó en la salsa agridulce que quedaba en el plato de Paula—. Antes había estado con Jeronimo, mirando al personal, como haces tú.


—No, eso lo haces tú.


—Vale. De repente, vi un par de piernas fantásticas asomando debajo de un vestido azul y… —Pedro hizo un gesto vago para darle a entender lo que significaba ese «y»—. Pensé que eran preciosas, muy bonitas, y se lo comenté a Jeronimo. Él me dijo que las piernas y el resto, lo que yo estaba contemplando, te pertenecían a ti. Admito que me asusté.


Pedro calibró la reacción de Paula, y la vio francamente sorprendida.


—Para ser sincero, también admito que no era la primera vez. Por lo tanto, no sé si lo que he dicho ha sido lo más apropiado, pero sí he sido exacto.


—Soy mucho más que un par de piernas; en cuanto a ese «y»…


—Tienes razón, pero es que tus piernas son muy bonitas. Eres una mujer preciosa, y en eso también soy exacto. Hay quien tiene debilidad por las empanadillas, y hay quien la tiene por las mujeres bellas.


Paula apartó la vista y observó el atardecer.


—Ahora debería enfadarme.


—También eres una buena amiga, y desde hace muchos años. —Por su tono de voz, advirtió que Pedro ya no bromeaba—. Para mí es importante.


—Es cierto. —Paula apartó el plato porque empezaba a sentir náuseas.


—Creo que también sería exacto decir que la otra noche, cuando actuaste por impulso, me pasó algo inesperado, o al menos sorprendente.


Las sombras fueron espesándose y las luces del jardín y del patio cobraron vida. A lo lejos se oía el eco del inquietante trino del somorgujo. Pedro encontró la escena muy romántica, y adecuada en cierto modo.


—¡Qué delicado eres hablando!


—Mujer, es nuestra primera cita —contestó Pedro, y su comentario le hizo reír.


—He venido a recoger mis zapatos.


—No es verdad.


Paula dejó escapar un suspiro.


—Puede que no, pero confiaba en que habrías salido con alguna chica y yo podría entrar a hurtadillas en tu casa, recoger los zapatos y dejarte una nota ingeniosa.


—Te habrías perdido todo esto, y yo también.


—Ya empezamos… —murmuró Paula—. Creo que mi moratoria sexual es la responsable directa de que esté aquí.


Pedro alzó la cerveza, divertido.


—¿Cómo lo llevas?


—Tan bien que estoy… ¿cómo se dice en términos delicados? Inquieta, más inquieta de lo normal estos días.


—En nombre de la amistad podría llevarte arriba y ayudarte a superar esa inquietud, pero eso no va a pasar.


Paula iba a decirle que no necesitaba su ayuda, que le agradecía el interés y que ella sola ya sabía cómo dejar de sentirse inquieta, pero comprendió que le estaría dando demasiada información, por muy amigos que fueran, y se desentendió encogiéndose de hombros.


—Esto no tiene nada que ver con la historia de Jeronimo y Emma —dijo él.


—Ellos dos no andan inquietos. Van…


—Despacio y con buena letra —atajó Pedro suavemente—. Me refería a otra cosa. Ellos eran amigos antes, y siguen siéndolo, pero se conocieron hace… ¿cuánto, diez o doce años? Es mucho tiempo, sí, pero tú y yo… nos conocemos de toda la vida. No somos amigos, sino de la familia. Nuestro parentesco no es tan ilegal e incestuoso como para que esta conversación acabe poniéndonos los pelos de punta, pero somos familia al fin y al cabo. Nuestra relación es tribal —decidió—. Pertenecemos a la misma tribu.


—Una relación tribal —repitió Paula—. Veo que has estado pensando en el tema, y creo que voy a darte la razón en todo.


—Lo encuentro fantástico para variar. De lo que aquí se está hablando es de cambios, y no solo respecto a nosotros, sino respecto a… toda la tribu.


—Seguro que acabarás siendo el jefe. —Paula, con el codo sobre la mesa, apoyó el mentón en la mano—. Siempre acabas mandando.


—Te dejo ser la jefa si me ganas un pulso.


Paula era fuerte, y se enorgullecía de ello, pero también conocía sus límites.


—Supongo que siendo el jefe de la tribu, ya habrás decidido cómo vamos a enfocar este asunto.


—He esbozado lo que podríamos llamar unas directrices… el borrador de unas directrices.


—Te pareces tanto a Carla… Quizá eso influye. Si Carla fuera un tío, o ella y yo fuéramos lesbianas, nos casaríamos, y ya no tendría que ir buscando plan, que es un fastidio. Por eso estoy en moratoria sexual, y quizá por eso también estamos teniendo esta conversación.


—¿Quieres oír cuáles son las directrices?


—Sí, pero paso del interrogatorio que vendrá a continuación.


—Vamos a darnos un mes.


—¿Un mes?


—Para valorarlo. Nos iremos viendo así, como hasta ahora. Saldremos a pasear, nos quedaremos en casa, charlaremos, nos relacionaremos con los amigos y haremos actividades. Saldremos juntos, como hace la gente cuando empieza a ser pareja. Además, dado nuestro vínculo tribal, y porque entiendo que los dos queremos minimizar la posibilidad de dañar nuestra relación actual…


—Ya me dirás quién es ahora el abogado.


