domingo, 26 de marzo de 2017
CAPITULO 1 (CUARTA HISTORIA)
LA NOVIA LOCA LLAMÓ A LAS CINCO Y VEINTIOCHO de la mañana.
—He tenido un sueño —anunció mientras Paula permanecía echada a oscuras con su BlackBerry.
—¿Un sueño?
—Un sueño increíble. ¡Tan real, tan «apremiante», tan lleno de color y vida! Estoy segura de que significa algo. Llamaré a mi vidente, pero antes quería hablar contigo.
—Muy bien. —Con la elegancia que da la experiencia, Paula alargó la mano y bajó la intensidad de la luz de la lamparita—. ¿De qué iba el sueño, Sabina? —preguntó tomando la libreta y el bolígrafo que había junto a la lamparita.
—Alicia en el País de las Maravillas.
—¿Has soñado con Alicia en el País de las Maravillas?
—En concreto con la merienda del Sombrerero Loco.
—¿Disney o Tim Burton?
—¿Qué?
—Nada. —Paula se alisó el pelo y anotó unas palabras—. Sigue.
—Bueno, había música y un banquete. Yo era Alicia, pero llevaba mi vestido de boda, y Chase estaba increíble con un chaqué. Las flores, oh, espectaculares. Y todos cantaban y bailaban. Estaban contentos, brindando por nosotros, aplaudiendo. Angélica iba vestida como la Reina Roja y tocaba una flauta.
Paula anotó DDH, Dama De Honor, junto a «Angélica» y siguió anotando los nombres del cortejo nupcial. El padrino era el Conejo Blanco, la madre del novio el Gato, el padre de la novia, la Liebre.
Se preguntó qué habría comido, bebido o fumado Sabina antes de acostarse.
—¿No es fascinante, Paula?
—Absolutamente. —Igual que el poso de las hojas de té que había determinado los colores nupciales de Sabina, la lectura del tarot que había vaticinado el destino de su luna de miel y la numerología que había señalado la única fecha posible para su boda.
—Creo que quizá mi subconsciente y los hados me están diciendo que necesito centrarme en el tema de Alicia para la boda. Con disfraces.
Paula cerró los ojos. A pesar de que habría afirmado (y afirmaría ahora) que la merienda del Sombrerero Loco iba de perlas a Sabina, faltaban menos de dos semanas para el acto. La decoración, las flores, el pastel y los postres, el menú (toda la historia) ya estaban elegidos
—Mmm —musitó Paula ganando tiempo para reflexionar—. Es una idea interesante.
—El sueño...
—Me sugiere —la interrumpió Paula— la atmósfera festiva, mágica, de cuento de hadas que ya habías elegido. Eso me dice que tenías toda la razón.
—¿De verdad?
—Totalmente. Me dice que estás nerviosa, feliz e impaciente por que llegue tu día. Recuerda, el Sombrerero Loco organizaba una merienda cada día. Eso te está diciendo que tu vida con Chase será una fiesta diaria.
—¡Ah! ¡Claro!
—Y, Sabina, cuando el día de tu boda estés en la suite de la novia, delante del espejo, te estarás viendo a ti misma con el corazón joven, aventurero y feliz de Alicia.
¡Qué buena soy!, pensó Paula mientras la Novia Loca suspiraba.
—Tienes razón, tienes razón. Tienes toda la razón. Estoy muy contenta de haberte llamado. Sabía que tú lo entenderías.
—Para eso estamos aquí. Será una boda preciosa, Sabina. Tu día perfecto.
Tras colgar, Paula siguió acostada un rato, pero cuando cerró los ojos, la merienda del Sombrerero Loco (en versión Disney) se proyectó en su mente de manera obsesiva.
Resignada, se levantó y se dirigió a las cristaleras que daban a la terraza del dormitorio que había pertenecido a sus padres. Las abrió para que entrara el aire de la mañana y aspiró profundamente el alba mientras el sol empezaba a asomar por él horizonte.
