miércoles, 1 de marzo de 2017
CAPITULO 37 (SEGUNDA HISTORIA)
El Cinco de Mayo las banderas mexicana y estadounidense ondeaban sus vivos colores en reconocimiento a la mezcla de culturas que representaban la madre mexicana y el padre
yanqui de Paula.
Cada año, en la extensa propiedad de los Chaves, se celebraban al aire libre partidas de bolos y de bádminton y se instalaban atracciones inflables y toboganes acuáticos.
Amigos, familiares y vecinos jugaban y competían entre sí mientras los demás se agrupaban junto a las mesas de picnic para abalanzarse sobre las bandejas de cerdo y pollo, las tortillas de maíz, los cuencos de frijoles rojos o de chile y el guacamole o la salsa picante, tanto que ardía en la garganta.
Se servían litros de limonada, de cerveza Negra Modelo y Corona, de tequilas y margaritas heladas para paliar la picazón.
Las veces que participaba de la fiesta del Cinco de Mayo, Pedro quedaba asombrado ante la cantidad de personas que los Chaves llegaban a alimentar y la variedad de alimentos donde elegir: fajitas y hamburguesas, frijoles
negros, arroz, ensalada de patata... y, de postre, flan o pastel de manzana.
Dedujo que la comida era un símbolo más de la perfecta armonía que reinaba entre Fernando y Lucía.
Pedro estaba tomando una cerveza mientras contemplaba a los invitados bailar al son de un trío de guitarras y marimbas. Daniel, a su lado, iba dando sorbos a la suya.
—Esta fiesta es un éxito rotundo.
—No escatiman esfuerzos.
—Dime, ¿qué sientes al pensar que este año vienes como noviete de la niña de la casa?
Pedro, por una cuestión de principios, iba a responder que lo mismo que otras veces, pero era Daniel quien le hacía la pregunta.
—Me siento un poco raro. Aunque hasta ahora, nadie ha ido a buscar una cuerda para ahorcarme.
—Todavía es pronto.
—Brown, eres todo un consuelo para mí. ¿Son imaginaciones mías o hay el doble de niños que el año pasado? —preguntó Pedro pensativo—. Que hace dos años, mejor dicho. El año pasado no pude venir.
—Puede ser. Aunque no creo que todos sean parientes. De todos modos, he oído decir que Celia vuelve a estar embarazada.
—Sí, Paula lo mencionó. ¿Has venido solo, a representar el papel de solterón de oro?
—Sí —respondió Daniel disimulando una sonrisa—. Nunca se sabe, ¿o no? Mira a esa rubia del vestido azul. Menudas piernas...
—Sí. Siempre he creído que Laura tiene unas piernas fantásticas.
Daniel casi se ahogó con la cerveza.
—Esa no es... oh —logró articular cuando ella se volvió riéndose y Dani la reconoció—. Supongo que no estoy acostumbrado a verla con un vestido. —Se giró deliberadamente para darle la espalda—. En cualquier caso, veo un montón de morenas seductoras y de estilosas rubias, y también un buen puñado de pelirrojas buenísimas. La mayoría, sin compromiso. Aunque supongo que los días de tantear el terreno ya han terminado para ti.
—Salgo con una mujer, no me he quedado ciego ni estoy muerto. —Esa idea le recorrió el espinazo como un escalofrío.
—¿Dónde está Pau?
—Ha ido a ayudar a no sé quién con la comida. No andamos todo el día pegados el uno al otro.
Dani enarcó una ceja.
—Comprendo.
—Ella tiene sus amigos y yo, los míos. También tenemos amistades comunes. No hay necesidad de ir cogidos de la mano cuando estamos en una fiesta.
—Como tú digas. —Dani tomó otro sorbo de cerveza con aire contemplativo—. ¿El tipo al que está besando en la boca es amigo suyo, amigo tuyo o amigo de los dos?
