miércoles, 15 de marzo de 2017
CAPITULO 22 (TERCER HISTORIA)
Salir con Pedro como novios en lugar de amigos resultaba extraño y curioso a la vez. Paula descubrió que era cómodo en muchos sentidos, y positivo. Ninguno de los dos estaba obligado a escuchar la vida del otro, porque ambos conocían ya sus historias personales.
No habían probado todo el pastel, pensó la joven, pero varios pisos, sí. Sería más divertido ir descubriendo el relleno.
Sabía que Pedro había colaborado en la revista de derecho de Yale, y jugado a béisbol mientras era estudiante en la universidad. No ignoraba que el derecho y los deportes eran sus dos grandes pasiones. Sin embargo, desconocía que se hubiera planteado elegir entre ambas profesiones.
—No sabía que te hubieras planteado en serio convertirte en un profesional del béisbol. —Había que ver de cuántas cosas se enteraba una, pensó Paula en su tercera cita.
—Por supuesto. Me lo tomé tan en serio que lo mantuve casi en secreto.
Paseaban por el parque lamiendo unos helados de cucurucho. Una luna de verano plateaba el estanque: el broche perfecto para una cena informal, según Paula.
—¿Cómo te decidiste? —le preguntó.
—No era lo bastante bueno jugando a béisbol.
—¿Por qué dices eso? Te vi jugar en la academia, y un par de veces cuando ibas a Yale. Luego te he visto jugar a softball. —Paula observó el perfil de Pedro mientras caminaban y frunció ligeramente el ceño—. Aunque no soy forofa del béisbol, entiendo el juego, y sé que lo tenías muy por la mano.
—Claro, y además era bueno, pero eso no bastaba. Quizá habría llegado a ser muy bueno si hubiera echado toda la carne en el asador. Hablé con unos ojeadores de la cantera de los Yankees.
—¡No fastidies! —exclamó Paula dándole un empujón—. ¿De verdad? No lo sabía. ¿Los Yankees intentaron ficharte? ¿Por qué no me enteré?
—No se lo dije a nadie. Tuve que tomar una decisión. Podía ser un abogado excelente o un jugador de béisbol del montón.
Paula recordó que había visto jugar a Pedro desde… siempre. Le vino a la mente su imagen de niño disputando la liguilla.
Dios, qué atractivo era.
—Te encantaba el béisbol.
—Y todavía me gusta mucho, pero me di cuenta de que no me apasionaba lo suficiente para implicarme a fondo y abandonar todo lo demás. Es decir, no era lo bastante bueno.
Paula lo comprendió; sí, lo comprendió perfectamente. Se preguntó si ella habría sido capaz de hacer una elección tan sensata y racional y abandonar algo que amaba y deseaba.
—¿Lo has lamentado alguna vez?
—Cada verano, pero me dura unos cinco minutos. —Pedro le pasó el brazo por los hombros—. Mira, cuando sea viejo y me siente en el balancín del porche, les contaré a mis biznietos que, de pequeño, los Yankees se fijaron en mí.
A Paula le chocó esa imagen, pero le arrancó una sonrisa.
—No te creerán.
—Claro que sí. Me querrán mucho, a mí y a los caramelos que siempre llevaré en el bolsillo para ellos. ¿Y tú? Cuéntame si hay algo de lo que te arrepientes.
—Me arrepiento de más cosas que tú.
—¿Por qué?
—Porque Carla y tú siempre parecéis conocer vuestros deseos y cómo alcanzarlos. Veamos… —Paula mordió el cucurucho mientras reflexionaba—. Ya lo tengo. A veces me pregunto qué habría pasado si hubiera ido a vivir a Francia, si hubiera sido la propietaria de una pastelería exclusiva… y vivido muchas historias de amor.
—Normal.
—Diseñaría pasteles para la realeza y las estrellas de cine, y maltrataría a mi personal. Allez, allez! Imbéciles! Merde!
Pedro soltó una carcajada al ver los aspavientos exagerados de Paula, típicamente galos; incluso se vio obligado a esquivar su cucurucho.
—Sería el terror de las reposteras, un genio reconocido en el mundo entero que volaría a lugares insospechados para elaborar el pastel de cumpleaños de una princesita.
—No te veo en ese papel. Más bien te imagino soltando tacos en francés.
Paula estaba más que llena y tiró los restos del cucurucho a la papelera.
