jueves, 23 de febrero de 2017
CAPITULO 19 (SEGUNDA HISTORIA)
Paula estaba en casa y aprovechaba que disponía de un rato entre dos entrevistas para redactar unos contratos. Le encantaba la elección que había hecho la última clienta, que
iba a casarse en diciembre. «Color, color y viva el color», pensó. Sería un placer trabajar en invierno con unas tonalidades tan cálidas y atrevidas.
Le envió el contrato a la clienta para que esta diera su aprobación y le mandó una copia a Carla para que la archivara entre los documentos de Votos. Luego se le escapó una carcajada por lo bajo mientras leía en voz alta:
—«Una gabardina reforzada por los codos.» Esta es buena. Veamos...
Tendrás que elegir entre las coderas de encaje rojo y un conjunto de terciopelo negro. También podría sorprenderte.
Me los probaré luego con mi colección de gabardinas. Mi favorita es negra y tiene una pátina que parece que esté... mojada.
Por desgracia esta noche no puedo salir. Pero eso nos da más tiempo a los dos para pensar.
—Con esto, poco tiempo te concedo — murmuró Paula, y pulsó «Enviar»
CAPITULO 18 (SEGUNDA HISTORIA)
Maca, conduciendo en dirección a Greenwich, observó a Carla.
—Vale, ahora que estamos solas, dime qué te parece la historia de Paula y Pedro.
—Los dos son mayorcitos, solteros y gozan de buena salud.
—Ya... ¿Qué piensas en realidad de lo de Paula y Pedro?
Carla dejó escapar un suspiro que culminó en una carcajada reticente.
—No lo he visto venir, y siempre me he considerado buena en estas cosas. Si a mí me parece raro, a ellos les debe de parecer extrañísimo.
—Extrañísimo... ¿en qué sentido? ¿Lo dices como algo malo?
—No, no. En el sentido de raro. Nosotras somos cuatro, y luego están ellos dos: Pedro y Daniel. Juntos sumamos seis. Bueno, siete con Sebastian, pero todo esto empezó antes
de que apareciera Sebastian. Llevamos años participando de la vida personal y laboral de los demás. Para nosotras cuatro y para Daniel, eso equivale a decir desde siempre, y para Pedro... ¿cuánto, doce años? Si piensas en un hombre como si fuera tu propio hermano, vas a tener que mentalizarte cuando te des cuenta de que no todas las personas de tu mismo círculo sienten lo mismo por él. Y eso resulta casi tan raro como si uno de nosotros le hubiera tomado ojeriza.
—Por eso Paula está tan descolocada.
—Lo sé.
—Se han puesto cachondos, y me parece bien, pero luego el fuego se apaga. Uno de los dos se enfriará antes que el otro. Es extraño. —Maca miró por los retrovisores antes de cambiar de carril—. ¿El que siga sintiendo algo se sentirá herido o traicionado por el otro?
—Los sentimientos son como son. No entiendo que la gente culpe a los demás por lo que siente.
—Puede, pero esas cosas pasan. Y Paula es de una delicadeza exquisita. Es un hacha manejando a los hombres, y lo digo con infinita reverencia, pero lo lamenta mucho cuando... no siente lo mismo por ellos. Ya sabes lo que quiero decir.
—Sí. —Se acercaban al taller y Carla se calzó los zapatos que se había quitado al subir al automóvil—. Acaba saliendo con un tío dos, tres e incluso cuatro veces a pesar de no
estar interesada en él desde la primera cita porque no quiere herir sus sentimientos.
—De todos modos, ella sola sale más que las tres juntas. Antes de Sebastian, quiero decir —añadió Maca—. Y casi siempre consigue sacudírselos de encima sin dañarles el ego. Te digo yo que es muy hábil.
—El problema es que es amiga íntima de Pedro. Y le quiere.
—¿Crees que...?
—Todos le queremos —aclaró Carla.
—Ah, de ese modo, es cierto.
—Tiene que ser muy duro romper con alguien que te importa mucho. Y siendo Paula como es, habrá intentado solucionar
ese problema antes de empezar la relación. Hacer daño a Pedro no es algo que ella considere.
Maca se quedó pensativa mientras esperaba a que cambiara el semáforo.
—A veces me gustaría ser tan buena persona como Paula, solo de vez en cuando. Para mí representa demasiado esfuerzo.
—Tú tienes tus momentos. Mírame a mí, intimido a los demás.
Maca rió con socarronería.
