viernes, 10 de marzo de 2017
CAPITULO 4 (TERCERA HISTORIA)
Sólo bastante después de que el último invitado hubiera partido y de que el personal del catering lo hubiese recogido todo, Paula se arrellanó en el sofá de la sala de estar con una bien merecida copa de vino en la mano.
No tenía ni idea de dónde se habían metido los hombres (tal vez en su leonera particular, pertrechados con unas cervezas), pero era muy, muy agradable poder relajarse entre mujeres y disfrutar de la relativa paz.
—¡Qué fin de semana tan genial! —Maca alzó la copa en un brindis—. Cuatro ensayos y cuatro celebraciones. Sin un solo error. Ni el más mínimo fallo. Todo un récord.
—El pastel estaba soberbio —añadió Emma.
—Le has hincado el tenedor —le acusó Paula.
—Ha sido un bocado celestial. ¡Qué día tan dulce…! Me ha encantado que el hijo del novio hiciera de padrino. Era una monada. Me han entrado ganas de llorar.
—Serán una familia estupenda. —Carla estaba sentada, con los ojos cerrados y la BlackBerry en el regazo—. Cuando veo parejas con hijos que vuelven a intentarlo, pienso: ¡agárrense, que vienen olas! Pero ¿con los de hoy? Se veía a las claras que el niño y ella se quieren con locura. Ha sido muy tierno.
—He sacado unas fotos fenomenales, y el pastel era increíble —añadió Maca—. Me parece que elegiré el de semillas de amapola para mi boda.
Paula movió los dedos de los pies para aliviar los calambres.
—La semana pasada querías el de crema italiana.
—Quizá tendría que elegir un surtido. Versiones en pequeño de distintas tartas, con diseños diferentes. Sería una orgía culinaria, y las fotografías quedarían estupendas.
Paula le apuntó con los dedos como si fueran una pistola.
—Te voy a matar, Macarena.
—Tendrías que ser fiel a la crema italiana. Es tu pastel favorito.
Maca secundó a Emma con un mohín.
—Tienes razón, es mi día. ¿Y por cuál te has decidido tú, experta en pastelería?
—Ni siquiera lo he pensado. Todavía me cuesta creer que esté prometida. —Emma examinó el diamante que llevaba en el dedo con una sonrisa petulante—. Además, cuando empiece a planificar la boda con detalle, seguro que me volveré una neurótica. Así que deberíamos postergarlo todo lo posible.
—Sí, por favor —suspiró Paula dándole la razón.
—De todos modos, primero necesitas el vestido. —Carla seguía con los ojos cerrados—. Siempre hay que empezar por el vestido.
—A eso lo llamo yo hablar con sensatez —musitó Paula.
—No le he dado muchas vueltas al tema, solo unas mil —explicó Emma—. Si apenas debo de haber visto medio millón de fotos. Adoptaré la versión princesa. Con metros y más metros de falda. Tal vez un cuerpo que deje los hombros al aire y un escote en forma de corazón, para presumir de pecho.
—De eso puedes presumir —coincidió Maca.
—Nada de ir sencilla. La palabra clave en mi caso es «fastuosa». Quiero llevar una tiara… y cola. —Sus ojos oscuros se iluminaron al imaginarse—. Además, como hemos podido hacer un hueco para mi boda el próximo mayo, me diseñaré un ramo increíble y… eso, fastuoso. En tonos pastel, creo. Quizá. Seguramente. Unos maravillosos y muy románticos tonos pastel.
—Suerte que ni siquiera lo habías pensado —apostilló Paula.
—Vosotras también vestiréis con colores suaves —prosiguió Emma sin inmutarse—. Mis amigas, como flores de un jardín. —Dejó escapar un hondo y soñador suspiro—. Y cuando Jeronimo me vea, se le cortará la respiración. En ese momento, ¿sabéis?, en el que nos miraremos a los ojos y el mundo se detendrá para los dos. Durante un minuto, un increíble minuto.
