martes, 14 de febrero de 2017
CAPITULO 45 (PRIMERA HISTORIA)
Pau estaba en su estudio trabajando en un juego de pruebas. Cuando terminó, lo empaqueto para enviarlo a una clienta sin olvidar incluir la lista de precios, su tarjeta de visita y otra lista con distintas opciones donde elegir.
Echó un vistazo al teléfono y se felicitó por tener la sangre fría de no devolver las llamadas de Pedro. Quizá Corina había estado jugando. Seguro que habría estado jugando, pero él se había quedado resistiendo en el campo de batalla.
Le costaría algo más que un par de disculpas por teléfono si quería arreglar las cosas. Por otro lado, si no había hecho nada malo, ¿por qué se disculpaba?
«No importa», se dijo.
Su productivo día merecía una buena recompensa. Se daría un baño de espuma, tomaría una copa de vino y pasaría la velada comiendo palomitas y mirando la televisión. Vería una película de acción, donde todo explota y no hay ni rastro de amoríos.
Metió su trabajo en una bolsa de entrega de Votos. De repente, oyó que se abría la puerta y se giró en redondo.
Lourdes, con un ataque de furia, entró al trapo.
-¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a llamar a una grúa para que se lleve mi coche a un taller de segunda? ¿Sabías que pretenden que pague doscientos dólares si quiero que me lo devuelvan? Vale más que me firmes un talón ahora mismo.
«Bien -pensó Pau-. Suena la campana para que comience el round. Por una vez en la vida, estoy lista.››
-Ni en sueños. Dame las llaves.
-Te daré las llaves cuando me des doscientos dólares.
Pau se acercó a su madre, le agarró el bolso y vació su contenido en el suelo. Lourdes se quedó tan atónita que Pau tuvo tiempo de agacharse, revolver entre sus pertenencias y meterse las llaves en el bolsillo.
-¿Cómo...?
-¿Me atrevo? -Pau terminó la pregunta con frialdad-. Me atrevo porque me pediste el coche el domingo, porque no me lo devolviste y no te pusiste al teléfono durante cinco días. Me atrevo porque se acabó lo de utilizarme y abusar de mí. Y créeme cuando te digo que se acabó. Estoy harta. Hasta aquí hemos llegado.
-Nevaba. No quería arriesgarme a conducir desde Nueva York con una tempestad de nieve. Podría haber tenido un accidente. Podría haber…
-Llamado -la interrumpió Pau-. Pero dejando eso aparte, no hubo ninguna tormenta; solo cayeron cuatro copos que no llegaron ni a un centímetro. Eso, el domingo.
-Ari no quiso oír hablar de que volviera a casa en coche. Me invitó a quedarme, y eso fue lo que hice-explicó Lourdes encogiéndose de hombros-. Pasamos unos días juntos. Fuimos de compras y al teatro. ¿Por qué no puedo tener una vida propia?
-Me parece perfecto, pero practica en otra parte.
-Bah, no seas niña, Paula. Te dejé mi coche.
-Me dejaste un coche que no pude usar, que no habría podido usar ni aunque te hubieras molestado en darme tus malditas llaves.
-Fue un despiste. Me echaste tan deprisa ese día que no me extraña que me olvidara de dártelas. Y no contestes mal a tu madre -Lourdes se deshizo en lágrimas, unos hermosos lagrimones que bañaron sus dolidos ojos azules-. ¿Cómo puedes tratarme así? ¿Cómo es posible que me niegues la posibilidad de ser feliz?
«No funcionará -se dijo Pau a pesar de que ya notaba espasmos en el estómago-. Esta vez, no.›>
-Mira, eso solía preguntarme yo, solo que la pregunta iba al revés. Nunca supe encontrar la respuesta.
-Perdona. Perdona. Estoy enamorada. No sabes lo que es sentir algo así por alguien, no sabes que eso pasa por encima de todo, que solo vosotros dos sois importantes. Solo era un coche, Paula.
-Solo era <<mi>> coche.
-¡Mira lo que le has hecho al mío!- A pesar de que las lágrimas todavía le rodaban por las mejillas, la rabia se apoderó de Lourdes-. Hiciste que se lo llevara la grúa a ese... antro de grasa. Y ese hombre horrible lo tiene secuestrado.
-Paga el rescate -le propuso Pau.
-No entiendo cómo puedes ser tan malvada conmigo. Y eso es porque eres incapaz de sentir. Fotografías sentimientos, pero no los tienes. Y ahora me castigas porque yo sí los tengo.
