martes, 28 de febrero de 2017

CAPITULO 33 (SEGUNDA HISTORIA)





Eligieron un pequeño restaurante y compartieron una fuente de pasta con salsa alfredo. Pedro pensó que esa mujer lo relajaba, y eso era inusual en él, porque, para empezar, siempre se había considerado un hombre tranquilo. Ahora bien, pasar el rato con ella, hablando de lo primero que le viniera a la mente, eliminaba cualquier problema o preocupación que hubiera anidado en su cerebro.


Más extraño aún le resultaba estar junto a una mujer y sentirse excitado y tranquilo a la vez. No recordaba haber vivido esa combinación de sensaciones con alguien que
no fuera Paula.


—¿Cómo es posible que en todos estos años, desde que te conozco, nunca hayas cocinado para mí? —preguntó él.


Paula enrolló un fideo solitario en el tenedor.


—¿Cómo es posible que en todos estos años, desde que te conozco, no me hayas llevado nunca a la cama?


—Ajá. O sea, que solo cocinas para los hombres si hay sexo de por medio.


—Es una buena política. —Paula sonrió. Con ojos risueños, mordisqueó el fideo —. Me tomo muchas molestias cuando
cocino. Y tiene que valer la pena.


—¿Qué tal mañana? Haré que valga la pena.


—No lo dudo, pero mañana no me va bien. No me daría tiempo de ir al mercado, y soy muy tiquismiquis con los ingredientes. El miércoles me va un poco justo, pero...


—El miércoles por la noche tengo trabajo.


—Vale, pues será mejor que lo dejemos para la semana que viene. A diferencia de Carla, yo no llevo mi planificación en la
cabeza ni la BlackBerry en la mano para confirmártelo, pero creo que... Oh, el Cinco de Mayo. Se acerca la celebración de los mexicanos que viven en Estados Unidos y habrá fiesta familiar. Debes de acordarte, porque ya has venido alguna vez.


—La mayor megafiesta del año.


—Y toda una tradición para los Grant; vaya si se cocina ese día. Deja que compruebe la agenda para concretar. —Paula se recostó en su butaca—. Pronto llegará mayo, el mejor
mes del año.


—¿Para las bodas?


—Es un mes importante para eso, pero lo decía en general. Azaleas, peonías, lilas, glicinas... Nacen los capullos y todo florece. Y preparo las plantas anuales. La señora Grady
monta su pequeño huerto. Todo nace o se regenera. ¿Cuál es tu mes favorito?


—Julio. Un fin de semana en la playa: el sol, la arena, el surf... El béisbol está en su mejor momento, los días se alargan, las barbacoas humean...


—Mmm, eso es fantástico también. Genial. El olor a césped segado...


—Yo no siego el césped. No tengo.


—Bah, eres un chico de ciudad — exclamó ella con un dedo acusatorio.


—Fueron las cartas que repartió la vida.


Los dos jugueteaban con la pasta. Paula se inclinó hacia él, atenta apenas a las conversaciones que bullían alrededor.


—¿Has pensado alguna vez en vivir en Nueva York?


—Lo he considerado. Pero me gusta vivir aquí. Por el estilo de vida, y por el trabajo. No estoy tan lejos si quiero ir a ver a
los Yankees, los Knicks, los Giants, los Rangers...


—Me han llegado rumores de que allí también existe algo que se llama ballet, ópera y teatro.


—¿Ah, sí? —Pedro exageró una mirada de desconcierto—. Qué extraño.


—Pedro, eres típicamente masculino.


—Culpable.


—Creo que nunca te lo he preguntado: ¿por qué te decidiste por la arquitectura?


—Mi madre afirma que empecé a construir viviendas de dos plantas cuando tenía dos años. Supongo que algo de eso se
me pegó. Me gusta imaginar las distintas funciones de un espacio o cambiar una estructura ya existente. ¿Es posible mejorarlo? ¿Se puede vivir en él, trabajar, jugar? ¿Qué
hay junto a ese espacio? ¿Cuál es el objetivo? ¿Cuáles son los materiales más adecuados, o los más interesantes y prácticos? ¿Quién es el cliente y qué busca en realidad? De alguna manera, no dista tanto de lo que haces tú.