Las últimas estrellas parpadeaban en un mundo de una quietud perfecta, maravillosa... como una exhalación contenida.
Para Paula, la parte positiva de tratar con novias locas y personajes de ese tipo era poder despertarse justo antes del alba, cuando parecía que nada ni nadie salvo ella se movía, cuando nada ni nadie excepto ella era dueño del momento en que la noche pasaba el testigo al día y la luz plata refulgía perlada y, al soltar esa exhalación, centelleaba con un dorado pálido, reluciente.
Dejó las cristaleras abiertas y regresó al dormitorio. Cogió una goma de la caja de plata repujada que había en su tocador y se recogió el pelo en una coleta. Cambió el camisón por unos pantalones pirata para hacer yoga y una camiseta de tirantes a juego, y eligió un par de zapatillas deportivas de la sección de ropa informal de su armario, organizado con absoluta eficiencia.
Se colgó el BlackBerry en la cinturilla, se colocó los auriculares y salió de su dormitorio para ir a su gimnasio particular.
Encendió las luces, buscó las noticias en la pantalla plana y se dispuso a escucharlas a medias mientras dedicaba un rato a hacer estiramientos.
Programó la bicicleta elíptica para hacer sus cinco kilómetros acostumbrados.
Y cuando ya llevaba uno, sonrió.
Le encantaba su trabajo. Le encantaban las novias locas, las novias sentimentales, las novias puntillosas, incluso las novias monstruosas.
Le encantaban los detalles y las exigencias, las esperanzas y los sueños, la manifestación constante de amor y compromiso que ella ayudaba a personalizar para cada pareja.
Nadie, decidió, lo hacía mejor que Votos.
Lo que Maca, Emma, Laura y ella se habían propuesto una tarde de finales de verano ahora era todo lo que habían imaginado y más.
Y ahora, pensó con una sonrisa franca, estaban planificando las bodas de Maca en diciembre, de Emma en abril y de Laura en junio.
Sus amigas eran ahora las novias, y ella se moría de ganas de entrar en pormenores.
Maca y Sebastian, algo tradicional con unos toques artísticos. Emma y Jeronimo, amor, amor, amor. Laura y Dani (¡vaya, su hermano se casaba con su mejor amiga!), un estilo elegante pero funcional.
Uy, tenía muchas ideas.
Había alcanzado los tres kilómetros cuando apareció Laura.
—Lucecitas de colores. Kilómetros y kilómetros de pequeñas lucecitas blancas como un río, por todo el jardín, en los sauces, en las arcadas, en la pérgola.
Laura parpadeó mientras bostezaba.
—¿Eh?
—Tu boda. Romántica, elegante, abundancia sin pretensiones.
—Ah. —Laura, con su mata de pelo rubio recogida con un pasador, subió a la máquina que había junto a la de Paula—. Todavía estoy acostumbrándome a estar prometida.
—Conozco tus gustos. He pensado en unos planteamientos generales.
—Cómo no... —dijo Laura, aunque sonrió—. ¿Por dónde vas? —Estiró el cuello para ver qué marcaba la máquina de Paula—. ¡Mierda! ¿Quién y cuándo ha llamado?
—La Novia Loca. Un poco avergonzada porque eran las cinco y media. Ha tenido un sueño.
—Si me dices que ha soñado con un nuevo diseño para el pastel, voy a...
—No te preocupes. Lo he arreglado.
—¿Cómo iba a dudar de ti? —Laura se tomó con calma el calentamiento y después aceleró—. Dani va a poner la casa en venta.
—¿Qué? ¿Cuándo?
—Bueno, después de que hable contigo del tema, pero como estoy aquí y tu también estás aquí, soy yo la primera en decírtelo. Anoche lo hablamos. Regresará de Chicago esta noche, por cierto. Así que... se mudará aquí, si a ti te parece bien.