-Muy bien. -Pau volvió a agacharse, recogió del suelo el contenido del bolso de su madre y lo embutió dentro-. No tengo sentimientos. Soy una hija horrible. Y ya que es mi estilo, voy a pedirte que te vayas. Quiero que te marches.
-Necesito dinero para el coche.
-No te lo daré.
-Pero... tienes que dármelo.
-No -respondió Pau metiéndole el bolso entre las manos-. Esa es la cuestión, mamá. No tengo que hacerlo. Y no voy a hacerlo. Es tu problema y tendrás que solucionarlo tú.
A Lourdes le temblaron los labios y el mentón. «No es manipulación -pensó Pau-, no del todo. Ella siente lo que siente. Y se cree la víctima.>>
-¿Cómo iré a casa?
Pau descolgó el teléfono.
-Llamaré a un taxi.
-No eres hija mía.
-¿Sabes qué? Lo más triste para las dos es que sí lo soy.
-Esperaré fuera. A la intemperie. No quiero estar en la misma habitación que tú ni un minuto más.
-Te recogerá delante de la casa principal. -Pau se volvió y cerró los ojos cuando oyó el portazo-. Sí, necesito un taxi en la propiedad Brown. Cuanto antes, por favor.
Con un horrible nudo en el estómago, Pau fue a cerrar la puerta con llave. Tendría que añadir una aspirina a su plan de relax post jornada laboral, aunque más bien necesitaría un frasco entero. Quizá se llevara la aspirina a alguna habitación a oscuras para intentar adormecer los sentimientos que parecía ser que no tenía.
Tomó la aspirina y se la tragó con un vaso de agua helada con la intención de aliviar la sequedad de la garganta. A continuación se sentó en el suelo de la cocina.
Hasta ahí había llegado.
Se quedaría allí sentada hasta que las rodillas no le temblaran, hasta que la cabeza dejara de darle punzadas.
Hasta que le pasara la necesidad de llorar desconsolada.
Cuando sonó el teléfono encima del mármol, Pau se levantó y lo cogió como pudo. Vio en la pantalla que era Carla y contestó.
-Estoy bien.
-Aquí me tienes.
-Ya lo sé. Gracias, pero estoy bien. Le he llamado un taxi. Llegara en un par de minutos. No la dejes entrar.
-Muy bien. Aquí me tienes -repitió Carla-. Para lo que necesites.
-¿Sabes una cosa, Carla? Ella no cambiará jamás, eso me toca a mí. De todos modos, no sabía que doliera tanto. Pensé que me sentiría bien, tranquila y satisfecha, que quizá disfrutaría un poco del triunfo. Pero no es así. Es terrible.
-Para no dolerte, habrías tenido que ser otra persona. Hiciste lo que debías, por si te sirve de ayuda. Lo que consideras correcto. Lourdes ya reaccionará. Lo sabes.
-Prefiero ponerme como una moto. -Cansada y llorosa,
Pau dobló las rodillas y escondió el rostro en ellas-. Es mucho más fácil cuando me pone como una moto. Ahora, en cambio, es como si notara que se me ha partido el corazón. ¿Tú sabes por que me pasa esto?
-Porque es tu madre. Y eso no lo cambia nadie. Pero piensa también que te sientes fatal cuando dejas que te utilice.
-Esto es aún peor. Pero no te falta razón.
-Ha llegado el taxi. Se marcha.
-Muy bien. -Pau volvió a cerrar los ojos-. Me encuentro bien. Hablaremos mañana.
-Llámame si me necesitas antes.
-Lo haré. Gracias.
No recuperó el entusiasmo para el plan de una bañera de espuma acompañada de velas y vino, pero se dio un baño caliente de todos modos. Luego se puso los pantalones de franela más viejos que tenía, su dulce consuelo. Se le habían quitado las ganas de dormir y pensó que una buena solución sería atarearse en casa: limpiaría el dormitorio, organizaría el armario y el vestidor y haría el baño a fondo, para que no se dijera.
No era el momento de dedicarse a las tareas domésticas, pero eso la mantendría ocupada durante horas. Puede que días. Y lo mejor de todo era que se trataba de una limpieza, de un acto simbólico que reflejaba su postura frente a Lourdes.
Renovarse o morir. Y todo limpito y ordenado cuando hubiera terminado. Un nuevo orden de su vida.
Abrió el armario y resopló a dos carrillos. Decidió que la única manera de empezar era como en los programas de reformas que daban en la tele: sácalo, selecciona y tira.