Sentada en el suelo, Emma reclinó la cabeza en la pierna de Carla.
—Qué poco nos lo imaginábamos de pequeñas, cuando jugábamos al «día de la boda». Qué poco nos imaginábamos lo que significaba este momento especial. Tenemos suerte de verlo tan a menudo.
—Este es el mejor trabajo del mundo —murmuró Maca.
—Es el mejor porque somos las mejores. —Paula se incorporó para brindar—. Nuestra responsabilidad es hacer disfrutar a los demás de este momento increíble. Y tú tendrás el tuyo, Em. Organizado hasta el mínimo detalle por Carla, rodeada de las flores que tú misma habrás elegido, fotografiado por Maca. Y lo celebraremos con un pastel que crearé especialmente para ti. Fastuoso. Te lo prometo.
—Uauu… —A Emma se le iluminaron los ojos—. Por mucho que quiera a Jeronimo, y vaya si le quiero, sin vosotras mi felicidad no sería ahora completa.
Maca le ofreció un pañuelo de papel a Emma.
—Pero antes voy yo —le dijo a Paula—. Quiero un pastel ex profeso para mí. Si vas a prepararle uno especial a ella, a mí también.
—Podría decorar los pisos de la tarta con unas cámaras y unos trípodes diminutos.
—¿Y con unas estanterías de libros en miniatura para Sebastian? —rió Maca—. Menuda burrada… aunque reconozco que encaja.
—Continuarías con el estilo de las fotos de compromiso. —Emma se enjugó las lágrimas—. Me encantó el posado: Sebastian y tú en el sofá, con las piernas entrecruzadas… él con un libro en el regazo y tú como si acabaras de tomarle una foto. Los dos sonriendo. Eso me recuerda que quería preguntarte por mi retrato de compromiso. ¿Dónde, cuándo, cómo?
—Muy fácil. Jeronimo y tú en la cama, desnudos.
Emma le asestó un puntapié.
—Basta.
—Eso también encaja —sentenció Paula.
—¡Jeronimo y yo nos dedicamos a más cosas aparte de practicar sexo!
—Por supuesto. —Carla entreabrió un ojo—. A pensar en cómo vais a practicarlo.
—Tenemos una relación muy rica en muchos aspectos —insistió Emma—, y uno de ellos es el sexo. Pero en serio…
—Se me han ocurrido varias ideas. Tendríamos que comparar agendas y encontrar un hueco.
—¿Ahora?
—Pues claro. Carla debe de tener la agenda de las dos en su CrackBerry. —Maca alargó el brazo para cogerla.
Carla abrió los dos ojos y la fulminó con la mirada.
—Si la tocas, te mato.
—Por Dios… Vayamos al estudio a consultar mi agenda. Además, deberíamos ir ya a recoger a los chicos. Jeronimo tiene que reservar la hora para las fotos.
—Excelente.
—¿Dónde estarán? —se preguntó Paula.
—Abajo, con la señora Grady —le informó Emma—. Comiendo pizza y jugando al póquer. Al menos, ese era el plan.
—Y no nos han invitado. —Paula, que seguía echada, se las arregló para encogerse de hombros cuando las demás se la quedaron mirando—. Vale, rectifico. No me apetece el plan de pizza y póquer porque prefiero estar aquí con vosotras. De todos modos…
—En fin… —Maca se puso en pie—. Puede llevarnos algo de tiempo «recogerlos» en estas circunstancias. Vayamos a informar, y luego ya organizaremos el calendario.
—Buena idea. A trabajar, chicas —dijo Emma levantándose.
Cuando salieron, Paula se desperezó.
—Necesito un masaje. Tendríamos que contratar a un masajista que se llamara Sven, o Raúl.
—Lo apuntaré en la lista. Mientras tanto, ¿por qué no llamas a un servicio de masajes y reservas hora?
—Pero si tuviéramos a Sven (creo que prefiero Sven a Raúl), me daría el masaje ahora mismo y luego me iría a dormir como nueva. ¿Cuántos días faltan para las vacaciones?