—En primer lugar, es su casa tanto como la mía. En segundo lugar, te quedas. —Paula tenía los ojos como ascuas, resplandecientes—. Te quedas —repitió Paula—. No quería presionaros, y sé que Dani tiene una casa sensacional, pero... Ay, Laura, yo no quería que te marcharas. Y ahora no te marcharás.
—Le quiero tanto que podría convertirme en la próxima Novia Loca, pero yo tampoco quería marcharme. Mis habitaciones nos bastan y nos sobran, porque prácticamente son como una casa. Y él ama este lugar tanto como tu, tanto como todas nosotras.
—Dani vuelve a casa —murmuró Paula.
Su familia, pensó, todos aquellos a los que quería y amaba, pronto estarían juntos. Y eso, sin lugar a dudas, era lo que constituía un hogar.
A las ocho cincuenta y nueve Paula ya iba vestida con un traje chaqueta entallado del color de las berenjenas maduras y una camisa blanca y almidonada con unos discretos volantes. Pasó exactamente cincuenta y cinco minutos contestando correos electrónicos y llamadas de teléfono, actualizando los archivos de sus clientes, revisando y confirmando las entregas de las empresas subcontratadas para los próximos actos.
Cuando dieron las diez bajó del despacho que tenía en el tercer piso y fue a recibir a la primera visita del día.
Ya se había documentado sobre el cliente potencial. La novia, Deeanne Hagar, era una artista local cuya obra de corte fantástico se editaba en carteles y postales. El novio, Wyatt Culpepper, era paisajista. Ambos de rancio abolengo (familias vinculadas con la banca y los negocios inmobiliarios, respectivamente), y ambos también hijos menores de padres divorciados por segunda vez.
Con una mínima búsqueda se había enterado de que los recién prometidos se conocieron en un festival alternativo, compartían la misma afición por la música «bluegrass» y les encantaba viajar.
Había obtenido otros datos muy valiosos en páginas web, en Facebook, en varias entrevistas de revistas y periódicos y por amigos de amigos de otros amigos, y había decidido ya el enfoque general de la primera visita, en la que los novios irían acompañados de las madres de ambos.
Fue pasando revista con rapidez a las distintas zonas de la planta baja y quedó satisfecha con los románticos centros florales de Emma.
Se asomó a la cocina y, como esperaba, vio a la señora Grady dando los últimos toques a una bandeja con el café y el té helado que Paula había pedido y a otra de fruta, presentada con las galletas de mantequilla de Laura, finas como el papel.
—Está perfecto, señora Grady.
—Todo listo para cuando vosotras lo estéis.
—Adelante pues, y sirvámoslo en el salón principal. Si quieren empezar por la visita guiada, podríamos trasladarlo afuera. Se está muy bien al aire libre.
Paula entró con la intención de ayudar, pero la señora Grady la despachó con un gesto.
—Ahora caigo. Acabo de darme cuenta de que conozco a la primera madrastra de la novia.
—¿De verdad?
—No duró mucho, ¿eh? —Con una gran rapidez de movimientos, la señora Grady puso las bandejas en el carrito del té—. No llegó a celebrar su segundo aniversario de boda, si no recuerdo mal. Una mujer guapa, y muy dulce. Con menos luces que una bombilla de veinte vatios, pero de buen corazón. —La señora Grady se limpió los dedos con la falda del delantal—. Vol-vió a casarse, con un español, y se mudó a Barcelona.
—No sé por qué paso el rato conectada a internet cuando podría conectarme a usted.
—Si lo hubieras hecho, te habría dicho que la madre de Maca tuvo una aventura con el padre de la novia, entre su segunda y tercera esposas.
—¿Lourdes? No me sorprende.
—Bueno, demos gracias de que la cosa no fuera a más. Me gustan las fotos de la chica —añadió mientras llevaban el carrito al salón.
—¿Las ha visto?
La señora Grady le guiñó el ojo.
—No eres la única que sabe usar internet. Ha sonado el timbre. Vamos. Pesca a otro cliente más para nosotras.