Tal vez podría quemarlo todo y empezar de cero. De algún modo quemar puentes parecía ser lo que mejor se le daba.
Agarró lo que le cupo entre los brazos y lo lanzó sobre la cama. Tras el tercer cargamento, se preguntó por qué necesitaba tanta ropa. Aquello era una enfermedad, eso era.
No existía ni una sola persona que necesitara quince blusas blancas.
Decidió que se quedaría con el cincuenta por ciento. Ese sería su objetivo. Cribar el cincuenta por ciento de su armario. Y compraría unos preciosos colgadores tapizados que había visto. Coordinados por colores. Y unas cajas transparentes para apilar los zapatos. Como Carla.
Cuando hubo amontonado el contenido de su armario encima de la cama y del sofá, Pau se quedó un tanto desconcertada. ¿No debería haber comprado primero los colgadores y las cajas? Y quizá también unos elementos para organizar los armarios. Y unos compartimientos para los cajones. Ahora tenía un lío descomunal, espantoso, y le faltaba un lugar donde poder dormir.
-¿Por que, en nombre de lo más sagrado, sé llevar un negocio, ser empresaria, y en cambio soy incapaz de controlar mi propia existencia? Paula Chaves, esto es como tu vida: montañas de cosas, y tú, sin saber qué hacer con ellas.
Lo arreglaría. Lo cambiaría. Se las apañaría. Si había echado a su propia madre de casa, sin duda podría solucionar el tema de la ropa, los zapatos y los bolsos.
Cortaría en seco con el revoltijo que había en su vida, con su follón mental. Había que minimizar.
Se volvería Zen.
Su casa, su vida y su dichoso armario serían remansos de paz y tranquilidad. Compartimentados en unas cajas de plástico transparente para zapatos.
Y empezaría en ese mismo instante. Era un nuevo día, un nuevo comienzo y una nueva Paula Chaves, más curtida, lista y formidable. Con los ojos relucientes, bajó a buscar un paquete de bolsas grandes de jardinería.
Unos golpecitos en la puerta la sobresaltaron hasta el punto de que casi se estremeció de alivio. Carla, pensó. Gracias a Dios. Lo que ahora necesitaba eran los superpoderes de la Chica Organizadora.
Con la mirada perdida y el cabello disparado, abrió la puerta de cuajo.
-Carla... oh. Oh, claro. Perfecto.
-No contestabas al teléfono- empezó a decir Pedro-. Sé que estás enfadada. Si me dejas entrar, aunque solo sean unos minutos, me gustaría explicarme.
-Cómo no -le espetó Pau alzando las manos-. Adelante. Es el broche perfecto. Tomemos una copa.
-No quiero beber.
-Por supuesto. Tienes que conducir -sentenció ella con aspavientos mientras se dirigía a grandes zancadas hacia la cocina.- Como yo no conduzco... -Plantó una botella de vino sobre el mármol y cogió el sacacorchos-. ¿Qué, no hay plan esta noche?
-Paula.
Mientras atacaba el corcho, Pau pensó que de algún modo Pedro había logrado que su nombre sonara como una disculpa y una advertencia al mismo tiempo. El hombre tenía mano en eso.
-Sé lo que debió de parecerte, lo que seguramente parecía. Lo que pareció. -Pedro se colocó en el otro lado del mármol- Pero no fue así. Corina... Deja que lo haga yo -se interrumpió él al verla pelearse con el corcho. Pau se limitó a advertirle con un dedo-. Vino de visita. Apareció.
-Te diré una cosa. -Pau se metió la botella entre las rodillas y, mientras tiraba del sacacorchos, se iba enfureciendo cada vez más-. Porque tú y yo nos peleáramos, porque yo tuviera necesidad de marcar unos límites razonables, eso no significa que te pusieras a entretener a tu misteriosa y sexy ex a los cinco minutos.
-No estuve entreteniéndola. Ella no es... Maldita sea -Rugió Pedro acercándose para cogerle la botella en el momento justo en que Pau hacía saltar el corcho.
Le dio un puñetazo en plena mandíbula. Del impacto, Pedro dio un paso hacia atrás.
-¿Te sientes mejor ahora?
-No quería... Te has metido en medio. -Pau dejó el vino en el mármol y se tapó la boca para evitar que le entrara la risa floja-. Ostras, qué situación tan ridícula.
-¿Podemos sentarnos?
Pau negó gesticulando y se acercó a la ventana
-Nunca me siento cuando estoy atacada de los nervios. Y tampoco me pongo a conversar con calma y tranquilidad.