—Demasiados.
—Eso lo dices ahora, pero cuando llegue el momento de ir a los Hamptons, seguirás con esa BlackBerry pegada a la mano.
—Puedo pasar de ella.
Paula le devolvió la sonrisa a Carla.
—Comprarás una funda impermeable y así podrás nadar con ella.
—Más bien deberían hacerlas sumergibles. La tecnología ya debe de estar preparada para eso.
—En fin, voy a dejaros a ti y a tu único y verdadero amor solos para sumergirme en un baño caliente y soñar con Sven. —Paula rodó por el sofá y se levantó—. Qué bien ver a Emma y a Maca tan felices, ¿verdad?
—Sí.
—Hasta mañana.
jueves, 9 de marzo de 2017
CAPITULO 3 (TERCER HISTORIA)
Paula no tuvo tiempo de pensar en los hombres durante los dos días siguientes. No tuvo ni tiempo ni energías para pensar en el amor y en las historias románticas. Podía estar metida hasta el cuello en celebraciones de boda, pero eso era por negocio… y el negocio de las bodas exigía concentración y precisión.
Su pastel Encaje Antiguo, que le llevó casi tres días crear, tuvo su momento estelar antes de ser troceado y devorado.
El sábado por la tarde la estrella fue su caprichoso Pétalos en Color Pastel, con centenares de pétalos de rosa grabados con pasta de azúcar, y el mismo día por la noche presentó su Jardín de Rosas, un pastel con capas alternas de rosas rojas y de un bizcocho aromatizado con vainilla y glaseado con una sedosa crema de mantequilla.
Para la boda del domingo al mediodía, más sencilla e informal, la novia eligió el modelo Frutos de Verano. Paula había horneado la masa y preparado el relleno, había montado la tarta y la había glaseado con un trenzado artesanal. En ese momento, mientras la novia y el novio pronunciaban sus votos en la terraza del jardín, completaba la creación adornando con fruta fresca y hojas de menta cada uno de los pisos.
Detrás de ella, sus ayudantes estaban dando los últimos toques a la decoración de las mesas para el convite. Paula, que debajo del delantal llevaba un traje de casi el mismo color que las frambuesas que había elegido, dio un paso hacia atrás y estudió las líneas y el equilibrio de las formas.
Luego tomó un racimo de uvas de color champán para decorar uno de los pisos.
—Parece sabroso.
Paula frunció el ceño y siguió agrupando unas cerezas frescas. Solían interrumpirla mientras trabajaba, pero eso no significaba que a ella le gustase. Por si fuera poco, no esperaba que el hermano de Carla se presentase en la casa durante la celebración de una boda.
Claro que, tuvo que recordarse, él entraba y salía cuando le venía en gana.
Sin embargo, cuando vio que metía la mano en uno de los recipientes, le dio un manotazo para que la apartara.
—Quita las manos.
—Como si fueras a echar de menos un par de moras.
—A saber qué habrás estado tocando. —Paula formó un trío de hojas de menta; aún no se había molestado en mirarlo—. ¿Qué quieres? Estamos trabajando.
—Yo también. Más o menos. En mi faceta de abogado. Tenía que traeros unos documentos.
Se encargaba de todos sus asuntos legales, tanto a nivel individual como los relacionados con la empresa. Paula sabía de sobra que les dedicaba muchas horas, a menudo sacrificando su tiempo libre. Pero si ella no le pinchaba, sería como romper con una larga tradición.
—Y lo has calculado para llegar a tiempo y ver si podías pillar algo del catering.
—Siempre hay que buscar alicientes. ¿Será un almuerzo ligero?
Rindiéndose, Paula se dio la vuelta. Que él hubiera elegido presentarse con unos tejanos y una camiseta no le impedía dar la imagen del típico abogado formado en una de las universidades de la Ivy League. Pedro Alfonso, de los Alfonso de Connecticut, pensó. Alto y delgado, con el espeso cabello castaño tal vez demasiado largo según el canon que dictaba la moda para los abogados.