—Solo que lo tuyo dura más.


—Tengo que admitir que lo paso mal cuando veo que mi trabajo no prospera. ¿No te molesta eso a ti?


Paula picoteó un trocito de pan.


—Podríamos decir que eso es lo que define lo transitorio. El hecho de que solo sea provisional lo convierte en algo más
inmediato, más personal. Con la floración, piensas: qué bonito. O cuando diseñas y creas un ramo, piensas: oh, impactante. No estoy segura de que la sorpresa y la emoción fueran las mismas si no supieras que aquello solo es temporal. Es preciso que un edificio dure mucho tiempo; los jardines, en cambio, necesitan vivir su ciclo.


—¿Qué opinas del diseño de jardines? ¿Te has planteado dedicarte a eso alguna vez?


—Supongo que ni siquiera le he dedicado el tiempo que tú debiste de dedicar al tema de vivir en Nueva York. Me gusta trabajar en el jardín, al aire libre, al sol, viendo que lo que planto da sus frutos al año siguiente, o bien florece durante la primavera y el verano. Cada vez que recibo una entrega de mi mayorista es como si recibiera una caja de juguetes nuevos. —Paula lucía una expresión soñadora—. Cada vez que le entrego a una novia su ramo de boda, veo su reacción o contemplo cómo los invitados admiran los arreglos, pienso: esto lo has hecho tú. Y aunque se trate del mismo arreglo, nunca es exactamente igual. Es nuevo, es distinto cada vez.


—Lo nuevo nunca aburre. Antes de conocerte, creía que las floristas se dedicaban básicamente a llenar de flores los jarrones.


—Antes de conocerte, creía que los arquitectos se dedicaban básicamente a sentarse frente a una mesa de dibujo. Mira lo que hemos aprendido el uno del otro.


—Hace unas semanas nunca habría creído que estaríamos sentados aquí, de esta manera. —Pedro la cogió de la mano y la acarició mirándola a los ojos—. Y que sabría, antes de que la noche terminara, lo que llevas puesto bajo ese vestido espectacular.


—Hace unas semanas... —Paula deslizó el pie por su pierna—, nunca habría imaginado que me pondría este vestido con el propósito de que me lo quitaras. Y por eso...
Se acercó a él. La luz de las velas hacía que en sus ojos bailara un destello dorado. Sus labios casi rozaron los suyos.
—No llevo nada debajo.


Pedro siguió mirándola, saboreando su calidez, su malicia. Y entonces levantó la otra mano.— ¡La cuenta!


Tenía que concentrarse en la conducción, sobre todo teniendo en cuenta que intentaba batir el récord de velocidad. Esa mujer le volvía loco, la manera en que se había apoyado contra el respaldo del asiento y cruzado sus maravillosas y desnudas piernas, y cómo se le había subido el vestido, cautivadoramente.


Ella se inclinó hacia delante, con premeditación, imaginó Pedro, y en el instante en que se atrevió a apartar la vista de la carretera, se vio obsequiado con una apetitosa visión de sus pechos marcándose en la tela roja y sexy.


Paula toqueteó la radio, inclinó la cabeza y le dedicó una sonrisa felina y femenina.


Luego volvió a recostarse y a cruzarse de piernas. El vestido subió unos centímetros más.


Pedro pensó que iba a caérsele la baba.


Ella había sintonizado una emisora de radio, pero Pedro solo oyó los bajos. Un bajo batiente, pulsátil. El resto era un ruido
indefinido, que permanecía estático en su cerebro.


—Estás poniendo en peligro nuestra vida —dijo él, y su comentario arrancó las risas de Paula.


— El peligro podría ser mayor. Podría decirte lo que quiero que me hagas, cómo quiero que me poseas. Me apetece que me poseas, que me utilices. —Paula se perfiló el cuerpo con un dedo—. Hace unas semanas, o más tiempo quizá, ¿imaginaste que me tendrías, Pedro, que me utilizarías?


—Sí. La primera vez, después de esa mañana que te vi en la playa. Solo que cuando lo imaginé, era de noche, me acercaba a ti y te metía en el agua, donde rompen las olas.
Notaba el sabor de tu piel y de la sal. Tuve tus pechos en mis manos, en mi boca, mientras el agua batía contra nosotros. Luego te llevé a la arena seca, mientras las olas morían, hasta que lo único que pudiste decir fue mi nombre.