—Ah, sí. Me pones los pelos de punta, Carlita —dijo Maca arrancando para cruzar el semáforo—. Resultas terrorífica cuando te disfrazas de Carla Brown, de los Brown de Connecticut. Y si encima, mueves la capa, caen muertos a tus pies.
—Muertos, no. Puede que se queden noqueados durante un tiempo.
—Dejaste a Lourdes para el arrastre — comentó Maca refiriéndose a su madre.
—Eso lo hiciste tú. Enfrentándote con ella.
Maca hizo un gesto de negación.
—Ya me había enfrentado a ella antes. Quizá no como la última vez, no de un modo tan tajante y directo. Ahora bien, aunque empezara yo, tú la remataste por mí. Si encima entran en juego Sebastian y el hecho de que, por muy encantador que sea, que lo es, no se deja acosar... y si tenemos en cuenta a ese novio tan rico de Nueva York que se lo consiente todo, resulta que mi vida es mucho más sencilla desde entonces.
—¿Se ha vuelto a poner en contacto contigo?
—Es curioso que lo preguntes. Esta mañana precisamente, como si esa escena horrible nunca hubiera existido. Ari y ella han decidido fugarse. Más o menos. Los alocados muchachos saldrán hacia el lago Como el mes que viene y se casarán en la villa de uno de los mejores amigos de Ari una vez que Lourdes haya organizado todos los detalles. Supongo que para ella fugarse consiste en eso.
—Caray, si estás hablando de George Clooney, que cuenten conmigo.
—Ojalá. De todos modos, no creo que nos invite. Su intención al llamarme era que me enterara de que ha preferido a otra empresa en lugar de a Votos para organizar su boda.
—¿Qué le has dicho?
—Buona fortuna.
—¿De verdad?
—De verdad. Y me ha sentado de maravilla. Se lo he dicho en serio. Es cierto que le deseo buena suerte. Si es feliz con Ari, me dejará tranquila por una vez en la vida. Así que... —Maca giró, volvió a girar y se detuvo en el aparcamiento de Kavanaugh—. Todo perfecto. ¿Quieres que espere, por si acaso?
—No, vete. Te veré en casa para la consulta de esta tarde.
Carla salió del coche, asió su maletín y miró el reloj. Puntual según lo estipulado.
Vio un edificio que albergaba lo que parecían unas oficinas que se comunicaban con un gran taller y se quedó observando. Al acercarse reconoció el zumbido de una especie de compresor y, a través de las puertas abiertas del taller, vio las piernas, las caderas y casi todo el torso de un mecánico que trabajaba en un coche situado sobre un elevador.
Divisó unos estantes en los que supuso que debían de guardar piezas y material diverso, y unas rejillas con herramientas.
También vio depósitos, manguitos...
Olía a aceite y a sudor, un olor para nada ofensivo en su opinión. Olía a trabajo, era un olor productivo. Todo aquello le pareció correcto, sobre todo cuando vio el automóvil de Paula bien aparcado, limpio y reluciente como los chorros del oro.
Se aproximó al coche con curiosidad. Los cromados brillaban a la luz del sol, y a través de la ventanilla reconoció las señales del perfeccionismo llevado hasta la meticulosidad.
Si la mecánica del coche era tan buena como su aspecto, pensó, haría la siguiente revisión allí en lugar de confiar en su concesionario.
En el interior, en el extremo de un mostrador en forma de L, vio que una pelirroja de pelo prácticamente naranja estaba
encaramada a un taburete y tecleaba con dos dedos en el ordenador.
Tenía el ceño fruncido y torcía tanto el gesto que Carla comprendió que esa mujer y el ordenador estaban en guerra.
La dependienta se detuvo y examinó a Carla por encima de unas gafas de leer verde claro.
—¿Qué se le ofrece?
—He venido a recoger el coche de Paula Chaves.
—¿Es usted Carla Brown?
—Sí.
—Su amiga llamó y dijo que vendría usted a recogerlo.
Al ver que la mujer no hacía ningún ademán y seguía mirándola por encima de sus gafas, Carla le sonrió con amabilidad.
—¿Quiere que le enseñe algún documento para identificarme?
—No. Me dijo qué aspecto tendría usted, y me la ha descrito perfectamente.
—Bien, ¿me da la factura?
—Estoy en ello. —La mujer se revolvió en el taburete y tecleó de nuevo—. Siéntese aquí mismo. No tardaré mucho. Tardaría menos si pudiera hacerle un albarán a mano, pero Martin quiere hacer las cosas de esta manera.