—Ese es el plan.
El primer pensamiento de Paula fue que con esa melena entre rojiza y dorada que le llegaba hasta la cintura y unos ojos verdes y almendrados, la novia parecía la versión hollywoodiense de una pintora especializada en el género fantástico. El segundo fue que Deeanne sería una novia preciosa y, como colofón, que tenía unas ganas inmensas de involucrarse en todo aquello.
—Buenos días. Bienvenidos a Votos. Me llamo Paula.
—Chaves, ¿verdad? —Wyatt le tendió la mano—. Déjame que te diga que no sé quiénes diseñaron vuestro jardín, pero te aseguro que son unos genios. Ojalá hubiera sido yo.
—Muchas gracias. Por favor, entren.
—Mi madre, Patricia Ferrell. La madre de Deeanne, Karen Bliss.
—Encantada de conocerlos. —Paula evaluó la situación de inmediato. Wyatt había tomado el control sin problema, y las tres mujeres le habían dejado—. ¿Por qué no nos sentamos un rato en la sala de estar para cambiar impresiones?
Sin embargo, Deeanne ya estaba paseando por el espacioso vestíbulo, observando la elegante escalera.
—Pensaba que sería recargado. Pensaba que lo notaría recargado. —Giró en redondo, y su bonita falda veraniega mostró su vuelo—. He consultado vuestra página web. Todo era perfecto, hermoso. Y he pensado, no, demasiado perfecto. Todavía no estoy convencida de que no sea demasiado perfecto, pero no es recargado. En absoluto.
—Lo que mi hija podría haber dicho sin emplear tantas palabras, señorita Chaves, es que tiene usted una casa preciosa.
—Paula —contestó ella—, y gracias, señora Bliss. ¿Café? —les ofreció—. ¿O té helado?
—¿Podríamos echar un vistazo primero? —le preguntó Deeanne—. Sobre todo por fuera, porque Wyatt y yo queremos una boda al aire libre.
—¿Por qué no empezamos por fuera y luego regresamos dando la vuelta? Habíais pensado en el próximo septiembre, ¿no? —prosiguió Paula dirigiéndose a las puertas que daban a la terraza lateral.
—Dentro de un año. Por eso queremos empezar a mirar ahora, para poder ver cuál será la combinación del paisaje, los jardines, la luz.
—Utilizamos varias zonas para celebrar las bodas al aire libre. La más popular, sobre todo para los actos de mayor capacidad, es la terraza y la pérgola del lado oeste, pero...
—¿Pero...? —repitió Wyatt mientras caminaban junto a la casa.
—Cuando os he visto a los dos me ha venido a la mente algo distinto. Algo que hacemos de vez en cuando. El estanque—dijo Paula mientras torcían hacia la parte trasera de la casa—. Los sauces llorones, el prado en pendiente. Veo un cenador cubierto de flores y alfombras blancas fluyendo como un río entre hileras de sillas, blancas también, con flores trenzadas. Y todo eso reflejado en las aguas del estanque. Centros de flores por todas partes, pero nada formal, más bien arreglos naturales. Flores de jardín, pero en cantidades desorbitadas. Nuestra diseñadora de arreglos florales, mi socia Emma, es una artista.
Los ojos de Deeanne centellearon.
—Me encantó lo que sale en la página web de su trabajo.
—Podéis hablar con ella directamente si decidís celebrar vuestra boda con nosotras, o aunque solo lo estéis considerando. También veo lucecitas, velas parpadeando. Todo natural, orgánico... pero suntuoso, resplandeciente. Llevarás algo vaporoso —dijo a Deeanne—, algo digno del reino de las hadas, con el pelo suelto. Sin velo, solo con flores en el pelo.
—Sí. ¡Qué buena eres!
—A eso nos dedicamos. A diseñar vuestro día para que refleje lo que deseáis, lo que sois, individualmente y el uno para el otro. No os inclináis por lo formal, sino por lo delicado y soñador. Ni moderno, ni anticuado. Queréis ser vosotros mismos y queréis un trío que toque música «bluegrass» mientras avanzáis por el pasillo central.