-¡Menuda noticia! Te marchaste. Te fuiste corriendo sin darme la oportunidad de que pudiera explicarte la situación
-Es una manera de verlo. Eres un hombre libre. Tú y yo no decidimos que nuestra relación sería exclusiva, ni siquiera lo hablamos.
-Lo di por sentado. Nos estamos acostando. Pongas los Iimites que pongas, estoy contigo. Solo contigo. Y espero de ti lo mismo. Si eso me convierte en un tío tradicional y mojigato, no puedo evitarlo.
Pau se volvió hacia el
-Mojigato. No es una palabra que se oiga a menudo. Y no es verdad Pedro. Eso no te convierte en un mojigato, sino en una persona decente Lo que intento decirte es que, en cierto sentido no tenia ningún derecho a enfadarme. Pero ese sentido es una idiotez. El otro punto es que tuvimos una discusión, y cuando fui a tu casa para intentar resolverlo, estabas con ella.
-Yo no estaba con ella. Ella estaba allí.
-Ella estaba allí. Y tu le servias vino. Le diste mi vino.
-No le di tu vino.
-Bueno, ya es algo.
-No tomamos vino. No hubo vino de ninguna clase. Le dije que tenía que marcharse. La hice llorar- Pedro, acordándose del día se masajeo la nuca- Se marcho con lagrimas en los ojos, y tu no contestabas al teléfono. Si hubieras esperado un poco. Si hubieras entrado en casa y me hubieses dado la oportunidad de…
-Nos presentaste con mucha educación.
Pedro se interrumpió y frunció el ceño.
-Yo…sí.
-Estuve a punto de arrearte con la dichosa botella de vino por culpa de eso «Ah hola, Pau, esta es la mujer con quien viví un maldito año y de la que intento contarte lo menos posible.>> Y ella a tu lado, con su escote y su peinado perfecto, pidiéndote con melindres que le pongas una copita del vino que ha traído la imbecil.
-Pero…
-Por no hablar de que nos habíamos conocido un par de horas antes en la sección de calzado de Nordstrom.
-¿Quién? ¿Qué? ¿Cuándo?
-Vuestra mutua amiga como-se-llame ya nos había presentado en <<mi>> zapatería durante <<mi>> terapia de calzado.
La sola idea la ponía a cien.
-Y con sus malditos zapatos de salón rojos, con la puntera abierta, me repasa de arriba abajo levantando una ceja con aire sarcástico. Y sonríe. -Pau blandió un dedo ante él-. Me sonríe, la muy bruja, con sus labios bien esculpidos. Pero yo hago como que no me afecta, que se joda, ella y sus posturitas. Iba a comprarme mis fabulosas botas azules y unos adorables zapatos plateados con el talón abierto, una buena botella de vino para llevarla a tu casa... después de parar en el mostrador de MAC para comprarme un nuevo perfilador de ojos y retocarme un poco, porque quería estar guapa cuando fuera a verte. Sobre todo después de haberme fijado bien en ella. Fue cuando vi una chaqueta de DKNY fantástica y los jerséis de cachemira estaban rebajados. Por eso voy a volverme Zen. Bueno, en parte es por causa de la grúa y de mi follón emocional, pero ahí está la causa de todo.
Pedro, noqueado, dejó escapar un largo suspiro.
-He cambiado de idea. ¿Podría tomar una copa de vino?
-No entiendo cómo se te pudo ocurrir por un solo momento que me quedaría con vosotros -siguió diciendo Pau mientras iba a por una copa--. ¿Qué? ¿Esperabas que tuviera un cara a cara con ella, que montáramos un combate a sangre y fuego?
-No, ese era Bob.
-Si hubieras tenido ese único cerebro que los hombres parecen pasarse entre ellos, me habrías presentado... como la mujer con quien sales, no como si fuera una mensajera de reparto
-Tienes toda la razón. En eso me equivoqué. Mi única excusa es que estaba desbordado. Era una situación confusa, inexplicable, y quemé el bocadillo de queso.
-¿Le preparaste un bocadillo?
-No, no. El bocadillo era para mí. Lo estaba preparando cuando apareció ella y olvidé que tenía la plancha al fuego porque…-se le ocurrió que mencionar lo que había pasado desde la llegada de Corina hasta que se le quemó el bocadillo no era muy buena idea y prefirió tomar un largo sorbo de vino- ella me interrumpió. En cualquier caso, ¿estás diciéndome que tú tropezaste con Corina y Stephanie Gorden mientras ibas de compras?