—Muy bien.
—Detrás de la puerta hay una máquina de bebidas si desea tomar algo.
Carla pensó en su clienta, en la distancia que había hasta la tienda de novias y en el tráfico.
—Ha dicho que no tardaría mucho.
—Y no tardaré. Solo decía que... ¿Qué diablos quiere de mí este monstruo de los infiernos? —La mujer se rascó con unas uñas largas y rojas su pelo crespo y naranja—. ¿Por qué no escupe la maldita factura?
—Si me permite... —Carla se inclinó sobre el mostrador y examinó la pantalla—. Creo que ya entiendo cuál es el problema. Ponga el cursor aquí y pulse el ratón —le aconsejó dando unos golpecitos a la pantalla —. Bien. ¿Ve donde pone «Imprimir»? Pulse ahí. Ya está. Y ahora pulse en «Aceptar».
Carla se apartó y la impresora se puso en marcha.
—Ya está.
—Pulse aquí, pulse allá... Nunca recuerdo dónde tengo que pulsar primero — dijo la empleada sonriéndole por primera vez. Tenía unos ojos tan atrevidos y magnéticos como la montura de sus gafas—. Se lo agradezco.
—No se preocupe.
Carla tomó la factura y se le escapó un suspiro al repasarla: una batería nueva, la puesta a punto, un distribuidor, un cambio de aceite, las correas del ventilador, la nivelación
de los neumáticos y unas pastillas de los frenos.
— No veo el precio de la limpieza del automóvil.
—No está incluido. En la primera factura del cliente, corre a cuenta de la casa.
—Qué detalle. —Carla pagó y metió la copia de la factura en un bolsillo del maletín.Luego recogió las llaves—. Gracias.
—Un placer. Venga cuando nos necesite.
—Esté segura de que así lo haré.
Al llegar junto al coche de Paula, Carla desbloqueó la cerradura.
—Eh, eh, espere.
Carla se detuvo y se volvió. Reconoció las piernas, la cadera y el torso que había visto en el taller asomando por debajo de un coche.
Sin embargo, en la nueva visión el hombre salía con pecho y hombros. Una suave brisa de primavera le revolvía el cabello oscuro (necesitado de un buen corte) y despeinado, fuera a causa del trabajo, fuese por negligencia. Sin embargo, todo eso armonizaba con los rasgos fuertes y afilados de su cara, y con una barba oscura que indicaba que no se había afeitado desde hacía un par de días.
Captó todo eso en pocos segundos, y también que torcía el gesto y que sus intensos ojos verdes denotaban mal genio.
Su reacción habría sido bajar la vista, pero ese hombre se le plantó delante. Carla alzó la cabeza, lo miró a los ojos y le dijo con un tono frío:
—Dígame.
—¿Cree que solo se necesita una llave y un carnet de conducir?
—¿Cómo dice?
—Los cables de la batería estaban corroídos y el aceite se había sedimentado. La presión de los neumáticos estaba baja y las pastillas de freno brillaban por su ausencia. Seguro que se unta usted cada día con una crema de las buenas.
—¿Perdón?
—Pero es incapaz de molestarse en revisar el coche. Señora, su coche estaba hecho una pena. Seguro que se ha gastado más dinero en estos zapatos que el que se ha
gastado jamás en una puesta a punto.
¿En sus zapatos? ¿Qué diantre le importaban sus zapatos? Carla optó por conservar un tono de voz neutro, de una
neutralidad insultante.
—Valoro la pasión que pone en su trabajo, pero dudo que su jefe apruebe el modo en que trata a los clientes.
—El jefe soy yo, y no veo que eso represente ningún problema.
—Ya. Bien, señor Kavanaugh, tiene una manera de dirigir su negocio muy interesante. Si me disculpa...
—No hay disculpa que valga cuando se desatiende tanto un coche. Se lo he arreglado para que funcione, señora Chaves, pero...
—Brown —lo interrumpió Carla—. Es señora Brown.
El mecánico la miró entrecerrando los ojos.
—La hermana de Dani. Habría tenido que darme cuenta. ¿Quién es Paula Chaves?
—Mi socia.
—Muy bien. Dígale entonces lo que acaba de oír. Este es un buen coche y se merece que lo traten mejor.
—Le aseguro que se lo diré.
Carla fue a abrir la portezuela, pero él se le adelantó y la abrió antes. La joven entró en el coche, dejó el maletín en el asiento de al lado y se abrochó el cinturón de seguridad. Y entonces interpuso un muro de hielo entre ambos.