Pedro giró en redondo y vio que Paula acababa de darle un beso a un hombre que parecía un dios nórdico. Riendo y con un gesto expresivo, cogió a Thor de la mano y ambos se incorporaron a un grupo de conocidos.
—No parece amigo tuyo —comentó Dani.
—¿Por qué no te...? —Pedro se interrumpió cuando Lucía se plantó frente a ellos.
—Vosotros dos deberíais estar comiendo en lugar de quedaros aquí quietecitos como las estatuas de dos bellos dioses.
—Estaba valorando las alternativas —le contó Dani—. La elección es difícil. Uno no sabe si inclinarse por el pastel de manzana o por el flan.
—También hay tarta de fresa y empanadas.
—¿Lo ves? Es un asunto delicado que no hay que tomar a la ligera.
—Prueba un poco de cada y decide luego. ¡Mirad quién viene por allí! —Lucía, sonriendo de oreja a oreja, saludó a Maca y a Sebastian con los brazos abiertos—. Macarena,
has podido venir.
—Lamento llegar tan tarde. La sesión se alargó más de lo que esperaba —se excusó ella besando a Lucía en la mejilla.
—Estás aquí y eso es lo que vale. ¿Y tú, qué cuentas? —Lucía abrazó a Sebastian.
Sebastian la levantó unos centímetros del suelo, con un gesto cariñoso que llevaba años practicando con ella.
—Cuánto tiempo sin venir al Cinco de Mayo...
Sebastian sonrió.
—No recuerdo que asistiera tanta gente a la fiesta.
—Porque ahora somos más. Tus padres han venido con los hijos de Diane. Silvia y Nico también han llegado —dijo Lucía refiriéndose a su hermana pequeña—. Supongo que Diane y Sam pronto aparecerán. Maca, tu futura suegra me ha dicho que la organización de vuestra boda va muy bien.
—Todo está bajo control.
—Deja que vuelva a ver tu anillo. ¡Ah...! —Lucía, tras examinar el brillante que Maca lucía en el dedo, le guiñó el ojo a Sebastian sin dejar de sonreír—. Muy bien tallado. Ven, Celia todavía no lo ha visto. Sebastian —dijo mientras se llevaba a Maca consigo—, ve a servirte comida y bebida.
Sebastian prefirió quedarse con los hombres.
—Hacía que no venía a una de estas fiestas desde... debe de hacer unos diez años.Lo había olvidado. Es como un carnaval.
—La mejor del condado —observó Daniel —. Los Chaves o bien conocen a todo el mundo, o bien están emparentados con todos, incluido, según parece, nuestro mecánico y
compañero de póquer. Hola, Martin.
—Qué hay. —Martin se acercó a ellos. Iba con unas gafas oscuras, unos tejanos gastados y una camiseta negra. Agarraba dos cervezas por el cuello de la botella—. ¿Quieres una, Maverick? —le preguntó a Sebastian.
—Claro. No sabía que conocieras a los Chaves.— Llevan a revisar los coches al taller desde hace unos seis o siete meses. Lucía es de esas mujeres a las que, si te descuidas, acabarías contándole la historia de tu vida, pidiéndole que te cocinara tortillas de maíz y deseando que despachara a su marido para fugarse contigo a Maui.
—Esa es la pura verdad —dijo Pedro.
—Me dijo que viniera al Cinco de Mayo, a la fiesta que montan en el jardincillo, cuando terminara de trabajar. Imaginé que sería una comida al aire libre, de esas bien puestas, con cerveza mexicana y tortillas de maíz. —Martin hizo un gesto de incredulidad—. No veo que falte nadie.
—Creo que han venido todos.
—Siento haber tardado tanto —dijo Paula llegando apresurada con un margarita en la mano—. Estaba saludando a unos conocidos.
—Sí, me he fijado en uno de ellos.
Paula miró a Pedro desconcertada y luego se volvió hacia Martin.
—Hola, soy Paula.
—Eres la del Cobalt.
—Yo... —Paula se quedó perpleja y luego le dedicó una mirada afligida—. Sí. Tú debes de ser Martin.