—Es posible, pero a veces pienso en esta clase de cosas. De todos modos, básicamente me dedicaría a lo mismo que ahora. No habría tenido que elegir.
—Sí elegiste. Tuviste que decidir si trabajabas sola o te asociabas con otras personas, si te quedabas en Estados Unidos o te ibas a Europa. Tomaste una decisión importante. Mira, si hubieras ido a Francia, nos habrías echado muchísimo de menos.
Bueno, eso era absolutamente cierto, pensó Paula, pero prefirió seguir hilvanando su historia y sacudió la cabeza.
—Habría estado tan ocupada lidiando con mis pasiones salvajes y mi ego desbordado que no os habría echado en falta. De vez en cuando me habría acordado de vosotros con cariño, y habría ido a veros aprovechando algún viaje a Nueva York. Mi aire europeo os habría dejado con la boca abierta.
—Es cierto que tienes un aire europeo.
—¿Ah, sí?
—A veces, cuando estás trabajando, hablas entre dientes o maldices en francés.
Paula se quedó sorprendida y frunció el ceño.
—¿Hago eso?
—En alguna ocasión, sí, y con un acento perfecto. Es curioso de ver.
—¿Por qué no me lo ha dicho nunca nadie?
Pedro la tomó de la mano mientras se alejaban del estanque.
—Quizá porque todos daban por sentado que ya lo sabías. Como eras la única que murmuraba y maldecía…
—Puede ser.
—Si te hubieras ido, nunca habrías dejado de pensar en esto, en el trabajo que estás haciendo.
—Sí. De todos modos a veces imagino que tengo una hermosa pastelería en un pueblecito de la Toscana donde solo llueve de noche, y que unos niños encantadores vienen a verme para pedirme dulces. No está mal como sueño.
—Y aquí seguimos los dos, en Greenwich.
—Un buen lugar para vivir.
—Hoy por hoy, es casi perfecto. —Pedro tomó el rostro de Paula entre sus manos para besarla.
—Todo parece tan fácil… —observó Paula mientras ambos se encaminaban hacia el coche.
—¿Por qué tendría que ser difícil?
—No lo sé. En general lo fácil me hace sospechar. —Al llegar al coche se dio la vuelta y se apoyó en la portezuela para mirarlo—. Cuando todo resulta tan sencillo es que algo malo va a ocurrir. Justo a la vuelta de la esquina, bajarán un piano por una ventana y me caerá en la cabeza.
—Da un rodeo para esquivarlo.
—A lo mejor no estás mirando y… clac, un cable se rompe y el Steinway te deja hecho papilla.
—La mayoría de las veces los cables no se rompen.
—La mayoría —repuso Paula dándose unos golpecitos en el pecho—. Pero con una sola vez basta. Por eso es mejor ir mirando hacia arriba, por si acaso.
Pedro le apartó un mechón de pelo y se lo puso detrás de la oreja.
—Puedes estrellarte en una curva y partirte la crisma.
—Es cierto. En todas partes hay desgracias.
—¿Te iría bien que nos peleáramos? —Pedro apoyó las manos sobre el coche, una a cada lado de ella, y se inclinó para besarla en los labios—. Si quieres, te hago rabiar para ponértelo difícil.
—Tendrías que enfurecerme mucho. —Paula lo atrajo hacia sí y le dio un beso apasionado—. Veinticuatro días más… —murmuró—. Puede que no sea tan fácil, después de todo.
—Ha pasado casi una semana —comentó Pedro abriéndole la portezuela—. Están en juego ochocientos dólares.
Todos habían apostado, pensó Paula mientras Pedro daba la vuelta al coche para sentarse tras el volante. Sus cien dólares también habían ido a parar al bote.
—Podrían pensar que nuestra tribu se entromete demasiado montando una porra para adivinar cuándo vamos a acostarnos.
—Quien piense eso no es de los nuestros. Hablando de tribus, ¿por qué no nos reunimos con la nuestra el día cuatro?
—¿El cuatro de qué? Ah, de julio… Falta poquísimo.
—Podríamos jugar a pelota, comer salchichas y ver los fuegos artificiales desde el parque. Ese día no tenéis prevista ninguna celebración, supongo.
—Ni una. Jamás en un Cuatro de Julio, por mucho que nos lo supliquen o quieran sobornarnos. Es una tradición en Votos. Nos tomamos el día libre. —Paula suspiró—. Un día entero y libre, todo para mí, sin poner los pies en la cocina. No sabes cuánto me apetece.