¿Lo hacía a propósito? Ella suponía que sí, pues era uno de esos hombres que siempre lo tienen todo planeado. Sus ojos azul medianoche eran del mismo color que los de Carla, pero, a pesar de conocerlo desde siempre, Paula no lograba descifrar qué ocultaba tras ellos.
En su opinión, su atractivo le hacía un flaco favor, y su tolerancia no complacía exactamente a todo el mundo. Por otro lado, era leal hasta la muerte, generoso sin alardear y protector hasta resultar irritante.
Ahora él le sonreía, con una sonrisa breve y franca y un cierto toque de humor que desarmaba. Imaginó que esa debía de ser su arma letal en los tribunales. O en la cama.
—Salmón marinado y frío, rollitos de pollo relleno de espinacas y queso, verduras del huerto a la brasa, tortitas de patata, una selección de quiches, caviar con su aderezo, pastas y panes variados con un surtido de fruta y queso, y a continuación, pastel de semillas de amapola relleno de mermelada de naranja, glaseado con crema de mantequilla al Grand Marnier y coronado con fruta de temporada.
—Me apunto.
—Espero que sepas convencer con tu labia al personal del catering. —Paula movió a un lado y a otro los hombros y el cuello antes de elegir las bayas siguientes.
—¿Te duele?
—Hacer la decoración trenzada te deja los músculos agarrotados.
Pedro empezó a levantar las manos, pero se retractó y las metió en los bolsillos.
—¿Jeronimo y Sebastian están aquí?
—Por ahí andan. Hoy no los he visto.
—Creo que iré a buscarlos.
—Muy bien.
Sin embargo, Pedro se acercó a los ventanales y contempló la terraza alfombrada de flores, las sillas enfundadas de blanco y a la hermosa novia que miraba a su sonriente novio.
—Están dándose los anillos —anunció Pedro en voz alta.
—Eso acaba de decirme Carla. —Paula dio unos golpecitos a los auriculares—. Estoy lista. Emma, el pastel es todo tuyo.
Colocó una ramita cuajada de bayas encima del piso superior para darle el toque final.
—Cinco minutos para la cuenta atrás —anunció, y empezó a llenar una caja con la fruta que había sobrado—. Servid el champán y comenzad a mezclar los combinados Bloody Mary y Mimosa. Encended las velas, por favor. —Paula iba a cargar con la caja, pero Pedro forcejeó con ella para arrebatársela.
—La llevo yo.
Paula se encogió de hombros y puso la música de fondo, que sonaría hasta el momento en que la orquesta se encargara de amenizar la velada.
Bajaron por la escalera trasera y pasaron junto a unos camareros uniformados que subían unos entrantes para acompañar los combinados. Ese aperitivo entretendría a los invitados mientras Maca tomaba las fotos oficiales de los novios, el cortejo nupcial y la familia.
Paula abrió la puerta batiente de la cocina, donde el personal del catering trabajaba a toda máquina. Acostumbrada al caos, se deslizó por la estancia, tomó un cuenco y metió en él un poco de fruta que le ofreció a Pedro.
—Gracias.
—Intenta no estar en medio… Sí, ya están listos —informó a Carla a través de los auriculares—. Sí, en treinta segundos. Tomando posiciones. —Paula observó a los del catering—. Seguimos el horario previsto. Ah, Pedro está aquí… De acuerdo.
Pedro la observó apoyado en la encimera y comiendo bayas mientras Paula se quitaba el delantal.
—Vale, salimos ahora mismo.
Pedro se apartó de la encimera y la siguió al cuartito de los abrigos, que pronto se transformaría en una despensa y una cámara refrigeradora. Paula se quitó el pasador del pelo, lo dejó por ahí, sacudió la melena para darle forma y se preparó para salir.
—¿Adónde vamos?
—Yo voy a acompañar a los invitados que están llegando. Y tú te vas con la música a otra parte.
—Me gusta donde estoy.