—Eso fue hace mucho tiempo. —Paula farfulló—. Demasiado para andar con imaginaciones, pero sí sé una cosa. Tenemos que volver a la playa, en serio.


La carcajada tendría que haber relajado la tensión, pero solo la incrementó. Otra primicia, pensó Pedro, una mujer capaz de hacerle reír y de que le consumiera al mismo tiempo.


Abandonó la carretera de un volantazo y enfiló el largo camino que conducía a la propiedad de los Brown.


Las ventanas del tercer piso estaban iluminadas en ambas alas de la casa, y la luz también resplandecía en el estudio de Maca.


Por fin, y por suerte, vieron destacarse el porche de Paula, y la lucecita que ella había dejado encendida en el interior.


Pedro soltó el cierre del cinturón de seguridad en el mismo momento en que apoyó el pie en el pedal del freno. Antes de que ella pudiera imitarlo, la asió y la besó con ansia.


Moldeó sus pechos, y luego se dio el placer de recorrer sus piernas bajo la seductora tela roja.


Paula le aprisionó la lengua con los dientes, en una rápida, erótica trampa, y maniobró con su cremallera.


Pedro consiguió bajarle un tirante del vestido antes de clavarse el cambio de marchas en la rodilla.


—Ay —exclamó ella ahogando unas risas —. Tendremos que comprar rodilleras además de coderas.


—Este maldito coche es demasiado pequeño. Vale más que entremos en casa antes de que nos lastimemos.


Paula agarró a Pedro por la chaqueta y lo atrajo hacia sí para darle otro beso salvaje.


—Deprisa.


Salieron como una flecha del coche, cada cual por su lado, y se lanzaron el uno en brazos del otro. Una risa ahogada y un quejido desesperado rasgaron el silencio. Casi perdiendo el equilibrio, se manosearon mientras sus bocas se sellaban.


Paula quiso arrancarle la chaqueta mientras enfilaban el caminito, girando como un par de bailarines locos. Cuando alcanzaron la puerta, lo acorraló de espaldas. Sus bocas se enzarzaron y ella solo se separó para quitarle el jersey por la cabeza, arañándole la piel, y tirarlo a un lado.


Los tacones que llevaba y el ángulo en el que se encontraba situaron su boca al nivel de la mandíbula de Pedro. Paula se la mordió, le quitó el cinturón de un tirón y lo dejó caer.


Pedro tanteó la puerta buscando el pomo y los dos entraron disparados. Entonces fue él quien la empujó contra la puerta, le levantó los brazos y, con una mano, la asió por las muñecas. Inmovilizada, le subió la falda y la encontró. A ella, excitada y mojada. La exclamación ahogada de Paula terminó en un quejido cuando él la condujo, con fuerza y rapidez, al clímax.


—¿Hasta dónde quieres llegar? — preguntó él.


Con la respiración entrecortada y el cuerpo ardiendo, Paula lo miró a los ojos.


—Hasta que me des todo lo que tengas.


La llevó al éxtasis de nuevo, entre quejidos y gritos, devastándole el organismo entero con las manos, con la boca. Ella estaba sofocada, su piel irradiaba calor. Pedro le bajó el vestido para liberarle los senos, para alimentarse de ellos. Y fue como ella quiso, más de lo que podía imaginar. 


Con dureza y premura, Pedro usó su cuerpo, se aprovechó de él.


La hizo suya. Paula se preguntó si él se habría dado cuenta ya. ¿Era posible que lo supiera?


Sin embargo, con querer de ese modo ya tenía suficiente, con desear y ser deseada.


Con eso le bastaría. Y deseando a Pedro, anhelándolo, se apoyó contra la puerta y le pasó una pierna por la cintura.


—Dame más.


Pedro sintió que se consumía. Un instante antes de penetrarla, la mirada, el tacto, el sabor de esa mujer lo devastó. Con renovada locura, la sujetó contra la puerta. Sus cuerpos sacudieron la hoja mientras Paula, con el cabello suelto, perdidas las horquillas, pronunciaba su nombre una y otra vez.