—Bien, porque le he dicho a Carla que podríamos reunirnos toda la tribu.
—¿Y si yo hubiera dicho que no?
Pedro esbozó una sonrisa franca.
—Te habríamos echado de menos.
Paula entornó los ojos, pero sonreía con los labios.
—Supongo que vais a hacerme un encargo.
—Nos gustaría pedirte un pastel patriótico, si no es una molestia para ti. Luego podríamos ir a Gantry a escuchar música.
—No contéis conmigo para haceros de chófer. Si horneo un pastel, me habré ganado el derecho a tomar unas copas.
—Lo encuentro razonable. Conducirá Sebastian —decidió Pedro, y Paula soltó una carcajada—. Podemos ir todos en la furgoneta de Emma.
—Me parece perfecto. —Todo estaba saliendo perfecto, pensó Paula mientras Pedro tomaba el camino de la finca.
Tendría que andarse con ojo por si caían pianos del cielo.
CAPITULO 21 (TERCER HISTORIA)
Era domingo por la mañana. Paula había terminado en la cocina y subió como una flecha a la sala de reuniones para asistir a la sesión previa del día. Cuando vio que sus tres socias ya estaban sentadas, levantó la mano.
—No he llegado tarde. —Había tomado ya un par de tazas de café y optó por el agua—. Por si os interesa, está lloviendo.
—La previsión del tiempo dice que parará a media mañana —afirmó Carla—, pero podemos trasladar todo dentro si las cosas no cambian.
—Los arreglos son fáciles de montar —dijo Emma tomando la palabra—. Si a mediodía escampa, podemos tener todo instalado fuera sobre la una. Si no, nos trasladaremos al salón principal, dispondremos un gran arreglo floral en la chimenea y añadiremos unas velas. Lo tenemos todo previsto. Las dos suites estarán listas antes de las diez.
—Los novios llegarán a las once.
—Haré las fotos oficiales en ambas suites —le dijo Maca a Carla—. A los novios los presentarán sus hermanas. Será precioso. Sacaré buenas fotos siguiendo ese hilo conductor. Al no haber novia, no perderemos tanto tiempo en la sesión de peluquería y maquillaje. Además solo hay un acompañante por novio. En resumen, creo que las fotos oficiales estarán antes de las doce o doce y cuarto.
—Los invitados llegarán a las doce y media —dijo Carla leyendo el horario—, y les ofreceremos un combinado. A la una formaremos el cortejo nupcial para la ceremonia al aire libre. Los acompañantes entrarán por el pasillo central y los novios aparecerán por ambos lados. El tiempo estimado de la boda es de veinte minutos. Maca tomará unas fotos después y los del catering servirán unos canapés.
—Iré rápida. Con quince minutos bastará.
—Anotad que a la una cuarenta y cinco anunciaremos a los novios, presentaremos el bufet y daremos paso a los brindis. El DJ pinchará la primera pieza a las dos treinta. La pareja cortará el pastel a las tres treinta.
—Las pastas del bufet de los postres ya están listas. Terminaré el pastel de boda antes de las diez y lo colocaremos en el salón de baile. El cuchillo y la pala de servir van por nuestra cuenta. La feliz pareja ha pedido que les reservemos el primer piso de la tarta porque quieren llevárselo a casa.
—Muy bien. El baile empezará a las tres cuarenta y terminará a las cuatro quince. Repartiremos los regalos y anunciaremos la última pieza. A las cuatro treinta, fin de fiesta. ¿Dudas? ¿Problemas que puedan surgir?
—Por mi parte, no. Estos chicos son una monada, y muy fotogénicos además.
—Para los ojales han elegido unos geranios grandes y alegres que van a juego con el pastel —añadió Emma—. Son preciosos.
—Ellos mismos han redactado el texto de la ceremonia —dijo Carla señalando su ficha—. Es muy bonito, y dulce. Será un mar de lágrimas. Paula, ¿cómo va lo tuyo?
—Me falta el adorno de la parte superior del pastel. Me lo tiene que dar Emma. Todo controlado.
—Lo guardo en la cámara frigorífica. Te lo traeré.
—Perfecto entonces.
—No tan deprisa —terció Maca alzando un dedo cuando vio que Paula iba a levantarse—. Todo perfecto en el terreno profesional, pero en el privado, no. ¿Qué novedades hay con Pedro?
—Ninguna. Solo han pasado ocho horas.