—Never Ending Love —dijo Wyatt con una sonrisa—. Ya lo hemos elegido. ¿Trabajará la encargada de los arreglos florales con nosotros, no solo en el paisajismo para la boda, sino también en los ramos y en lo que haga falta?
—Os acompañará en todos y cada uno de los pasos. Se trata exclusivamente de vosotros, de crear vuestro día perfecto... incluso demasiado perfecto —dijo Paula sonriendo a Deeanne.
—Me encanta el estanque —murmuró Deeanne mientras estaban en la terraza contemplando las vistas—. Me encanta la imagen que acabas de crear en mi imaginación.
—Porque esa imagen eres tú, cariño. —Karen Bliss tomó de la mano a su hija—. Eres tú totalmente.
—¿Y bailar en el césped? —La madre de Wyatt miró hacia el estanque—. Yo también he visitado vuestra página web, y sé que tenéis un salón de baile maravilloso. Pero quizá podrían bailar aquí fuera.
—Por supuesto. En cualquiera de los dos sitios, o en los dos, como prefieran. Si estáis interesados podemos organizar una reunión general, con mis socias, para hablar de estos temas y entrar en detalles.
—¿Qué te parece si vemos el resto? —Wyatt se inclinó hacia Deeanne para besarle en la sien.
PRÓLOGO (CUARTA HISTORIA)
EL DOLOR LLEGABA EN OLEADAS, FUERTES Y VIOLENTAS; olas que se estrellaban y partían el corazón. Otras veces eran lentas y cubrían por completo, amenazando con ahogar el alma.
La gente, la gente buena y considerada, aseguraba que el tiempo lo cura todo. Paula esperaba que tuvieran razón, aunque de pie en la terraza de su dormitorio, bajo un sol de finales de verano y pasados varios meses desde la repentina y espantosa muerte de sus padres, sentía que esas caprichosas olas seguían rompiendo sobre ella.
Tenía tanto..., se recordó a sí misma. Su hermano (y no sabía si habría sobrevivido al período de duelo sin Dani) había sido una roca a la que aferrarse en ese ancho y vasto mar de horror y pena. Sus amigas Maca, Emma y Laura, una parte de su vida, una parte de ella misma desde la infancia, habían sido la sustancia aglutinante que había reunido y cohesionado los fragmentos de su mundo hecho añicos.
Contaba con el apoyo constante y firme del ama de llaves, la señora Grady, su isla de consuelo.
Tenía su casa. De algún modo la belleza y la elegancia de la finca de los Alfonso le parecían más intensas, más acusadas, ante la certeza de que no volvería a ver a sus padres pasear por sus jardines. Jamás volvería a bajar corriendo la escalera para encontrar a su madre riéndose en la cocina con la señora G., ni escucharía a su padre negociando un contrato en el despacho.
En lugar de aprender a surcar las olas, Paula se había sentido arrastrada más y más al oscuro fondo.
El tiempo, decidió, había que aprovecharlo, forzarlo, moverlo.
Pensaba, y esperaba también, que encontraría la manera no solo de aprovechar ese tiempo, sino de celebrar lo que sus padres le habían dado, de compartir esos dones con la familia y los amigos.
Para ser productiva, pensó, mientras las primeras fragancias especiadas del incipiente otoño impregnaban el aire. Los Alfonso eran de los que trabajaban. Construían y producían, y nunca, jamás, se habían dormido en los laureles.
Sus padres no habrían esperado menos de ella que de sus predecesores.
Sus amigas quizá pensarían que había perdido la cabeza, pero había ideado, calculado y perfilado un sólido plan de empresa, un proyecto de negocio impecable. Y con la ayuda de Dani, un contrato legal justo y razonable.
Hora de nadar, se dijo.
No se hundiría, así de simple.