Entonces fue ella la que sonrió.
—Carla me ha dicho que me libre de ti hasta que llegue el momento de limpiar. Ve a buscar a tus amiguitos, Pedro, y si os portáis bien, luego os daremos de comer.
—Vale, pero si vais a liarme para que me quede a recoger, quiero que me guardéis un poco de ese pastel.
Se separaron; él se dirigió a la remodelada casa de la piscina que servía de estudio y hogar de Maca, y ella se encaminó hacia la terraza, donde los novios intercambiaban su primer beso de casados.
Paula se volvió para mirarlo una vez, solo una. Lo conocía de toda la vida… así que supuso que era cosa del destino.
Pero era culpa suya, y su problema, que hubiera estado enamorada de él desde siempre.
Se permitió un suspiro antes de obligarse a estampar una cálida sonrisa profesional en el rostro y disponerse a acompañar a los invitados al lugar donde se celebraba la recepción.
CAPITULO 2 (TERCER HISTORIA)
Por la mañana, tras seis horas de un sueño reparador, Paula se obsequió con una sesión rápida en el gimnasio antes de vestirse para ir a trabajar. Pasaría la mayor parte del día encadenada a su cocina, pero antes de dar comienzo a esa rutina, tenía que acudir a la reunión general que precedía a las celebraciones.
Paula bajó a toda prisa del ala que ocupaba en el tercer piso y se dirigió a la cocina, situada en la planta baja. En ese momento la señora Grady estaba preparando una bandeja con fruta.
—Buenos días, señora Grady.
El ama de llaves arqueó las cejas.
—Pareces animada.
—Me siento animada. Y decidida —dijo Paula mostrándole los puños y flexionando la musculatura—. Quiero café, todo el que tenga.
—Carla se lo ha llevado arriba. A ti te toca subir la fruta y estas pastas. Come fruta. No deberías empezar el día con un bollito glaseado.
—Como usted diga, señora. ¿Han venido las demás?
—Todavía no, pero he visto salir la camioneta de Jeronimo hace un rato, y supongo que Sebastian se presentará con carita de pena esperando que le prepare un desayuno decente.
—Me largo. —Paula cogió las fuentes y las sostuvo en equilibrio como la camarera experta que había sido en otro tiempo.
Subió con ellas a la biblioteca, que en la actualidad era la sala de reuniones de Votos. Carla estaba sentada a la mesa principal y había colocado el servicio de café en el mueble aparador. Como siempre, ya tenía su BlackBerry al alcance de la mano. Se había peinado con una cola de caballo, lisa y brillante, que le despejaba el rostro, y llevaba una camisa blanca y almidonada para transmitir la seriedad que requería su trabajo. Iba tomando café mientras consultaba unos datos en su ordenador portátil con esos ojos azul medianoche a los que Paula sabía que no se les escapaba nada.
—Provisiones —anunció Paula. Dejó las bandejas sobre el mueble aparador y se apartó tras la oreja el pelo cortado a la altura del mentón antes de seguir las recomendaciones de la señora Grady y servirse un cuenco de frutos del bosque—. No estabas en el gimnasio esta mañana. ¿A qué hora te has levantado?
—A las seis, y ha sido una suerte porque la novia del sábado por la tarde ha llamado pasadas las siete. Su padre ha tropezado con el gato y tal vez se haya roto la nariz.
—Vaya…
—Está afectada, pero sobre todo porque no sabe el aspecto que tendrá el hombre el día de la boda, ni cómo quedará en las fotografías. Llamaré a esa maquilladora que es una artista a ver qué se puede hacer.
—Siento la mala suerte que ha tenido el PDNA, pero si todos los problemas del fin de semana van a ser como este, estamos en racha.
Carla le hizo una señal de advertencia.
—No vayas a ser gafe ahora.
Maca entró a zancadas, alta y esbelta, con unos tejanos y una camiseta negra.
—Hola, compañeras del alma.