—¿No te ha llamado? —preguntó Emma—. ¿No te ha enviado un mensaje, algo que…?
—Me ha enviado un e-mail con una lista de películas para ir al cine esta noche.
—Ah. —Emma se esforzó en no parecer desilusionada—. Muy considerado por su parte.
—Muy práctico —corrigió Paula—. Chicas, estamos hablando de Pedro, y de mí. No espero recibir notitas de cariño ni mensajitos sexis.
—Pues son muy divertidos —murmuró Emma—. Jeronimo y yo nos enviábamos mensajes sexis. Todavía lo hacemos.
—¿Qué te pondrás? —preguntó Maca.
—No lo sé. Vamos al cine. Algo apropiado para ver una película.
—Pero él llevará traje —señaló Emma—. No puedes ir muy informal. Tendrías que ponerte la blusa azul, la del escote redondo que se anuda en la espalda. Esa te sienta fenomenal. Combínala con los pantalones pitillo blancos, que yo me pondría encantada si no me hicieran las piernas cortas, y las sandalias de tacón fino.
—Vale, gracias por ocuparte de mi atuendo.
—Un placer —respondió Emma con una gran sonrisa para contrarrestar el sarcasmo de su amiga.
—Hemos montado una porra —le informó Maca—. Nadie confía en que paséis treinta días enteros sin que os arranquéis la ropa. Sebastian es el que cree más en vuestra fuerza de voluntad: os da veinticuatro días.
—¿Vais a apostar para ver quién adivina cuándo me acostaré con Pedro?
—Exacto, querida. Tú quedas eliminada —apostilló Maca impidiéndole retomar la palabra—. Conflicto de intereses. En cuanto a mí, os doy dieciséis días, no porque confíe en vuestra gran fuerza de voluntad, sino porque tengo fe en vuestra tozudez… Lo digo por si puedo influir en ti y consigo aumentar los fondos para mi boda.
—Esto es injusto —canturreó Emma.
—¿Cuánto os habéis jugado?
—Cien pavos cada uno.
—¿Quinientos dólares en total? ¿De verdad?
—Seiscientos, contando a la señora Grady.
—Jo…
—Empezamos con diez dólares por cabeza —comentó Emma encogiéndose de hombros y mordisqueando una fresa que había cogido—, pero entonces Maca y Jeronimo se desafiaron. Suerte que los paré cuando llegaron a cien. Carla es la tesorera.
Paula enarcó las cejas con aire desafiante.
—¿Y si nos acostamos y no se lo decimos a nadie?
—Por favor… —sentenció Maca poniendo los ojos en blanco—. En primer lugar, no sabrías guardar el secreto, y en segundo lugar, aunque lo intentaras, lo descubriríamos.
—Me da rabia, pero tienes razón. ¿Nadie ha apostado por los treinta días?
—Nadie.
—Bien, entonces cubro la apuesta; y estoy en mi derecho, porque se trata de mí y de lo que voy a tardar en acostarme. No podéis eliminarme. Pongo cien dólares, y si llegamos a los treinta días, el bote es mío.
Todas protestaron, pero Carla las disuadió con un gesto.
—Me parece justo.
—Ya sabéis lo competitiva que es —se quejó Maca—. Aguantará treinta días solo para ganar la apuesta.
—Entonces lo habrá merecido. Dame los cien pavos y anoto tu apuesta.
—Estáis perdidas. —Paula se frotó las manos contenta—. Mira por dónde ganaré un buen dinerito gracias a mi moratoria sexual. Tengo que ir a glasear un pastel. —Al llegar a la puerta les dedicó un meneo con la cadera—. Hasta luego. Sois unas primas.
—Ya veremos quién es la prima —dijo Carla cuando Paula salió bailando por la puerta—. Muy bien, señoras, a trabajar.
CAPITULO 20 (TERCER HISTORIA)
Sinceridad total, se dijo Pedro, y decidió quedar con Jeronimo a la mañana siguiente para hacer ejercicio. Se había propuesto dar la cara, y por eso le había dicho que se trajera también a Sebastian. Acababa de empezar los ejercicios cardiovasculares cuando Sebastian apareció mirando la cinta de correr con profundo respeto.
—Siempre tengo la precaución de no practicar estos ejercicios en público. Alguien podría salir herido.
—Empieza despacio y luego ve subiendo la velocidad cada dos minutos.
—Para ti es muy fácil de decir.