—Si, ese soy yo —La miró de arriba abajo, examinándola—. Mira, vale más que sepas que tienes suerte de parecerte a tu
madre, con quien espero casarme algún día. De otro modo, te habría echado la misma bronca que le eché a tu amiga el día que la confundí contigo.
—Y me lo habría merecido. De todos modos, he aprendido la lección y ahora soy mucho más responsable. Hiciste un buen
trabajo. Eres un buen profesional. Me pregunto si te daría tiempo a revisar mi camioneta si te la llevo la semana que viene.
—Supongo que no tendrá tu mismo aspecto, ¿verdad?
Paula sonrió y le dio un sorbo a su margarita.
—Ve a buscar un plato y sírvete comida.
—¿Por qué no vienes conmigo y me enseñas a...? —Martin se interrumpió al captar la mirada de advertencia de Pedro y la manera desenfadada y territorial con que se puso a acariciar el pelo de Paula—. Vale, me parece que voy a ver si picoteo algo por ahí.
—Te acompaño —decidió Sebastian.
Daniel torció el gesto.
—Parece que me he quedado seco —dijo sacudiendo la botella de cerveza—. Pau, ¿quién es esa morena esbelta, la de la blusa rosa y los tejanos ajustados?
—Ah... Es Paige. Paige Haviller.
—¿Está soltera?
—Sí.
—Nos vemos luego.
—Tendría que haberme preguntado sitenía cerebro —comentó Paula mientras Dani se alejaba del grupo—. En menos de treinta minutos estará mortalmente aburrido.
—Depende de lo que hagan durante esos treinta minutos.
Paula estalló en carcajadas.
—Supongo que sí —respondió ella cogiéndole la mano—. Qué día más bonito, ¿verdad?
—Nunca entenderé la clave del éxito de tus padres.
—Llevan semanas preparándolo, y también contratan a un equipo para que monte los juegos y las actividades. Además, Carla colabora coordinándolo todo. Hablando de ella...
—¿Quién era ese tipo?
—¿Qué tipo? Hay muchos. Dame pistas.
—El que estabas besando hace un rato.
—Menuda pista.
La frase le puso furioso.
—El que parecía el príncipe de Dinamarca.
—El príncipe de... Ah, debes de hablar de Marshall. Ha sido una de las razones de mi retraso.
—Ya me he fijado.
Paula ladeó la cabeza y frunció ligeramente el ceño.
—Marshall ha llegado tarde. Con su esposa y su hijo recién nacido. Primero ha venido a saludarme y luego he entrado en casa para ir a hacerle unas carantoñas al bebé.¿Algún problema?
—No. —«Soy idiota», pensó—. Dani me ha estado pinchando y yo he caído en la trampa. Y en la metáfora. Rebobinemos. ¿Qué me ibas a contar?
—Marshall y yo salimos durante un tiempo, hace unos años. Luego le presenté a su mujer. Nos encargamos de organizar su boda hace unos dieciocho meses.
—Entendido. Discúlpame.
Paula sonrió.
—No puedo decir que me haya agarrado por el culo como cierta artista loca hizo contigo.
—Él se lo ha perdido.
—¿Vamos a mezclarnos con la gente y a mostrarnos sociables?
—Buena idea.
—Ah, por cierto... —exclamó Paula cuando se dirigían hacia un grupo de invitados —. Se me ha ocurrido una cosa. Como
mañana quiero hacer unos recados en la ciudad, si esta noche me quedara en tu casa, me ahorraría el desplazamiento. Carla me ha traído en coche, porque ambas queríamos llegar pronto para ayudar, pero ella puede regresar con Laura. Así no tendré que hacer dos viajes.
—¿Quieres quedarte en mi casa?
Paula enarcó las cejas y su mirada acusó cierta frialdad.
—Puedo dormir en el sofá si no te apetece tener compañía.
—No. Había dado por sentado que tendrías que regresar a casa. Por lo general, empiezas temprano.