— Gracias.
Él sonrió, rápido como una centella.
—Quiere decir que me vaya al infierno. Conduzca con prudencia —añadió luego, y cerró la portezuela.
Carla dio la vuelta a la llave y se quedó algo decepcionada cuando el motor ronroneó como un gatito. Mientras se alejaba, miró por el retrovisor central y lo vio de pie, desnudo de cadera para arriba, observándola.
«Es un grosero», pensó. Grosero hasta lo indecible. Pero sabía hacer bien su trabajo.
Cuando aparcó cerca de la tienda de novias donde tenía que reunirse con su clienta, Carla sacó la BlackBerry y le envió un mensaje a Paula.
Pau, el coche ya está. El motor y la carrocería han quedado como nuevos. Me debes algo más que el precio de la factura.Ya hablaremos esta noche. C.
miércoles, 22 de febrero de 2017
CAPITULO 17 (SEGUNDA HISTORIA)
En su mesa de trabajo y con una relajante música de fondo New Age, Paula organizaba un encargo. Había decidido que la despedida de soltera que se celebraría entre semana fuera de la finca sería divertida y femenina. Y las gerberas cumplirían con el objetivo.
Visualizando el arreglo como si ya estuviera terminado, cortó el extremo inferior de los tallos bajo el chorro del agua. Frescas y preciosas, pensó la joven mientras colocaba las flores en una solución de agua, abono y conservantes.
Trasladó la primera tanda a la cámara frigorífica para que se rehidratase. Y cuando ya empezaba con la siguiente, oyó que Carla la llamaba.
—¡Estoy aquí dentro!
Carla entró y echó un vistazo a las flores, las hojas, los cubos y las herramientas.
—¿La despedida de soltera de McNickey?
—Sí. Mira el color de estas gerberas. Van desde los tonos pastel a los más intensos. Quedarán perfectas.
—¿Qué vas a hacer?
—Añadirlas al centro de mesa, y colocaré tres arbustos podados geométricamente en unas macetas que cubriré con hojas de limonero. Trabajaré con flores de cera y acacia y les pondré unas cintas. La clienta quiere dos centros más: un arreglo más elaborado para la mesa de la entrada y otro con velas para ponerlo en la chimenea; y también algo delicado, fragante y bonito para el tocador. Tengo que montarlo todo antes de la consulta de las once. Estoy en ello.
—Festivo y femenino —comentó Carla escrutando su espacio de trabajo—. Sé que tu programación está abarrotada, pero ¿puedes incluir otra celebración externa?
—¿Cuándo?
—El jueves próximo. Sí, lo sé —dijo Carla cuando Paula la miró con frialdad—. La clienta potencial llamó al número de la empresa y, como sabía que estabas metida hasta las cejas con un encargo, no te la pasé. Vino a la boda de los Folk-Harrigan. Me ha dicho que las flores fueron increíbles... y eso es otro punto a nuestro favor y contra la NMYA.
—Dices eso para camelarme.
—Sí. La clienta pensaba comprar unas flores cortadas y ponerlas en unos jarrones, pero ahora que ha visto tu trabajo, está obsesionada. No deja de pensar en lo bonitas que eran.
—Basta.
—En lo maravillosas, creativas y perfectas que eran.
—Maldita seas, Carla.
—No puede dormir, comer ni vivir con normalidad después de haber visto lo que puede hacerse con unas flores.
—Te odio. ¿De qué clase de celebración se trata y qué es lo que busca?
Carla logró esbozar una sonrisa petulante y compasiva a la vez, una de sus habilidades fundamentales en opinión de
Paula.
— Es una «baby shower», ya sabes, la merienda-fiesta para agasajar a una futura mamá y darle los regalos para ese bebé que nacerá pronto. Tienes que preparar algo parecido a lo que estás haciendo ahora... salvo en lo del arreglo para la chimenea. Y como el bebé será niña, a la clientela potencial le apetecería que hubiera mucho rosa. Ahora bien, me ha dicho que aquí confía en tu criterio.
—Creo que nos viene muy justo. No sé si podré contar con mi mayorista. Y tendría que consultar la agenda de la semana que viene.
— Ya lo he hecho yo por ti. Tienes el lunes completo, pero el martes por la tarde te quedan unas horas. El miércoles puedes dedicarte a planear la boda del viernes, y el jueves, la del sábado. Tink vendrá a ayudarte los dos días. ¿Es posible que entre las dos podáis ocuparos de esta celebración? Estamos hablando de su nuera —añadió Carla—, y de la que será su primera nieta.