La descarga fue brutal y gloriosa.


Pedro no acertó a adivinar si seguía en pie, o si su corazón volvería a latir con normalidad. Todavía le martilleaba en el
pecho convirtiendo el simple acto de respirar en un desafío.


—¿Seguimos vivos? —logró articular.


—No creo... que pudiera sentir lo que siento si estuviera muerta, aunque en un momento dado mi vida ha desfilado por delante de mis ojos.


—¿Me encontraba yo contigo?


—Estabas en todas y cada una de las escenas.


Pedro dejó transcurrir un minuto más y luego retrocedió. 


Observó que seguía de pie, y que ella también se sostenía. Ruborizada y radiante, desnuda, salvo por un par de zapatos
de tacón de vértigo, muy sexy.


—Oh, Paula, eres... No tengo palabras. —Tuvo que volver a tocarla, pero esta vez casi con reverencia—. No seremos capaces de subir.


—Muy bien.


Pedro la agarró por las caderas y Paula se sostuvo a él con ambas piernas.


—¿Podrás llegar hasta el sofá? — preguntó ella.


—Lo intentaré.


Pedro lo consiguió y los dos se dejaron caer entrelazados.



****


Dos horas después, cuando al final lograron subir la escalera, se durmieron con los cuerpos enmadejados.


Paula soñó, y en su sueño ellos dos bailaban en el jardín, a la luz de la luna. El aire conservaba la dulzura de la primavera y la fragancia de las rosas. La luna y las estrellas daban una pátina argentina a las plantas florecidas. Con los dedos entrelazados, se deslizaban y giraban. Y entonces él la atrajo hacia sí para darle un beso en los labios.


Paula levantó la vista, y al sonreírle, vio las palabras en sus ojos antes de que él pudiera pronunciarlas.


—Te quiero, Paula.


En ese sueño, el corazón de Paula floreció como las plantas del jardín.





lunes, 27 de febrero de 2017

CAPITULO 32 (SEGUNDA HISTORIA)





Predominaba más la satisfacción que la inquietud, al entender de Paula. La mirada que Pedro le dedicó cuando le abrió la puerta fue justo la que ella esperaba.


—Necesito un instante de recogimiento para dar las gracias —dijo él.


Paula le sonrió seductora.


—Entonces deja que te diga que eres bienvenido. ¿Quieres entrar?


Pedro acortó distancias y le acarició el hombro y el brazo. 


Sus ojos grisáceos se clavaron en ella.


—Se me acaba de ocurrir que podríamos entrar y olvidarnos de la inauguración.


—Ni hablar —protestó ella apartándolo de un codazo y dando un paso atrás. Le dio el chal y se volvió de espaldas para que él se lo echara sobre los hombros—. Me has prometido pinturas raras, vino peleón y canapés duros.


—Podríamos quedarnos en casa. —Pedro se inclinó para mordisquearle el cuello—. Te haré unos dibujos eróticos, tomaremos un buen vino y llamaremos para que nos traigan
una pizza.


—¿Por qué hay que estar siempre eligiendo? —protestó Paula mientras ambos se dirigían hacia el coche—. Vayamos a la inauguración primero y luego nos dedicaremos a los dibujos eróticos.


—Si es absolutamente imprescindible... —Pedro se detuvo al llegar al coche y se recreó dándole un beso—. Me encanta tu aspecto. Estás soberbia.


—Esa era la intención. —Paula posó su mano en el jersey color pizarra que Pedro llevaba bajo la chaqueta de piel—. Me encanta tu aspecto, Pedro.


—Ya que estamos tan guapos, supongo que será mejor que nos vean. —Él se sentó tras el volante y le dedicó una sonrisa franca —. ¿Qué tal el fin de semana?


—Ha sido un agobio, como era previsible. Aunque se saldó con éxito, porque Carla recomendó a los clientes que alquilaran unas carpas para el sábado. Y cuando se puso a llover, nadie se mojó. Incluso fue mejor, porque pusimos unas velas y unas flores para cubrir la emergencia y, entre la iluminación suave, la fragancia y la lluvia repiqueteando en
las carpas, el resultado fue precioso.


—Pensé en vosotras. El sábado por la tarde fui a una obra nueva, pero a nosotros nos salió el tiro por la culata. Necesitamos que haga buen tiempo para trabajar.