—Por todo eso —siguió explicando Pedro—, y aunque literalmente me fastidia, seguirá vigente la moratoria sexual.


—¿Tú también te impones una moratoria sexual?


—Es lo justo.


—Hum. —Paula dejó la cerveza y bebió agua—. ¿Saldremos juntos, como pueden salir dos adultos sin compromiso y de consentimiento mutuo, pero sin practicar el sexo, ni juntos ni con otros?


—Esa es la idea.


—Durante treinta días…


—No me lo recuerdes.


—¿Por qué treinta?


—Es un período de tiempo razonable para que los dos decidamos si queremos dar el siguiente paso. Es un gran paso, Paula. Me importas demasiado para precipitarme contigo.


—Salir juntos va a ser más difícil que practicar el sexo.


Pedro estalló en carcajadas.


—¿Con qué clase de tipos has estado saliendo? Procuraré que sea fácil. ¿Te parece bien que vayamos al cine después de la celebración del domingo? Vemos una película y nada más.


Paula inclinó la cabeza.


—¿Quién la elige?


—Lo negociamos. Las lacrimógenas, fuera.


—Las de terror también.


—Vale.


—Quizá tendrías que redactar un contrato.


Pedro encajó la provocación encogiéndose de hombros.


—Si se te ocurre algo mejor, estoy abierto a las propuestas.


—No tengo ni idea. Nunca pensé que llegaríamos al punto de necesitar propuestas. ¿Por qué no nos acostamos y lo dejamos en un empate?


—Muy bien. —Pedro sonrió al ver que Paula se quedaba boquiabierta—. No solo te conozco, sino que detecto un farol cuando lo oigo.


—No creas que lo sabes todo.


—Claro que no. Precisamente por eso supongo que vale más que nos demos tiempo y lo descubramos. Si a ti te va bien, por mí trato hecho.


Paula examinó su rostro, tan atractivo y familiar, los ojos serenos, la postura relajada…


—Seguramente nos llevaremos a matar casi todo el tiempo.


—Eso no será ninguna novedad. ¿Trato hecho, Paula?


—Trato hecho. —Paula le tendió la mano para sellar el acuerdo.


—Creo que la situación pide algo más que un apretón de manos. —Sin embargo, Pedro la tomó de la mano y le obligó a ponerse en pie como acababa de hacer él—. Además, hay que aprovechar ahora que ninguno de los dos está enfadado.


Paula sintió que un leve escalofrío de emoción y nervios le recorría la espalda.


—¿Cómo sabes tú que no estoy enfadada?


—No lo estás. Quita esa arruguita de ahí. —Pedro le pasó el dedo por el entrecejo—. Cede, ríndete.


—Espera —protestó ella cuando notó que Pedro le acariciaba los brazos—. Me siento cohibida. Cuando pienso demasiado, va fatal y…


Pedro la interrumpió besándola en los labios, despacio y con ternura.


—O no… —murmuró Paula asiéndolo de la nuca.


Todavía quedaban sorpresas, pensó Pedro al detectar calidez y curiosidad en ella, en lugar de pasión e instinto. La dulzura y la tranquilidad fueron notas inesperadas que aderezaron su relación familiar. A Pedro no le resultaba extraño el olor de esa mujer, ni la forma de su cuerpo, pero su sabor, maduro y atrayente, le abrió posibilidades desconocidas hasta entonces.


Prolongó el momento para saborear esa nueva mezcla de sensaciones.


Paula se abandonó y aprovechó cada uno de los minutos que tantas veces había imaginado. Caía la tarde, la luz era suave, la brisa estival susurraba quedamente… Las fantasías alocadas de una jovencita enamorada se habían sumado a sus anhelos y, con el tiempo, habían cristalizado en los deseos de una mujer.


Las fantasías y los deseos se habían convertido en realidad. 


Con ese beso Paula se dio cuenta de que sus necesidades coincidían, y que pasara lo que pasase, ese momento del anochecer siempre les pertenecería.


Sus labios se separaron, pero Pedro no se apartó de ella.


—¿Cuánto tiempo crees que ha durado?


—Difícil de calcular —respondió Paula. Le habría resultado imposible decirlo exactamente.


—Sí.


Pedro rozó los labios de Paula una vez más, los tanteó, los incitó, y se hundió en su boca hasta que ambos se quedaron sin aliento.


—Vale más que vaya a buscar tus zapatos.


—Muy bien. —Paula lo atrajo hacia sí y gimió al notar sus manos en las caderas.


Pedro estuvo a punto de romper el pacto, pero se obligó a apartarse de ella.


—Los zapatos… —logró articular—. Liberemos a los rehenes. Tienes que irte a casa, en serio. A casa.


Excitada y trémula, Paula se apoyó en la barandilla del porche.


—Ya te he dicho que salir juntos será peor que practicar sexo.


—A nosotros nos van los retos. Tienes unos labios preciosos. Siempre me han gustado, y ahora más.


Paula esbozó una sonrisa.


—Acércate y repíteme eso.


—Dejémoslo. Voy a buscar tus zapatos.


Paula lo observó marcharse y pensó que ese mes se le haría eterno.