-Eso mismo…
-Hay algo ahí que... -musitó Pedro- Ya entiendo. Eso explicaría que… -Se dio cuenta de que volvía a acercarse a un terreno pantanoso-. ¿Puedo decir, para resumir, que yo no quería estar allí con ella? Te quería a ti. Es a ti a quien quiero. Estoy enamorado de ti.
-Ahora no te saques el enamoramiento de la manga porque me va a dar un ataque de nervios ¿quieres que me vuelva mas loca de lo que ya estoy?
-Dudo que eso sea posible, pero no, no quiero que te vuelvas loca.
-Iba vestida para matar.
-¿Cómo dices? ¿Qué?
-No creas que no se por que se dejo <<caer» en tu casa. Me
mira y piensa <<Bah, a esta me la meriendo», se viste para matar y se presenta en tu casa. Se te insinúo, no lo niegues
Pedro quería fundirse allí mismo. Tuvo que hacer un autentico esfuerzo, un esfuerzo físico, para seguir erguido.
-Estaba preparándome un bocadillo ¿No cuenta para nada este detalle? Hacia el bocadillo y pensaba en ti ¿Cómo iba a imaginarme, como iba a suponer que ella se presentaría y me daría un beso?
-¿Te besó?
-Joder. habría tenido que traer algo que brillaba. Ella...en fin me cogió desprevenido
-¿Y te hiciste con un bate bien grueso para defenderte de su acoso físico?
-Yo no…¿Estas celosa? ¿Estas celosa de verdad?
Pau se cruzo de brazos
-Eso parece. Y no creas que es un cumplido.
-Lo siento, pero no puedo evitarlo- Pedro sonrió- no significa nada para mi. Pensaba en ti todo el tiempo.
-Curioso- Paula tomó un sorbo de vino- Es muy bonita.
Ella lo fulminó con la mirada.
-No tienes ni idea, ¿verdad? ¿Necesitas la lista de Bob para entender que toca decir algo como, por ejemplo: «Ella no se puede comparar contigo>›?
-Es cierto. Nunca se ha podido comparar contigo.
-Por favor. Con unos labios de picadura de abeja, ojos de gacela y copa D. -Pau bebió un poco mas y le acercó la botella-. Sé que es una frivolidad que me dé rabia su aspecto, pero el mío deja mucho que desear. Y el de ella es impresionante. Entiendo que te cogiera desprevenido, pero lo cierto, Pedro, es que me dejó fuera de combate. Las dos veces. Lo único que sé es que tuviste una relación seria con esa mujer, que vivisteis juntos, y que ella rompió contigo. Fue ella y no tú. Tú la amabas y ella te hizo daño.
-Yo no la amaba. En cuanto al daño que me hizo, supongo que tuvieron que ver mucho las circunstancias. Me doy cuenta de que he complicado las cosas, sobre todo porque he evitado hablar de ello. No estoy en mi mejor momento. La conocí en una fiesta en casa de los Gorden. Los amigos mutuos. Yo había regresado hacía poco, tan solo unos meses atrás. Empezamos a salir, primero por divertirnos, luego, eh... más en serio.
-Empezasteis a acostaros. Me atengo a tu semántica, profesor.
-Humm. Ella creyó que al final yo terminaría volviendo a Yale y no entendía por qué quería quedarme aquí a dar clases. Al principio lo nuestro fue algo superficial, sin importancia. Lo de vivir juntos, bueno, vino rodado.
-¿Cómo puede venir rodada una cosa así?
-Ella tenía que mudarse a un apartamento más grande. Algo salió mal, no recuerdo los detalles exactamente, pero ya había avisado a los propietarios y tenía que marcharse. Yo tenía mucho espacio, y solo iba a ser por unas semanas o quizá un mes. Hasta que encontrara otro lugar. Y de algún modo...
-Nunca encontró ese otro lugar.
-Yo lo permití. Era muy agradable cenar en casa acompañado o salir con ella a cenar. Salimos bastante a menudo, ahora que lo pienso. Me gustaba estar en pareja, que hubiera alguien en casa. Tener sexo a menudo. Y ya veo que necesito a Cyrano.
-A todos nos gusta tener sexo a menudo.
-Pensé que tendría que pedirle que se casara conmigo. Y entonces me di cuenta de que eso era lo que se esperaba de mí. Todos daban por sentado que... Me sentí culpable, porque no quería pedirle que se casara conmigo. Vivía con ella, me acostaba con ella, pagaba las facturas, hacía…
Como un agente de policía, Pau alzó la mano.