—A mí me gustan las lluvias de primavera. El sonido, el olor... No todas las novias piensan igual, pero conseguimos que esta fuera muy feliz. ¿Qué tal fue tu noche del póquer?


Pedro frunció el ceño sin dejar de mirar al frente. Los faros del coche recortaban la oscuridad.


—No quiero hablar de ello.


Paula estalló en carcajadas.


—He oído decir que Sebastian os limpió los bolsillos.


—El tío no paraba de quejarse con todo ese rollo de que él no suele jugar a las cartas, poniendo cara de tío sincero y honrado, pero te aseguro que es un depredador.


—Sí, ya... Sebastian es un depredador.


—No has jugado a las cartas con él. Créeme.


—Tienes mal perder.


—Eso sí, ¿ves?


Divertida, Paula se recostó en el asiento.


—Cuéntame algo sobre la artista.


—Ah... sí. Habría tenido que hablarte de ella. —Duró poco más de un segundo, pero Pedro tabaleó en el volante—. Es amiga de un cliente mío. Creo que ya te lo conté.


—Sí. —Ella se había referido a su estilo artístico, pero detectó algo en el tono de su voz que le hizo prestar atención—. Y además es amiga tuya, ¿verdad?


—Más o menos. Salimos un par de veces. Unas cuantas veces. Puede que varias.


—Ya. —A pesar de que Paula sentía una gran curiosidad, mantuvo un tono de voz desenfadado—. Es una ex.


—No exactamente. No fuimos... Más bien diría que ligamos y salimos durante unas semanas. Hace más de un año. Unos dos años, en realidad. Fue algo... sin importancia.


Su incomodidad le pareció sorprendente, y también halagadora.


—Si crees que estás pisando terreno resbaladizo, Pedro, no te preocupes. Siempre he tenido la sospecha de que te has acostado con otras mujeres.


—Es cierto. Lo he hecho. Y Kellye (ella lo deletrea con una «e» final) es una de ellas. Es... interesante.


—Y artística.


Pedro torció el gesto, cosa que intrigó a Paula.— Eso tienes que juzgarlo tú.


—Dime, ¿por qué fue algo... sin importancia? ¿O te estoy haciendo una pregunta rara?


—Esa historia era demasiado intensa para mí. Esa mujer es pura intensidad, y eso exige un elevado coste de mantenimiento.


—¿Te exigía que le prestaras demasiada atención? —preguntó Paula con cierto tono glacial.


— Exigir es la palabra justa. En fin, lo que hubo, ya pasó.


—Pero seguís siendo amigos.


—No especialmente. Coincidí con ella hace un par de meses y fue un encuentro agradable. Luego se puso en contacto conmigo por lo de la inauguración y pensé que no cometía ningún crimen por aceptar. Sobre todo teniendo en cuenta que vienes conmigo para protegerme.


—¿Sueles necesitar que las mujeres te protejan?


—Continuamente —respondió él, comentario que divirtió a Paula.


—No te preocupes. —Ella le dio unas palmaditas en la mano, que él mantenía encima del cambio de marchas—. Estoy aquí para salvarte.


Pedro aparcó y caminaron un rato mientras la brisa fresca de esa noche de primavera hacía revolotear las puntas del chal
de Paula. Las tiendecitas en las que solía disfrutar mirando ropa ya habían cerrado, pero los pequeños restaurantes hacían negocio rápidamente. Unos cuantos comensales habían desafiado al frío y se habían instalado en las mesas de fuera, al amparo de unas velitas que oscilaban al viento.


Paula olió la fragancia de las rosas y del ceviche rojo picante.


—¿Sabes lo que todavía no he hecho por ti? —dijo Paula.


—He escrito una lista, pero pensaba ir allanando el terreno hasta llegar a los puntos de mayor interés.


Paula le propinó un codazo.


—Cocinar. Soy buena cocinera cuando tengo tiempo. Tendré que seducirte con mis fajitas.— Cuando quieras y donde quieras. — Pedro se detuvo delante de la galería de arte—.
Ya hemos llegado. ¿Estás segura de que no preferirías cocinar?


—Prefiero el arte —contestó ella entrando como una exhalación.