—Mañana tengo que ir primero a la ciudad y no hará falta que me levante tan temprano, pero si eso representa un problema para ti...
—No. —Pedro se situó frente a ella—. Me parece muy bien. Perfecto. ¿Necesitas algo para mañana?
—Metí algunas cosas en el coche después de que se me ocurriera la idea.
—Entonces ya está todo arreglado. —Se inclinó para besarla.
—Me parece que vas a necesitar otra cerveza.
Pedro dio un respingo al oír la voz del padre de Paula.
Fernando le sonrió. De una manera desenfadada, a juzgar por las apariencias, pensó. Si no fuera porque él era el tipo que acababa de montarse la noche con su hija.
—Negra Modelo, ¿verdad? —le preguntó Fernando ofreciéndole una cerveza.
—Sí, gracias. Una fiesta fantástica, como siempre.
—Para mí es la mejor del año. —Fernando rodeó a Paula con un brazo. De un modo natural y afectuoso, territorial también—. La tradición empezó la primavera que Lucía estaba embarazada de Mateo. Éramos los amigos, la familia y los niños. Ahora nuestros hijos son mayores y ya han formado su propia familia.
— Te estás poniendo sentimental —dijo Paula alzando el rostro y dándole un beso a su padre en la mandíbula.
—Todavía te veo correteando por el césped con tus amigos para ganar premios lanzando anillas o rompiendo piñatas. Como le ocurre a tu madre, aportas color y sentido a la vida.
—Papá...
Fernando miró a Pedro directamente a los ojos.
—Y el hombre a quien ofrezcas ese color y esa vida será afortunado, y sabio también, porque sabrá valorarlo.
—Papá... —repitió Paula con un tono de advertencia en esa ocasión.
—Solo un hombre puede recibir tantos tesoros —dijo él dándole unos golpecitos cariñosos en la nariz—. Voy a vigilar la barbacoa. No me fío demasiado de tus hermanos ni de tus tíos. Hasta luego, Pedro — añadió con un gesto de asentimiento, y luego se marchó.
—Lo siento. No puede evitarlo.
—No pasa nada. ¿He sudado la camisa?
Riendo, Paula cogió a Pedro por la cintura.— No. ¿Enseñamos a esos niños a romper una piñata?
CAPITULO 36 (SEGUNDA HISTORIA)
Paula, sentada en su despacho, puso al día sus asuntos mientras dejaba actuar una mascarilla facial que limpiaba e hidrataba a fondo. ¿Cuántas mujeres tenían la suerte de poder dedicarse al cuidado facial y al mismo tiempo hacer pedidos? ¿Y de hacerlo descalzas y con Norah Jones sonando en los altavoces?
¿Cuántas de las afortunadas habían practicado la noche anterior, por dos veces, un sexo enloquecido y salvaje con un hombre increíble?
No muchas, ¿verdad? Pues no, no muchas.
Mientras la mascarilla obraba milagros, preparó un pedido a sus proveedores encargando espuma para arreglos florales,
cintas de plástico, alambre y piedras transparentes de colores. A continuación navegó por la página web para ver si se vendía algo interesante que estuviera en oferta, y añadió a su pedido espray de espuma de poliuretano, varias láminas de espuma y tres docenas de bases finas.
Con eso tendría bastante material por el momento, pensó. Envió el pedido y se conectó con su proveedor de velas al por mayor para ver si este tenía algo que ofrecerle.
—¡Toc, toc! ¡Paula! ¿Estás en casa?
—¿Mamá? Estoy aquí arriba. —Paula archivó el carrito de la compra, se levantó del escritorio y se encontró con su madre en la escalera—. ¡Hola!
—Hola, cariño. Tienes la cara muy rosa.
—Yo... Ay, lo había olvidado. —Paula, riéndose, se toqueteó la mejilla—. Tengo que quitarme esto. Me he puesto a comprar velas y se me ha ido el santo al cielo. —Se marchó al baño para lavarse la mascarilla—. ¿Has hecho novillos?