-¿Pagabas sus gastos?
Pedro se encogió de hombros.
-Al principio ella intentaba ahorrar para el nuevo apartamento, pero luego... se convirtió en una costumbre. Lo que quiero decir es que vivíamos como si estuviéramos casados, y yo no la amaba. Quería amarla. Debió de notarlo, porque vi que ella no era del todo feliz. Empezó a salir. ¿Por qué iba a quedarse metida en casa si yo me enterraba entre libros y exámenes? Corina se dio cuenta de que yo no era, ni le daría, lo que ella quería, y encontró a otro.
Pedro se quedó mirando la botella de vino que seguía sobre
el mármol.
-Yo no la amaba, pero de todos modos duele, y es humillante, que te dejen por otro, que te engañen. Tuvo un amante, y yo, sin saberlo. Confieso que me habría enterado si hubiera estado más pendiente de ella. Me dejó por otro, y aunque me dolió y me sentí avergonzado, fue un alivio.
Pau tardó unos segundos en digerir la información.
-Deja que lo resuma, que te lo esquematice, porque esta fórmula me la sé de memoria. Ella te manipuló para que le dieras alojamiento... sin pagar nada.
-No iba a cobrarle un alquiler.
-No compartía contigo los gastos de la casa y, de hecho, te hacía la pelota para que corrieras tú con los suyos. Es posible que le prestaras dinero de vez en cuando, un dinero que ella nunca te devolvía. Le hacías regalos: ropa, joyas... Pero si te negabas, ella recurría a las lágrimas o al sexo para allanar el camino y conseguir lo que quería.
-Bueno, supongo que sí, pero...
-Deja que termine. Cuando se cansaba de eso, o veía algo que brillaba más, mentía, engañaba, traicionaba y luego te contaba la historia como si fuera culpa tuya por no haberte preocupado por ella. ¿Acierto?
-Sí, pero eso no influye en…
Pau volvió a alzar la mano.
-Es Lourdes. Es... Corindes. El mismo prototipo de mi madre, solo que en una versión más joven. He vivido toda mi vida en ese ciclo, menos en lo que se refiere al sexo. Y sé que es más fácil verlo desde fuera. Tú y yo, Pedro, somos un par de memos. Peor aún, nos dejamos convencer de que es culpa nuestra que se porten como unos egoístas y unos mezquinos. Si hubiera sabido de todo esto, yo no…sí, habría…habría reaccionado exactamente del mismo modo porque es un acto reflejo. Es el factor Lourdes.
-Eso no quita que fui responsable de esa situación y permití que se diera a pesar de no querer a esa mujer.
-Mira, yo quiero a mi madre. Quién sabe el porqué, pero la quiero. A pesar de la rabia y el rencor, de la impotencia y el odio, la quiero. Y sé que ella, con su egoísmo y sus lloriqueos de abusona, a su peculiar estilo, también me quiere. O, al menos, eso es lo que me gustaría creer. Pero nunca tendremos una buena relación. Nunca existirá entre nosotras la relación que yo querría. Y no es culpa mía. Lo de Corindes, porque así se llamará a partir de ahora y para siempre, no fue culpa tuya.
-Ojalá no hubiera permitido que esto te hiciera daño, lo que pasó… Me habría gustado manejarlo mejor.
-La próxima vez que nos la encontremos, preséntame como es debido. Di que soy la mujer con quien estás saliendo.
-¿Estamos saliendo? -Pedro la miró con sus tranquilos ojos azules-. ¿Salimos juntos?
-¿Te basta por ahora? ¿Entiendes que intento asumir que mi armario emocional está abarrotado, desorganizado, hecho un lío, y que no sé cuánto tardaré en ordenarlo?
-Estoy enamorado de ti. Eso no significa que quiera que estés conmigo y que vivas conmigo, porque es lo que se supone que tiene que pasar. Quiero estar cerca cuando lo soluciones, mientras lo solucionas. Quiero que cuando me digas que me quieres, sea verdad.
-Si hago eso, si soy capaz de decirte eso, será la primera vez que se lo digo a un hombre. Y será verdad.
-Ya lo sé. -Pedro le cogió la mano y se la besó-. Puedo esperar.
-Ha sido una semana rarísima. -Pau se llevó las manos entrelazadas de los dos a la mejilla. Se sentía bien, pensó.
La hacía sentirse bien tenerlo allí, con ella-. Creo que tendríamos que ir arriba para terminar de arreglar las cosas.