«No es cierto», pensó ella de inmediato, al ver de entrada, sin contar a unas cuantas personas que iban dando vueltas y observando con aire de mucho interés, una gran tela blanca con una sola línea de color negro, ancha y borrosa, pintada en el centro.


—¿Eso es la marca de un neumático, la marca de un neumático en una carretera blanca? ¿O es una división de algo que no entiendo?


—Es una línea negra sobre una tela blanca. Y creo que vamos a necesitar una copa —decidió Pedro.


—Creo que sí.


Pedro fue a buscar un par de copas y Paula paseó por la galería. Se quedó mirando una tela en la que aparecía una retorcida cadena negra con dos eslabones rotos titulada
Libertad. En otro lienzo una serie de puntos negros se convertían en unas minúsculas letras cuando uno se aproximaba.


—Es fascinante, ¿verdad? —Un hombre con gafas de montura oscura y un jersey negro de cuello alto se puso a su lado—. La emoción, el caos.


—Ya...


—Es un enfoque minimalista sobre la intensidad y la confusión. Es brillante. Podría estar mirando el lienzo durante horas y ver cosas distintas a cada momento.


—Depende de cómo coloques las letras.


El desconocido esbozó una sonrisa.


—¡Exactamente! Me llamo Jasper.


—Yo soy Paula.


—¿Has visto Nacimiento?


—No personalmente.


—Creo que es su mejor obra. Está por ahí. Me encantaría saber qué es lo que te inspira. —Le tocó el codo, tanteándola, como ella adivinó, mientras, con un gesto, la invitaba a avanzar—. ¿Puedo ofrecerte una copa de vino?


—En realidad... ya me han traído una — respondió ella cuando Pedro llegó y le dio una copa—. Pedro, te presento a Jasper. Estábamos admirando Babel —añadió ella cuando
descubrió el título.


—Confusión de idiomas —adivinó Pedro poniendo una mano liviana y posesiva en el hombro de Paula.


—Ya, claro. Si me disculpáis...


—Se le pasó el subidón —dijo Pedro cuando Jasper se escabulló. Probó el vino peleón y estudió la tela—. Es como uno de esos imanes que la gente compra para la nevera.


—Gracias a Dios. Menos mal. Creía que veías alguna cosa en ese cuadro.


—También que alguien haya lanzado al suelo las piezas del Scrabble.


—Basta. —Paula tuvo que reprimir una carcajada—. Jasper la encuentra brillante en su caos minimalista.


—Bueno, eso es típico de Jasper. ¿Por qué no...?


—¡Pedro!


Paula se volvió y vio a una pelirroja de metro ochenta avanzando entre la multitud con los brazos abiertos. Iba con un conjunto negro muy ceñido que resaltaba sus piernas
kilométricas y su cuerpo filiforme, presidido por unos firmes y altos pechos que casi sobresalían del escote redondeado de su blusa.


Se movía haciendo tintinear la docena de pulseras de plata que llevaba en el brazo.


Y casi arrasó con Paula al abalanzarse sobre Pedro para hundir su asesina boca de carmín en sus labios.


A Paula solo le dio tiempo de agarrar la copa de Pedro antes de que la derramara.


—Sabía que vendrías. —Su voz era grave, casi como un sollozo—. No sabes lo que esto significa para mí. Ni te lo imaginas.


—Ah...


—Esta gente no me conoce de verdad. No han estado dentro de mí.


Caray.


—Vale, veamos si... —Pedro intentó zafarse, pero ella lo agarraba por el cuello como si fuera un garrote vil—. He venido a felicitarte. Deja que te presente a... Kellye, me estás dejando sin respiración.


—Te he echado tanto de menos... Esta noche significa mucho para mí. Y ahora, con tu presencia, todavía más. —Unas teatrales lágrimas centellearon en sus ojos; los labios le temblaban de la emoción—. Sé que esta noche podré superarlo todo: la tensión, las exigencias... porque ahora estás aquí. Oh, Pedro, Pedro, quédate a mi lado. Acércate más.


Si se acercaba más, pensó Pedro, sí que estaría dentro de ella.


—Kellye, te presento a Paula. — Pedro, desesperado, agarró a Kellye por las muñecas para soltársela del cuello—. Emma...