Paula suspiró.
—Sabías que te diría que sí.
—Sí —respondió Carla dándole unos golpecitos en el hombro sin sentir el menor remordimiento—. Si lo necesitas, puedes llamar a Tiffany o a Beach.
—Tink y yo nos arreglaremos solas. — Paula llevó la siguiente tanda a la cámara frigorífica y luego regresó para finalizar la tarea—. Llamaré a la clienta tan pronto haya terminado con esto, para asegurarme de haber comprendido lo que quiere. Y luego me ocuparé de que todo salga bien.
—He dejado su nombre y su número de teléfono encima de tu mesa.
—Cómo no. Pero te lo voy a cobrar.
—¿Cuál es tu precio?
—Me han llamado del taller. El coche está arreglado, pero hoy no podré ir a buscarlo, y mañana tengo un día apretado.
—Me encargo yo.
—Sabía que lo harías. —Mirando una bandeja repleta, Paula se frotó la nuca—. La hora que me ahorraré gracias a ti la dedicaré a la futura abuela.
—La llamaré para tranquilizarla y le diré que te pondrás en contacto con ella. Y hablando de contactos, ¿has hablado con Pedro?
—No, estoy en la fase de reflexión y meditación. Si ahora hablase con él, empezaría a pensar en lo mucho que me
gustaría abalanzarme sobre él o que él se abalanzase sobre mí. Y ahora ya estoy pensando en eso por haber sacado el tema.
—¿Necesitas unos minutos de intimidad?
—Muy graciosa. Le dije que teníamos que reflexionar durante un tiempo, y eso es lo que estoy haciendo. —Frunció el ceño y habló con remilgo—: El sexo no lo es todo.
—Como tú lo practicas más que yo, y tienes más ofertas para seguir practicándolo, me inclino ante tus superiores conocimientos.
—Eso me pasa porque yo no intimido a nadie —protestó Paula mirando de reojo a Carla—. Y no te lo tomes como un insulto.
—No me importa intimidar a los demás. Me ahorro tiempo. Y hablando del tiempo... —comentó mirando el reloj—. Voy a la
ciudad a ver a una novia. Maca tiene que hacer una entrega. Iré a buscarla, a ver si la pillo antes de que se marche, y le diré que me deje en el taller. Volveré antes de las cuatro. No
olvides que tenemos una consulta esta tarde. A las seis y media.
—Lo tengo anotado en la agenda.
—Hasta luego. Gracias, Paula. Te lo digo de verdad —añadió Carla antes de salir corriendo.
Una vez a solas, Paula limpió su zona de trabajo antes de aplicarse el antiséptico que usaba como otras usan la crema de manos.
Cuando se hubo curado los pinchazos y los arañazos, se preparó para la consulta.
Satisfecha con su elección de arreglos florales, álbumes de fotos y revistas, llamó al número que Carla le había dejado... e hizo muy feliz a una futura abuela. En el curso de la conversación fue tomando notas para calcular la cantidad de rosas de pitiminí y de lirios de agua que necesitaría. Las rosas serían de color rosa y los lirios, blancos. Y a continuación volvió a calcular mentalmente el material que necesitaría para diseñar un arreglo floral mayor. Calas berenjena, rosas Bianca y rosas para ramilletes de color rosa.
Dulce, femenino, pero con unas notas elegantes... si había interpretado correctamente a la clienta. Anotó todo eso y
también la hora y el lugar de la entrega, y le prometió a su clienta que le enviaría un contrato por correo electrónico y el pedido detallado a media tarde.
Calculando el tiempo que le quedaba, hizo una llamada rápida a su mayorista y fue a quitarse la ropa de trabajo para ponerse un traje chaqueta.
Se retocó el maquillaje pensando si Pedro estaría reflexionando.
Obedeciendo un impulso, se sentó al ordenador y le envió un correo.
Todavía sigo pensando. ¿Y tú?
Pulsó «Enviar» antes de poder cambiar de idea.
***
Pedro estaba en su despacho revisando los cambios propuestos por su socio. El nuevo proyecto de construcción no paraba de cambiar en función de los caprichos de los
clientes. Querían una casa regia, pensó, y la habían conseguido. También querían seis chimeneas. Hasta que decidieron que necesitaban nueve. Y un ascensor.
El último cambio implicaba que la piscina que había proyectado pudiera usarse durante todo el año y se comunicara con la casa por medio de un pasadizo cubierto.