Paula entornó los ojos cuando vio la sonrisa franca y los ojos verdes adormilados de su amiga.
—Has tenido sexo esta mañana.
—Esta mañana he tenido un sexo estupendo, gracias. —Maca se sirvió una taza de café y tomó una magdalena—. ¿Y tú?
—Zorra.
Maca estalló en una carcajada, se dejó caer en una silla y estiró las piernas.
—Me quedo con mi ejercicio matutino en lugar de tu rutina gimnástica y tu máquina de musculación.
—Y encima mala y mezquina —afirmó Paula metiéndose una mora en la boca.
—Me encanta el verano porque el amor de mi vida no tiene que levantarse y marcharse temprano a iluminar las mentes de los jóvenes. —Maca abrió su ordenador portátil—. Ahora me siento preparada para dedicarme al trabajo en cuerpo y alma.
—Es posible que el PDNA del sábado por la tarde se haya roto la nariz —le contó Carla.
—Menudo desastre. —Maca frunció el ceño—. Puedo arreglarlo con el Photoshop si quieren, pero para mí eso es hacer trampa. Hay que tomar las cosas como vienen, y en mi opinión esta anécdota acabará siendo un recuerdo divertido.
—Ya veremos qué piensa la novia cuando su padre vuelva del médico. —Carla miró hacia la puerta, por donde entraba Emma corriendo.
—No llego tarde. Todavía faltan veinte segundos. —Con sus negros rizos al viento, se dirigió hacia el aparador del café—. He vuelto a dormirme. Después.
—Oh, a ti también te odio —musitó Paula—. Hay que instaurar otra norma: prohibido fardar en las reuniones de trabajo de haber practicado sexo si la mitad de sus miembros no lo han hecho.
—Secundo la moción —añadió Carla de inmediato.
—Ayy… —Emma rió y se sirvió fruta en uno de los cuencos.
—El padre de la novia del sábado por la tarde tal vez se haya roto la nariz.
—Ayy… —repitió Emma, preocupada sinceramente por la noticia que acababa de darle Maca.
—Nos ocuparemos de eso cuando tengamos más datos. De todos modos, pase lo que pase, en realidad el asunto solo nos concierne a Maca y a mí. Te mantendré informada —le dijo Carla a Maca—. Empecemos por la celebración de esta noche. Los acompañantes de los novios, los familiares y los invitados que venían de fuera ya han llegado. La novia, la MDNA y las damas llegarán a las tres para la sesión de peluquería y maquillaje. La MDNO tenía cita en su peluquería y llegará antes de las cuatro, con el PDNO. El PDNA llegará con su hija. Procuraremos distraerlo y darle alguna ocupación hasta el momento de salir en las fotos oficiales. Maca…
—El vestido de la novia es una preciosidad. Es romántico, de inspiración vintage. Resaltaré eso.
Mientras Maca iba detallando el plan previsto y el horario, Paula se levantó para servirse otra taza de café. Tomó notas de vez en cuando mientras Maca hablaba, y cuando le tocó el turno a Emma, siguió anotando. Paula había concluido prácticamente su trabajo y solo intervenía cuando y si su opinión era necesaria.
Era una dinámica de trabajo que habían perfeccionado desde que Votos pasó de ser una idea a convertirse en una realidad.
—Paula —dijo Carla.
—El pastel está terminado y es de campeonato. Pesa mucho, por eso me hará falta que lo acarreen nuestros ayudantes hasta donde se celebra la recepción, pero el diseño no requiere que tengamos que montarlo in situ. Emma, necesitaré que pongas la cinta y los pétalos de rosa blancos cuando el pastel esté en su lugar; con eso bastará hasta el momento de servirlo. La pareja no ha querido el pastel del novio y se ha decantado por un surtido de pastelitos y bombones en forma de corazón. Ya los he preparado. Los serviremos en una vajilla de porcelana blanca que lleva una cenefa de blonda para que haga juego con el diseño del pastel. El mantel de hilo donde lo presentaremos es de color azul claro, con una vainica bordada. El cuchillo y la pala de servir son de los novios. Pertenecieron a la abuela de la novia y tendremos que estar atentas para que no desaparezcan.