—Echaba de menos este lugar. —Como muestra de solidaridad, Jeronimo ocupó la máquina que había al otro lado de Pedro—. Tener el gimnasio en casa va muy bien, pero echas de menos el bullicio del grupo, y ver a todas esas mujeres atléticas vestidas con unos equipos minúsculos. ¿Qué? —exclamó Jeronimo al notar la mirada de Pedro—. Aunque esté prometido, sigo estando vivo
—No entiendo que a alguien le guste caminar por una cinta cuando la calle está llena de aceras. —Sin soltarse de la barra por si acaso, Sebastian gesticuló vagamente—. Además, pisas suelo firme.
—Acelera, Sebastian. Los caracoles van a adelantarte. ¿Cómo está mi Macadamia?
—Bien. —Sebastian, con el ceño fruncido, aumentó un poco más la velocidad—. Esta mañana se reúne con las socias y luego tiene una sesión de fotos en el estudio. Creo que se ha alegrado de perderme de vista durante un par de horas.
—Pronto tendrás tu despacho particular —le dijo Jeronimo—. Luego diseñaré el nuevo espacio de Emma y, finalmente, el de Paula.
—Hablando de Paula, salimos juntos. —Oyó un «uf» a mano izquierda y miró en esa dirección—. ¿Estás bien, Sebastian?
—He perdido el paso. Cuando dices salir juntos, ¿te refieres a que sales con ella?
—Exacto.
—Acabas de darme una buena excusa para saltarte encima y exigirte una explicación. ¿Qué pretendes aprovechándote de una de mis chicas?
Pedro miró a Jeronimo y aumentó la velocidad.
—A diferencia de ti, yo no esquivo el tema, y tampoco me escondo.
—Yo no esquivé el tema, ni me escondí. Lo que pasó fue que me costó explicar mi relación con Emma. Ahora que voy a casarme con una integrante del Cuarteto, tengo deberes, pero también disfruto de ciertos privilegios. Si te acuestas con Paula…
—No me acuesto con Paula. Salimos juntos.
—Eso, y cogiditos de la mano contempláis la luna y cantáis canciones junto a una hoguera.
—Eso haremos durante un tiempo, menos lo de cantar. ¿Tú qué opinas? —le preguntó Pedro a Sebastian.
—Me cuesta mantenerme en pie. —Sebastian se agarró a la barra para poder hablar—. Para empezar, lo que me viene a la cabeza es que este imprevisto cambia las cosas.
—Eso fue lo primero que pensé, pero ahora ya no estoy seguro. Tengo la sensación de que lo nuestro se estaba cociendo desde hacía tiempo.
—Me tenías muy engañado —dijo Jeronimo aumentando la velocidad hasta igualar el ritmo de Pedro—. ¿Desde cuándo se cocía la historia?
—Nos peleamos, y ella no solo me dijo, sino que también me demostró que no somos hermanos. Es cierto. Por eso ahora estamos saliendo juntos y me he decidido a contároslo.
—Vale. ¿Llegamos a los cinco kilómetros?
—Allá vamos. Acelera, Sebastian —le dijo Pedro.
—Ay… —suspiró Sebastian.
CAPITULO 19 (TERCER HISTORIA)
Entrar en la casa a hurtadillas debía de ser forzosamente más sencillo que escabullirse de ella. Sebastian y Maca se habrían retirado a su estudio, y Emma y Jeronimo estarían en la casita del jardín. En cuanto a la señora Grady, se encontraría en sus acogedoras habitaciones viendo la televisión, con los pies en alto, tomándose su té de la noche, o bien habría salido con sus amigas. Carla probablemente seguiría trabajando en su zona de la casa, vestida con ropa cómoda.
Aparcó aliviada al ver luces en el estudio y en la casita de invitados. Le apetecía estar sola y pensar en lo sucedido, en los cambios venidos y por venir.
Sentía el cosquilleo de sus labios, y notaba una sensibilidad especial en la piel. Habría bailado de alegría. Si llevara un diario, dibujaría corazoncitos y flores en la entrada de ese día. Claro que, a continuación, de la vergüenza la habría arrancado y roto a pedacitos. Pero habría hecho esos dibujos.
Sonriendo por la ocurrencia, entró en la casa con sigilo y cerró la puerta tras ella procurando no hacer ruido. Le faltó poco para subir la escalera de puntillas.
—¿Acabas de llegar?