CAPITULO 44 (PRIMERA HISTORIA)
Bob se quedo mirando a Pedro desde el otro lado de la mesa que ocupaban en el Café de la Amistad, con los ojos nublados y boquiabierto.
-Cojonudo.
-No contestó al teléfono. Cuando conseguí echar a Corina de casa la llamé. A su casa (a los dos números) y al móvil. No respondió. Pensé en ir a verla, pero si no había contestado al teléfono... Ella creyó que yo... No habría tenido que imaginar eso, pero en esa situación no la culpo. En realidad, no. –Pedro se quedó pensativo contemplando su té verde-. Tengo que darle una explicación. Está claro que tendré que explicarme ante ella. Pero me siento perdido. No sé por dónde empezar.
-Dos mujeres van a por ti. Dos. Pedro, tío, eres cojonudo. El rey de las nenas.
-¡Por favor, Bob, no te enteras de nada!
-Yo me entero de todo, tío. -Su expresión boquiabierta se convirtió en una sonrisa de rendida admiración-. Aquí lo que pasa es que tienes a dos tías buenas coladas por ti. Y además he oído que has empezado un rollito con Carla Brown. Un trío de mas buenas.
-Que yo... ¿qué? ¿Quién...? No. ¿De dónde has sacado eso?
-Estabas ligando aquí mismo, en el Café de la Amistad, la otra noche. En una cafetería, además de tomar café, la gente habla.
-¿Desde cuándo se ha convertido esto en un culebrón? Tomamos un café y hablamos de Paula. Somos amigos. Casi. Nada más que eso. Ni siquiera eso, en realidad.
-Mejor.-Bob asentía con aire de entendido-. Porque iba a decirte, tío, que no salgas nunca con dos amigas. No es que no mole, es que es mortal. Te arrancarán la piel a tiras y luego se irán de compras juntas.
-Es bueno saberlo, Bob -Pedro captó la inocente expresión de sarcasmo de su amigo-, pero no estoy saliendo con Carla. ¿Y desde cuando un hombre y una mujer no pueden tomar un café…un té... juntos en un lugar público sin...? Da igual. -Pedro se rindió al notar que le entraba dolor de cabeza-. No importa.
-Muy bien. Volvamos al tema. Dos tías buenas midiéndose por Pedroman. Apuesto a que si hubiera entrado la pelirroja, habríamos tenido pelea de chicas. Dos peleándose por ti, Pedro-A Bob se le iluminaron los ojos al imaginárselo-. Eres el rey de las nenas.
-No quiero ser ningún rey. -Con razón se había callado el incidente durante todo el día. ¿Qué mosca le había picado ahora para creer que Bob podría darle algún consejo en un momento dado, en una situación determinada?-. Intenta estar de mi lado en esto, Bob.
-Lo procuro, pero no paro de imaginarme una pelea de chicas. Ruedan por el suelo y se arrancan la ropa... -Bob bebió un sorbo de su café con leche descremada y canela-. Es muy real.
-No hubo ninguna pelea.
-Pero podría haberla habido. Vale, digamos que no quieres hacer malabarismos con las dos. A mí me parece que tienes madera para eso, pero me da la sensación de que quieres que te ayude a decidir con cuál te quedas.
-No, no y no. -Pedro hundió la cabeza entre las manos-. No hablamos de corbatas, Bob. Esto no es un estudio comparativo. Estoy enamorado de Paula.
-¿De verdad?...Oye, no me habías dicho que sentías un amor con mayúsculas por ella. Creía que solo teníais un lío. -Bob se retrepó en la silla frotándose el mentón-. Esta ecuación es distinta. ¿Se cabreó mucho?
-Adivínalo, y luego multiplícalo por dos.
Bob asintió con aire de comprender la situación.
-Además de llevarle unas flores y disculparte, tienes que ser tu quien dé el primer paso; por ahí van los tiros. Una cosa así cuando eres inocente... porque eres inocente, ¿verdad?
-Bob.
-Vale. Lo que te aconsejo es que te dejes machacar primero.-Bob, con aire pensativo, dio un sorbo a su café con leche-. luego has de hacerle entender que eres inocente. Suplicarle. Y adornarlo con algo que brille y vaya en una cajita así.
-¿Una joya? ¿Un soborno?
-No tiene por qué ser un soborno. Es una dis-cul-pa. Da igual que no hicieras nada, Pedro. Eso nunca importa. Si quieres que esto acabe, que todo vuelva a ser como antes, recuperarla y volver a tener sexo con ella en esta década, ve a buscar algo que brille. Además, pronto será el día de San Valentín
-Eso es superficial y manipulador.