Regresó al dormitorio y tomó los cuatro paquetes pesados que había dejado encima del tocador. Uno para cada una de ellas, material para la reunión, aunque no había comentado a sus amigas que a eso era a lo que iban.
Se detuvo, se concedió unos instantes para recogerse el brillante pelo castaño en una coleta y se miró, permitiendo que un destello iluminara sus ojos azul intenso.
Podía lograr que funcionara. No, no, ellas podían conseguir que funcionara.
Solo debía convencerlas.
En la planta baja encontró a la señora Grady dando los últimos toques a la comida.
La recia mujer volvió la espalda a los fogones y le guiñó un ojo.
—¿Lista?
—Preparada al menos. Estoy nerviosa. ¿Es una tontería estar nerviosa? Son las mejores amigas del mundo...
—Es un gran paso el que quieres dar, y un gran paso el que les vas a pedir que den. Estarías loca si no te sintieras un poco nerviosa. —La señora Grady se acercó a ella y le tomó el rostro entre sus manos—. Confío en ti. Ve afuera. Me he permitido la libertad de prepararos un aperitivo y un poco de vino en la terraza. Mis chicas ya se han hecho mayores.
Carla quería ser mayor, pero, ay, en su interior había una niña que reclamaba a su mamá y a su papá, buscando consuelo, amor, seguridad.
Salió a la terraza y dejó los paquetes sobre la mesa; fue hacia la cubitera, cogió la botella de vino y se sirvió una copa.
Se quedó de pie, con la copa en la mano, contemplando bajo la suave luz que caía sobre los jardines el precioso estanque y la imagen de los sauces reflejada en su superficie.
—¡Caray, yo también quiero un poco de esto!
Laura apareció de repente, con su dorado cabello rubio muy corto, un nuevo look del que su amiga ya se arrepentía. No se había cambiado y vestía el uniforme de chef repostera de un restaurante destacado de la zona.
Puso en blanco los ojos, vivos y azules, mientras se servía un poco de vino.
—¿Quién me iba a decir, cuando anoté en mi agenda nuestra noche de chicas, que en el último minuto alguien haría una reserva para veinte? La cocina ha sido un manicomio toda la tarde. En cambio la cocina de la señora G.... —soltó un quejido al derrumbarse en su asiento tras las muchas horas que había estado de pie— es un oasis de paz que huele de maravilla. ¿Qué hay para cenar?
—No se lo he preguntado.
—Da igual. —Laura apartó la idea de su mente con un aspaviento—. Pero si Emma y Maca llegan tarde, empiezo sin ellas. —Se fijó en el montón de paquetes—. ¿Qué es todo eso?
—Algo que no puede empezar sin ellas. Laura, ¿te gustaría volver a Nueva York?
Laura la miró por encima del borde de su copa.
—¿Me estás echando?
—Me gustaría saber lo que quieres. Si estás satisfecha de cómo andan las cosas. Regresaste aquí por mí, después del accidente, y...
—Me lo tomo con calma, supongo que ya lo descubriré. Ahora mismo, no tener planes me va bien, ¿vale?
—Ya...
Carla se interrumpió cuando Maca y Emma aparecieron juntas riendo.
Emma, pensó, tan hermosa con su melena de rizos salvajes, sus ojos oscuros y exóticos brillantes de alegría. Maca, con su vistoso cabello pelirrojo de mechones cortos, sus picaros ojos verdes también alegres, estilizada y alta con sus tejanos y una camiseta negra.
—¿De qué va el chiste? —preguntó Laura.
—De hombres. —Maca dejó las bandejas de brie en croute y de tartaletas de espinacas que la señora Grady les había endosado al pasar por la cocina—. De los dos que pensaron que podían echar un pulso por Emma.
—Fue muy bonito —repuso Emma—. Eran dos hermanos que entraron en la floristería para hacer un regalo a su madre por su cumpleaños. Una cosa llevó a la otra.