Le faltó muy poco para soltar un grito. Giró en redondo y se quedó mirando a Carla boquiabierta. Tuvo que sentarse en un escalón para no desplomarse.
—¡Por Dios! Das más miedo que un rottweiler. ¿Qué estás haciendo?
—¿Qué estoy haciendo? —Carla balanceó ante sus ojos un envase que tenía en la mano—. He bajado a buscar un yogur y vuelvo a mi habitación. ¿Qué haces tú subiendo la escalera de puntillas?
—No voy de puntillas. Camino sin hacer ruido. Hay yogures en la nevera de tu habitación.
—No de arándanos, y yo quería un yogur de arándanos. ¿Algún problema?
—No, no. Claro que no. —Paula procuró recuperar el aliento y se dio unos golpecitos en el pecho—. Me has dado un susto de muerte.
Carla la acusó con la cuchara en ristre.
—Tienes cara de culpable.
—No es verdad.
—Estás frente a mí, y yo reconozco una expresión de culpabilidad cuando la veo.
—¿Por qué iba a sentirme culpable? No hay toque de queda, ¿verdad, mamá?
—¿Lo ves? Te sientes culpable.
—Vale, vale, aparta la manguera antidisturbios —protestó Paula levantando las manos en señal de rendición—. He ido a casa de Pedro a recoger mis zapatos.
—Eso ya lo veo, Paula. Los llevas en la mano.
—Exacto. Sí. En fin, son unos zapatos fenomenales y quería que me los devolviera —explicó la joven acariciando uno con cariño—. Pedro había encargado comida china. Empanadillas.
—Ah. —Asintiendo, Parker fue a sentarse junto a Paula.
—No tenía la intención de quedarme, pero lo he hecho. Nos hemos sentado en el porche y hemos hablado del beso que le di, y del beso que me dio él a mí. Sé que esto último no te lo conté. Es curioso, pero me cuesta hablar contigo de estas cosas, más que con él.
—Supéralo.
—Estoy en ello, ¿vale? En fin, en cualquier caso teníamos que plantearnos una solución. Pedro propuso unas directrices.
—Es obvio.
Carla sonrió y tomó una cucharada de yogur.
—Entiendo que no te sorprendas, porque los dos sois iguales. Le dije que si tú y yo fuéramos lesbianas, nos casaríamos.
Carla volvió a asentir y siguió comiendo el yogur.
—Lo suponía.
—Hemos decidido que saldremos juntos y haremos lo que suelen hacer los demás, pero sin enrollarnos.
Carla enarcó las cejas y lamió la cuchara.
—¿Vais a salir juntos sin enrollaros?
—Durante treinta días. En teoría durante ese plazo de tiempo sabremos si lo que buscábamos era sexo o si en realidad… Somos adultos y hay que actuar con sensatez, aunque el sexo nos apetezca.
—Queréis daros tiempo para estar seguros de que luego os seguiréis gustando.
—Sí, ese es el objetivo, pero hay más razones: las tribus y mis piernas, aunque en realidad se trata de ver cómo va la relación. ¿Te parece bien?
Carla le dio unos golpecitos con los nudillos en la cabeza.
—Claro que me parece bien, y si no me lo pareciera, tendrías que mandarme al infierno y decirme que no metiera las narices donde no me importa. ¿Quieres un poco de yogur?
—No, gracias, he comido empanadillas. —Paula apoyó la cabeza en el hombro de Carla—. Me alegro de no haberme salido con la mía y de que me hayas atrapado in fraganti cuando entraba de puntillas.
—Más bien alégrate de que haya decidido mostrarme magnánima en lugar de insultada.
—Eres mi mejor amiga.
—Es verdad, lo soy. Pedro es buena persona. Sé que es un mandón, porque estamos hechos de la misma pasta y conozco sus defectos, pero es bueno. —Carla posó su mano sobre la de Paula durante un breve instante—. Te merece. Tú y yo vamos a hacer un pacto ahora mismo. Cuando necesites contar pestes de él, o él de ti, considera que se trata de un chico cualquiera. No te sientas coaccionada porque Pedro sea mi hermano. Piensa que digas lo que digas, no me ofenderás.
—Muy bien.
Entrelazaron los meñiques y pronunciaron un juramento.
—Me marcho. He de terminar un par de cosas —dijo Carla levantándose—. Por cierto, Emma y Maca se sentirán dolidas si no se lo cuentas.
—Se lo diré. —Paula se obligó a levantarse y subió con ella a su habitación.
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