—He trabajado esta mañana y ahora estoy libre como un pajarillo. Por eso he decidido que iría a ver a mi hija antes de
regresar a casa. —Lucía tomó el tarro de la mascarilla—. ¿Es buena?
—Yo qué sé. Es la primera vez que la pruebo. —Paula terminó de lavarse con agua fría y luego se secó con esmero.
Lucía torció el gesto.
—Eres tan bonita que no sé si el resultado se debe a los afortunados genes que te pasé o a este potingue.
Paula sonrió. Estudió su imagen en el espejo del lavabo y se pasó el dedo por las mejillas y el mentón.
—Refresca la piel. Y eso siempre va bien.
—Estás resplandeciente —dijo Lucía mientras Paula vaporizaba tónico sobre su piel y se ponía crema hidratante—. Por lo que he oído, no es debido al potingue.
—¿A los genes afortunados?
—A una fortuna de otra clase. Tu prima Dana ha venido a la librería esta mañana. Parece ser que su gran amiga Liwy... Conoces a Liwy, creo.
—Sí, un poco.
—Liwy estaba cenando con su nuevo novio y adivina a quién vio sentadita en un tranquilo rincón, en el otro extremo del
restaurante, compartiendo vino, pasta y una conversación íntima con un arquitecto guapísimo.
Paula parpadeó.
—¿Cuántas oportunidades tengo?
Lucía enarcó las cejas.
—Bajemos a tomar algo. ¿Te apetece un café o prefieres algo frío?
—Algo frío.
—Pedro y yo fuimos a la inauguración de una exposición de arte. —Paula empezó a contarle la historia mientras bajaba la escalera —. Fue horrible, aunque, de hecho, la historia
no tiene desperdicio.
—Ya me la contarás luego. Prefiero que me expliques lo del vino y la pasta.
—Cenamos pasta y tomamos vino al salir de la inauguración. —Paula entró en la cocina y llenó un par de vasos con hielo.
—Andas con evasivas.
—Sí. —Paula se echó a reír y cortó unas rodajas de limón—. Es una tontería, porque ya debes de haber imaginado que Pedro y yo estamos saliendo juntos.
—¿Escurres el bulto porque crees que no lo aprobaré?
—No. Quizá. —Paula abrió una botella de agua con gas de la marca que le gustaba a su madre, llenó ambos vasos y echó dentro unas rodajas de limón.
—¿Eres feliz? Ya veo la respuesta en tu cara, pero puedes responder sí o no.
—Sí.
—¿Por qué iba a desaprobar yo algo que te hace feliz?
—Porque es un poco raro, ¿no? Después de tanto tiempo...
—Hay cosas que requieren tiempo y otras que no. —Lucía fue a la sala y se sentó en el sofá—. Me encanta esta salita. Los colores, los aromas... Sé que este lugar te hace feliz.
Paula fue a sentarse junto a su madre.
—Es verdad.
—Eres feliz con tu trabajo, con tu vida y en tu casa. Y eso hace que una madre, incluso una madre mayor como yo, duerma bien por las noches. Si además sales con un hombre que resulta que me cae muy bien, más feliz me haces. Tráelo a casa a cenar.
—Oh, mamá. Solo... salimos juntos.
—Lo has invitado otras veces.
—Sí, sí... Pedro, en calidad de amigo de Dani, ha venido a cenar, a nuestros almuerzos al aire libre, a las fiestas que hemos celebrado en casa... pero ahora no me estás pidiendo
que traiga al amigo de Dani a cenar.
—O sea que, de repente, Pedro no puede probar mis guisos ni tomarse una cerveza con tu padre. ¿Entiendes, niña mía, que, para el caso que nos ocupa, comprendo lo que significa la expresión «salir juntos»?
—Sí.
—Dile que venga a la fiesta del Cinco de Mayo. Que vengan todos tus amigos. Te prometo que lo que asaremos en la barbacoa será un cerdo, no a Pedro.