—Encantada de conocerte. —Paula, con un tono alegre y entusiasta, le tendió la mano—. Debes de...


Kellye dio un paso atrás, insegura, como si acabaran de apuñalarla, y luego giró alrededor de Pedro.


—¡Cómo te atreves! ¿Cómo has podido? ¿La has traído aquí, para echármelo en cara? ¡Cerdo!


La artista se marchó abriéndose paso a toda prisa entre la fascinada multitud.


—Vale, muy divertido. Marchémonos. —Pedro agarró a Paula de la mano y tiró de ella hacia la salida—. Qué error. Menudo error... —exclamó tras la primera bocanada de aire fresco—. Me parece que me ha perforado las amígdalas con la lengua. No me has protegido.


—Te he fallado. Estoy avergonzada.


Pedro entornó la mirada y, sin soltarla de la mano, empezó a caminar por la acera.


—A ti te ha parecido divertido.


—Yo también soy una bruja. Tengo el corazón de hielo. Y eso es un motivo para avergonzarme. —Paula tuvo que parar porque ya no podía aguantarse. De repente, soltó una carcajada—. ¡Por Dios, Pedro! ¿En qué estabas pensando?


—Cuando una mujer tiene el poder de perforar las amígdalas de un hombre con la lengua, uno deja de pensar. Ese truco también sirve cuando ella... Casi lo digo en voz alta. —
Pedro se pasó la mano por el pelo mientras observaba la radiante cara de Paula—. Somos amigos desde hace demasiado tiempo. Es peligroso.


—En nombre de la amistad, te invito a una copa. Te la mereces. —Ella le cogió de la mano—. No te he creído cuando me has largado el rollo de que esa mujer era demasiado intensa. Imaginaba que era el típico comentario del tío que nunca se compromete. Pero «intensa» es una palabra demasiado neutra para ella. Además, su arte es una
ridiculez. Tendría que ligar con Jasper. Ese seguro que la adoraría.


—Vayamos a la otra punta de la ciudad a tomar esa copa —propuso él—. No quiero correr el riesgo de encontrármela de nuevo. — Abrió la portezuela del coche para que subiera
Paula—. No te has quedado cortada.


—No. Mi umbral de incomodidad es alto. Si ella hubiera sido sincera, ni que fuera un poco, me habría dado lástima. Ahora bien, es tan falsa como su obra. Y probablemente, igual de rara.


Pedro consideró sus palabras mientras rodeaba el coche para ir a acomodarse en el asiento del conductor.


—¿Por qué has dicho eso, lo de que es falsa?


—Ha montado una escena para llamar la atención. Es posible que sienta algo por ti, pero le importa mucho más su persona. Me ha visto antes de saltar encima de ti. Sabía que
yo te acompañaba, y por eso ha montado el numerito.


—¿Estás diciendo que se ha puesto en ridículo aposta? ¿Por qué habría de hacer algo así?


—Ella no cree que haya hecho el ridículo. Iba acelerada. —Paula ladeó la cabeza y lo miró a los ojos, fijándose en su
expresión atónita—. Lo cierto es que los hombres no veis esas cosas, ¿verdad? Qué interesante. Pedro, ha protagonizado su propia tragedia romántica, y ha disfrutado de cada momento. Apuesto lo que quieras a que esta noche va a vender más cuadros de esa bazofia que llama arte gracias a ello.


Pedro estuvo conduciendo en silencio durante un rato.


—Y todo esto te ha vapuleado el ego — dijo ella con una mueca.


—Me lo ha arañado un poco, superficialmente. Por otro lado, sé que no le di ningún indicio para que me haya hecho objeto de este numerito tan entretenido. —Pedro se encogió de hombros—. Dejémoslo en que me ha dado un zarpazo.


—Estás mejor sin ella. Y dime... ¿hay alguna otra ex que quieras que conozca, de esas que fueron algo sin importancia para ti?


—No. Te lo aseguro. —Pedro se quedó mirándola. Las farolas destacaban los destellos dorados y broncíneos de su pelo—. Sin embargo, sí quiero decir que, en su mayoría,
las mujeres con quienes he salido estaban cuerdas.


—Eso dice mucho en tu favor.