—A mi estudio no paran de venir hombres. —Maca se metió en la boca una uva negra y dulce del frutero que descansaba en la mesa—. Y jamás ninguno ha echado un pulso para salir conmigo.
—Hay cosas que nunca cambian —dijo Laura alzando la copa para brindar por Emma.
—Hay cosas que sí —terció Paula. Tenía que empezar, tenía que mover ficha—. Por eso os he pedido a todas que vinierais esta noche.
Emma iba a coger un poco de brie, pero se quedó inmóvil a medio camino.
—¿Pasa algo?
—No, pero quería hablar con todas vosotras. —Decidida, Carla sirvió vino a Maca y a Emma—. Sentémonos.
—Huy, huy, huy... —advirtió Maca.
—Nada de huy, huy, huy—insistió Paula—. Primero he de decir que os quiero mucho a todas y que siempre os he querido y que siempre os querré. Hemos compartido muchas cosas buenas y otras malas... y cuando las cosas se han puesto feas, siempre supe que estaríais conmigo.
—Todas estamos aquí por todas. —Emma se inclinó y puso su mano sobre la de Paula—. Eso es lo que hacen las amigas.
—Sí, eso es. Quiero que sepáis lo mucho que significáis para mí, y quiero que sepáis también que si alguna de vosotras no está de acuerdo con lo que voy a proponeros, por la razón que sea, nada cambiará entre nosotras. —Levantó la mano para impedir que le quitaran la palabra—. Dejad que concrete. Emma, tú querrás tener un día tu propio negocio de floristería, ¿verdad?
—Siempre ha sido mi sueño. Bueno, me gusta trabajar en la tienda, y el jefe me da mucha libertad, aunque espero, con el tiempo, tener la mía propia. Pero eso…
—Los peros, luego. Maca, tú tienes demasiado talento, eres demasiado creativa para pasarte el día haciendo fotos de pasaporte y sesiones de fotografías infantiles.
—Mi talento no conoce fronteras —dijo Maca alegremente—, pero una tiene que comer todos los días.
—Y te gustaría tener tu propio estudio de fotografía.
—También me gustaría que Justin Timberlake y Ashton Kutcher echaran un pulso por mí... y eso es igual de improbable.
—Laura, tú estudiaste en Nueva York y en París con la intención de convertirte en chef repostera.
—En una chef repostera de prestigio internacional.
—Y te has conformado con trabajar en Los Sauces.
Laura tragó un bocado de su tartaleta de espinacas.
—Bueno, oye...
—En parte te conformaste por estar a mi lado después de que perdiera a mamá y a papá —prosiguió Paula—. Yo estudié con el objetivo de montar mi propio negocio. Siempre tuve una idea de lo que quería, pero me parecía un sueño inalcanzable. Un sueño que nunca compartí con ninguna de vosotras. Sin embargo, durante estos últimos meses he empezado a verlo con más claridad, y es posible.
—Por lo que más quieras, Paula, ¿de qué se trata? —preguntó Laura.
—Quiero que montemos un negocio juntas. Las cuatro, y que cada una se ocupe de una parte de la empresa... según su campo de intereses y de especialización, pero fusionándolo entre todas bajo un mismo paraguas, por decirlo de alguna manera.
—¿Montar un negocio? —repitió Emma.
—¿Recordáis cuando jugábamos al «día de la boda»? Nos turnábamos los papeles, llevábamos disfraces y planificábamos los temas.
—Con quien más me gustó casarme fue con Harold. —Maca sonrió ante el recuerdo del perro de los Chaves, fallecido hacía mucho tiempo—. Era tan guapo y leal...
—Podría hacerse realidad, podríamos convertir el «día de la boda» en un negocio propio.
—¿Ofreciendo a las niñas disfraces, bizcochos y perros con mucha paciencia? —aventuró Laura.