—De acuerdo. Mamá, estoy enamorada de él.
—Sí, cariño. —Lucía la atrajo hacia sí y la abrazó—. Conozco la expresión de tu cara.
—Pero él no está enamorado de mí.
—Será que no es tan listo como yo creía.
—Le gusto mucho, eso sí. Se preocupa por mí y existe una enorme atracción. Por parte de los dos. Pero no está enamorado de mí. Todavía.
—Así se habla, cariño —sentenció Lucía.
—¿Crees que... es poco honesto proponerte deliberadamente que alguien se enamore de ti?
—¿Tienes la intención de mentir, de fingir que eres otra persona distinta, de engañar, de hacer promesas que no piensas cumplir...?
—No, claro que no.
—Entonces, ¿por qué ha de ser poco honesto? Si yo no hubiera conseguido que tu padre se enamorara de mí, ahora no estaríamos sentadas en tu preciosa salita.
—Tú... ¿de verdad?
—Oh, estaba enamoradísima. Sin esperanza alguna, o eso creía yo. Era tan guapo, tan amable, tan dulce y tan gracioso
con su hijo pequeñito... Se sentía muy solo. Me trataba bien, con respeto, con dignidad... y a medida que nos fuimos conociendo, nació la amistad. Yo quería que se me llevara en volandas, que me viera como una mujer, que me metiera en su cama, aunque solo fuera por una noche.
Paula sintió que su romántico corazón casi no le cabía en el pecho.
—Oh, mamá...
—¿Qué? ¿Crees que eres tú quien ha inventado eso? ¿Crees que has inventado la necesidad, el deseo? Yo era joven y él pertenecía a una clase social más alta que la mía. La riqueza, la posición... todo eso eran obstáculos, o al menos eso era lo que yo creía. Ahora bien, por soñar, no pasaba nada. »Y por ponerse manos a la obra, tampoco —añadió Lucía con un amago de sonrisa—. Intentaba cuidar mucho mi aspecto, cocinar sus platos favoritos y escuchar sus confesiones cuando necesitaba a una amiga. Eso se me daba bien. Además, solía asegurarme de comprobar que llevara la corbata bien puesta antes de salir de casa, aunque no fuera necesario, para poder arreglársela personalmente. Y he mantenido la costumbre —murmuró—. Me gusta ese rito. »Sabía que existía algo entre los dos, lo notaba, lo podía ver en sus ojos. Reconocí que, aparte de unirnos el niño que ambos adorábamos, existía algo más que no era exactamente amistad y respeto. Lo único que podía hacer era demostrarle, con pequeños detalles, que yo era suya.
—Mamá, eso es tan... Nunca me lo habías contado.
—Porque no fue necesario. Tu padre era muy cauto conmigo. Tenía la precaución de no rozar mi mano, de no sostenerme la mirada. Hasta el día en que yo estaba bajo el cerezo en flor y vi que se acercaba. Vi que venía hacia mí, y leí lo que estaba escrito en sus ojos. Era mi corazón. —Lucía se llevó la mano al pecho—. ¡Ay, caí rendida a sus pies! ¿Cómo iba él a ignorar eso? Cuando al fin se dio cuenta, se entregó a mí.
—Eso es lo que yo quiero.
—Claro.
Paula tuvo que enjugarse las lágrimas.
—No creo que ajustando la corbata a Pedro lo logre.
—Lo que cuentan son los pequeños detalles, Paula, los gestos, los momentos. Y lo importante. Le mostré mi corazón. Se lo entregué, aun cuando yo creía que él no podría o no querría tomarlo. Se lo di de todos modos, como un regalo. Aunque fuera a rompérmelo. Actué con valentía. El amor es muy valiente.
—Yo no lo soy tanto como tú.
—Creo que te equivocas. —Lucía le pasó el brazo por el hombro y la estrechó contra ella—. Estás muy equivocada. De todos modos, piensa en tu amor como un recién nacido. Es un amor nuevo, radiante y feliz. Disfrútalo.