Buen trabajo, Chip, pensó mientras realizaba un par de pequeños cambios. Tras examinar el resultado, se puso a repasar los dibujos del ingeniero de estructuras.
Bien, decidió. Excelente. La dignidad del estilo colonial georgiano no quedaba comprometida. Y el cliente podría estar nadando unos largos en enero.
Todos felices.
Iba a enviarle los dibujos por correo electrónico para que este le diera su aprobación cuando se fijó en que tenía un
mensaje de Paula.
Al abrirlo, vio que consistía en una sola línea.
¿Hablaba en broma?
Le resultaba francamente difícil pensar en algo que no fuera ella (sobre todo si se la imaginaba desnuda). El trabajo de esa mañana le había llevado el doble de tiempo de lo acostumbrado porque estaba pensando en ella.
Sin embargo, decidió que no tenía ningún sentido decírselo.
¿Qué podría responderle?
Inclinó la cabeza y sonrió al pulsar la tecla de «Responder».
Estoy pensando que tendrías que venir
esta noche sin ropa, tan solo con una
gabardina reforzada por los codos.
Pulsó «Enviar», se retrepó en la silla e imaginó, con todo lujo de detalles, qué aspecto tendría Paula con una gabardina. Y quizá con unos tacones altísimos. Rojos. Y cuando le
desabrochara el cinturón...
—Tenía que volver.
Mientras seguía desabrochando mentalmente esa gabardina corta y negra, Pedro descubrió que tenía a Daniel delante.
—Eh, ¿dónde demonios estás?
—Ah... trabajaba. En unos dibujos. — Mierda. Intentó, como quien no quiere la cosa, activar el salvapantallas—. ¿No tienes trabajo?
—Voy a los juzgados, y más te vale que hayas preparado café.
Daniel se acercó a la máquina que había en el aparador y se sirvió.
—¿Listo para perder?
—¿Perder qué?
—Es nuestra noche de póquer, tío, y noto que voy a tener suerte.
—Nuestra noche de póquer.
Daniel, arqueando las cejas, observó a su amigo.— ¿En qué diablos trabajabas? Parece que estés en otro planeta.
—Eso demuestra mi brillante capacidad para concentrarme en lo que tengo más a mano. Y eso es lo que haré esta noche con el póquer. Vas a necesitar algo más aparte de la
sensación de paladear la victoria.
—Te apuesto cien pavos a que no.
—Hecho.
Daniel le dedicó un brindis y dio un sorbo a su taza.
—¿Cómo van las reformas del Cuarteto?
—He hecho unos cambios para Maca y Sebastian que me gustan mucho. Pero quiero pulirlos un poco más.
—Bien. ¿Te has puesto con lo de Paula?
—¿Qué? ¿Ponerme con qué...?
—Hablo de Paula y de su nueva cámara frigorífica.
—Todavía no. Pero no creo que sea complicado. —¿Por qué resultaba complicado entonces?, se preguntó Pedro. ¿Por qué se sentía como si estuviera mintiéndole a su mejor amigo?
—Lo simple siempre funciona. Tengo que ir a hacer de abogado —dijo Daniel dejando la taza encima del aparador y dirigiéndose hacia la puerta—. Te veré esta noche. Ah, e
intenta no llorar cuando me pagues los cien dólares. Resultará violento.
Pedro le mostró el dedo corazón y Daniel se marchó riendo.
Esperó unos diez segundos prestando atención por si lo oía regresar y luego recuperó el correo electrónico.
Todavía no había respuesta por parte de Paula.
¿Cómo podía haber olvidado que esa noche tocaba póquer?
Era una de las cosas que llevaba grabadas en el cerebro. Pizza, cerveza, puros y cartas. Solo hombres. Una tradición, un ritual quizá, que Daniel y él habían instaurado cuando todavía iban a la facultad.
La noche del póquer era sagrada.
¿Y si ella le decía que iba a ir a su casa, que llamaría a su puerta esa misma noche?
Pensó en Paula vestida con una gabardina negra y unos tacones rojos.
Pensó en los amigos, en la cerveza fría y una buena baraja de cartas.
Y supo que solo existía una respuesta posible. Si Paula se presentaba en su casa diciéndole que había ido a verlo, les explicaría a los demás lo que estaba pasando.
Le diría a Daniel que padecía una gripe intestinal aguda.
No existía ni un solo hombre en la Tierra que pudiese culparlo por ello.
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