»Hoy me pasaré casi todo el día trabajando con los pasteles del sábado, pero habré terminado hacia las cuatro por si alguien me necesita. Al final los ayudantes envolverán el pastel que haya sobrado en unas cajitas con una cinta azul en la que hemos grabado los nombres de los novios y la fecha de la boda. Procederemos igual si sobran bombones o pastelitos. Maca, me gustaría que sacaras una fotografía del pastel para mis archivos. Este diseño no lo había hecho nunca.
—Cuenta con ello.
—Emma, necesito las flores para el pastel del sábado por la noche. ¿Me las traerás cuando vengas a adornar la recepción de hoy?
—Claro.
—¿Puedo plantear un tema personal? —Maca había levantado una mano para reclamar la atención de todas—. Nadie ha mencionado que mi madre se casa, de nuevo, mañana en Italia. Por suerte, eso queda a muchísimos kilómetros de nuestro feliz hogar de Greenwich, en Connecticut. De todos modos, hoy me ha llamado sobre las cinco de la mañana. Lourdes no acaba de entender que existen zonas horarias y, en fin, digámoslo claro, le importa un bledo.
—¿Por qué no has dejado sonar el teléfono? —preguntó Paula a pesar de ver que Emma consolaba a Maca dándole unos golpecitos en la pierna.
—Porque habría sonado sin parar, y ahora intento lidiar con ella… en mis términos, para variar. —Maca se pasó la mano por el cabello rojo intenso que llevaba cortado a lo chico—. Ha habido, como era de esperar, lágrimas y reproches, porque resulta que ha decidido que quiere que asista a la boda, al contrario que la semana pasada, que no quería. Como no pienso subirme de un salto a un avión para ver cómo se casa por cuarta vez, sobre todo teniendo en cuenta que esta noche tengo una celebración, mañana dos y el domingo otra más, no me habla.
—Ojalá dure.
—Paula… —musitó Carla.
—Lo digo en serio. Tú lograste cantarle las cuarenta —le recordó Paula—, y yo no tuve ocasión. Es algo que me quema por dentro.
—Y lo aprecio —intervino Maca—. De verdad. Pero como veis, no estoy muerta de miedo, no me revuelvo en el fango de la culpa y ni siquiera estoy cabreada. Creo que encontrar a un hombre sensato, tierno y de carácter firme solo me ha dado ventajas. Y a esas ventajas sumo el hecho de poder disfrutar de un sexo matutino absolutamente increíble. Todas me habéis apoyado cuando he tenido que enfrentarme a Lourdes, habéis intentado ayudarme para que no me afectaran sus exigencias y sus arrebatos de locura. Supongo que Sebastian ha contribuido a inclinar la balanza y ahora puedo lidiar con esto sola. Quería que lo supierais.
—Pues yo, solo por eso, practicaría el sexo con él todas las mañanas.
—Aparta tus manos de él, Chaves, pero gracias por la intención. En fin… —Maca se levantó—. Quiero terminar unas tareas antes de centrarme en la celebración de hoy. Volveré y tomaré unas fotos del pastel.
—Espera, voy contigo —dijo Emma levantándose de golpe—. Vuelvo enseguida para reunirme con el equipo y poner los pétalos de rosa en tu pastel, Paula.
Cuando se marcharon, Paula se quedó pensativa.
—Lo ha dicho en serio.
—Sí, eso parece.
—Y no le falta razón. —Paula se tomó un minuto más para reclinarse en la silla y disfrutar del café—. Sebastian es el único que ha sabido abrir su corazón. Me pregunto cómo será contar con un hombre que sea capaz de eso, que pueda ayudarte así, sin agobiarte. Que sepa amarte. Supongo que, bien pensado, le envidio más eso que lo del sexo. —Se encogió de hombros—. En fin, vale más que me ponga a trabajar.
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