—Eso hago.
—Y tráelo a la fiesta.
—De acuerdo.
—Ahora regreso a casa para que puedas trabajar. ¿Sales hoy?
—Esta noche, no. Hemos tenido una consulta larguísima: la boda de los Seaman.
A Lucía se le iluminaron los ojos.
—Ah, la gran boda.
—La gran boda. Además, esta noche tengo que trabajar en el despacho, ordenar, planificar... y mañana la jornada será dura. Pedro tiene una reunión mañana por la noche, pero cuando termine, intentará venir y...
—Ya sé lo que significa ese «y» —dijo Lucía con una carcajada—. Vale más que duermas bien esta noche. —Le dio unos golpecitos cariñosos en la rodilla y se levantó.
—Me alegro de que hayas venido a verme. —Paula se puso en pie y le dio un gran abrazo a su madre—. Dale un beso a
papá de mi parte.
—De tu parte y de la mía. Creo que esta noche me llevará a cenar, y charlaremos en la intimidad ante un plato de pasta y una botella de vino. Es un modo de demostrarnos que aún
no hemos perdido ese toque especial.
—Como si lo hubierais perdido alguna vez.
Paula despidió a su madre apoyada en la jamba de la puerta. Sin embargo, en lugar de entrar a trabajar, dejó abierto para que circulara el aire primaveral y se fue a pasear por los jardines.
Capullos cerrados, flores frescas, brotes tiernos... El comienzo de un nuevo ciclo, pensó. Paseó hasta los invernaderos y se recreó con el fruto de su trabajo. Las semillas que había plantado en invierno se habían convertido en pequeñas plantas que iban creciendo a buen ritmo. Decidió que empezaría a aclimatarlas durante los días siguientes.
Dio una vuelta y se detuvo para llenar los comederos de pájaros que compartía con Maca. Empezaba a refrescar cuando regresó a su casa. Al ponerse el sol, haría frío.
Siguiendo un impulso, sacó una olla.
Troceó, cortó y echó dentro unas verduras del verano anterior que tenía congeladas. Dejó que hirviera el caldo y atendió sus quehaceres.
Una hora después regresó para controlar el caldo y, al oír un coche, echó un vistazo por la ventana. Sorprendida y contenta, corrió a saludar a Pedro.
—¡Hola!
—Tenía una reunión y he conseguido despachar pronto. Me he vuelto a dejar la chaqueta y se me ha ocurrido que podría
pasar a recogerla de camino a casa. ¿Estás cocinando?
—He ido a dar un paseo y, como he cogido un poco de frío, me ha apetecido preparar una sopa casera de verduras. Hay de sobra, si te apetece.
—En realidad iba a... Esta noche dan un partido, así que...
—Tengo tele —dijo Paula acercándose a él y arreglándole la corbata con un amago de sonrisa—. Y no está prohibido ver partidos en casa.
—¿De verdad?
Paula le dio un tirón.
—Te dejaré probar la sopa. Si no está rica, te devuelvo la chaqueta y te vas a casa a ver el partido.
Paula fue a la cocina a remover la sopa.
Pedro fue tras ella.
—Ven y abre la boca —dijo ella volviéndose apenas hacia él.
Pedro hizo lo que le pedía y se encontró con una cuchara frente a los labios.
—Está buena —dijo él enarcando las cejas con asombro—. Buenísima. ¿Por qué no me había enterado yo de que preparabas una sopa tan buena?
—Nunca habías venido a recoger tu chaqueta cuando una reunión terminaba antes de lo previsto. ¿Quieres quedarte a cenar?
—Sí, gracias.
—Falta una hora todavía. ¿Por qué no abres una botella de cabernet?
—Vale. —Pedro se inclinó para besarla.Se demoró y luego volvió a darle otro beso, con suavidad, lentamente—. Me alegro de haber venido.
—Yo también.
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