—No, ofreciendo un escenario único y asombroso: esta casa, con estos jardines; pasteles y tartas espectaculares; ramos y centros de infarto; fotografías hermosas y creativas. Y por mi parte... alguien que cuidará de cada detalle para que una boda, o cualquier otra celebración importante, sea un día perfecto en la vida del cliente.
Paula apenas tomó aliento y prosiguió:
—Tengo muchísimos contactos a través de mis padres. Empresas de catering, proveedores de vino, servicios de limusinas, centros de estética... de todo. Y lo que no tenga, lo conseguiré. Un negocio de bodas y celebraciones que ofrezca todos los servicios, y las cuatro como socias paritarias.
—Una empresa para organizar bodas. —Emma las miró ilusionada—. Suena maravilloso, pero ¿cómo vamos a...?
—Tengo un proyecto de negocio. He hecho números y cálculos y tengo respuesta para las dudas legales si es que las tenéis. Dani me ha ayudado.
—¿Qué opina Dani? —preguntó Laura—. ¿A Daniel le parece bien que conviertas la finca, vuestra casa, en una empresa?
—Me apoya absolutamente. Y su amigo Jeronimo está dispuesto a ayudarnos a reformar la casita de la piscina para convertirla en un estudio de fotografía con una vivienda arriba, y la casa de invitados en una floristería con un apartamento. Podemos transformar la cocina auxiliar de aquí en tu espacio de trabajo, Laura.
—¿Viviríamos aquí, en la finca?
—Tendríais esa opción —dijo Carla a Maca—. Habrá mucho trabajo, y sería más práctico para todas nosotras estar en el mismo lugar. Os mostraré los números, el proyecto, los gráficos, las obras. Pero todo esto será inútil en el caso de que a alguna de vosotras no le guste la idea. Y si eso sucede, bueno, intentaré convencerla con palabras —añadió Paula con una carcajada—. Y si aun así sigue en sus trece, abandonaré.
—Y una mierda. —Laura se pasó la mano por su corto tupé—. ¿Cuánto tiempo llevas trabajando en esto?
—¿En serio? ¿De una manera activa? Unos tres meses. Tuve que hablar con Dani, y con la señora G., porque sin su apoyo nunca habría arrancado. Pero antes quería reunir todos los datos para la presentación. Esto es un negocio —dijo Paula—. Nuestro negocio, y tenemos que entenderlo así desde el principio.
—Nuestro negocio —repitió Emma—. Bodas. ¿Qué hay más alegre que una boda?
—¿O más loco? —terció Laura.
—Las cuatro sabemos manejarnos con las locuras. ¿Pau?
—Unos hoyuelos se dibujaron en el rostro de Maca cuando esta le tendió la mano—. Cuenta conmigo.
—No puedes comprometerte hasta que no hayas visto el proyecto y los números.
—Sí puedo —corrigió Maca—. Quiero hacerlo.
—Yo también. —Emma puso su mano encima de las de sus amigas.
Laura tomó aliento, aguantó la respiración y soltó el aire. —Supongo que a esto se le llama unanimidad. —Y puso la mano encima—. Vamos a machacar el mundo de las bodas.
SINOPSIS (CUARTA HISTORIA)
Como rostro público de la empresa de planificación de bodas Votos, Paula Chaves tiene un don natural para hacer realidad las visiones de la novia. Lo único que no puede ver es adónde va su vida.
Al mecánico Pedro Alfonso le encanta descubrir cómo funcionan las cosas, y Paula no es una excepción. Ambos saben que pasar del simple coqueteo a un rollo es una paso muy serio. Para Paula siempre ha merecido la pena arriesgarse en el trabajo, pero ahora tendrá que tomar la decisión de su vida con el corazón.
CAMBIO DE PERSONAJES:
TERCERA HISTORIA = CUARTA HISTORIA
MARTIN KAVANAUGH = PEDRO ALFONSO
CARLA ALFONSO = PAULA CHAVES
PEDRO ALFONSO = DANIEL CHAVES
PAULA CHAVES = LAURA MCNIGHT
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