-Te doy la razón, tío.
Pedro estalló en carcajadas.
-Me quedo lo de hacerle un regalo que brille como plan B. Pero creo que tienes razón en lo demás. Sobre todo en dejar que primero me machaque. Tenía mala pinta. Aquello tenía muy mala pinta.
-¿Le diste un revolcón a la morena?
-No. Joder.
-Eres un hombre íntegro. Recuerda lo que te digo. Eres un íntegro, Pedro, pero también eres el rey de las nenas, y estoy orgulloso de haberte conocido.
lunes, 13 de febrero de 2017
CAPITULO 43 (PRIMERA HISTORIA)
Pau entró en la mansión hecha una furia.
-¿Dónde estáis todas? -vociferó.
-¡Aquí, en la cocina! Te hemos llamado al móvil –grito Emma-. Ven.
-Cuando os cuente el día que he tenido, no os lo vais a creer. Primero me he tropezado con la ex de Pedro, muy sexy ella, en la sección de calzado de Nordstrom, y eso casi me estropea la inconfesable satisfacción de haber llamado a la grúa para que se llevara el coche de mi madre. ¿Por qué nadie se había molestado en decirme que es preciosa? -se quejó Pau mientras lanzaba su abrigo sobre un taburete-. Y por si fuera poco, además de aguantar a la sexy y seductora, con sus fabulosos zapatos de salón con la puntera abierta y su voz de Catwoman látigo en mano, me gasto sesenta pavos en una botella de vino como ofrenda de paz para Pedro y ochenta más en el supermercado para comprar esta porquería con la que hacerle la cena, ¿y sabéis con qué me encuentro cuando llego a su casa? ¿Sabéis qué ven mis ojos? Os diré lo que he visto. La he visto a ella. A ella con un suéter negro de cachemira escotado hasta aquí, con tanto encaje rosa por debajo que le estaba diciendo: «Anda y métete dentro, cariño». Y él allí plantado, ¡presentándonos a las dos!, rojo como un tomate y con aire atontado. »Y ahora esa lagarta se está bebiendo mi vino.
Carla alzó las manos al cielo.
-Espera un momento. ¿Pedro estaba con Corina, con su ex?
-¿Qué es lo que acabo de decir? ¿No me has oído? Y la lagarta le grita: <<Ay, cariño, entra en casa no vayas a pillar un resfriado». Solo que con una voz súper sexy. Él estaba cocinando. Lo he olido. Olía a pan quemado, vale, pero qué más da. O sea, ¿discutimos por una tontería y él se pone a preparar tostadas quemadas para esa y a servirle mi vino?
-No me imagino a Pedro cayendo en ese juego –dijo Emma sacudiendo la cabeza-. De ningún modo.
-Pero ella estaba allí, te lo aseguro, con su escote de encaje rosa.
-Pues haberle dado a Pedro una patada en el culo, otra patada a ella y haberte llevado el vino. -Laura se acercó a Pau para acariciarle cariñosamente la espalda-. Pero yo me inclino a pensar como Emma. Volvamos a la sección de calzado de Nordstrom. Lo primero es lo primero. Dinos, antes que nada, si has comprado algo.
-Sección de calzado, de Nordstrom. ¿Tú qué crees que va a pasar?
-Luego nos los enseñas. ¿Cómo sabías que era la ex de Pedro? ¿Te conocía ella?
-Iba con esa como-se-llame. La prima del novio de la boda del sábado. Me reconoció. Y las dos se pusieron a mirarme de arriba abajo, cosa que me sentó fatal. Como un tiro. Y la como-se-llame venga a reír y a decir que las dos deberíamos cambiar impresiones. Zorra subnormal.
-¿Y no crees que es extraño, una coincidencia que el mismo día te encuentres por la noche a esa mujer en casa de Pedro?-intervino Carla-. ¿A quién más le huele a chamusquina?
Laura y Emma levantaron la mano.
-Dios mío. -Disgustada, Pau se dejó caer sobre un taburete-. Me la ha jugado. Estaba paralizada, furiosa y... sí, celosa, tanto que no he entendido nada. De todos modos, ella no sabía que yo iría a su casa. Así que…
-Me parece que estaba asegurándose el tiro. La conozco un poco, ¿recuerdas que te lo comenté? -intervino Emma-. Y esa es de las que piensa: «Quiero lo que tú quieres, y sobre todo quiero lo que tú tienes». Seguro que fue a su casa para ver si podía quitártelo, y entonces...
-Va y le regalo una botella de vino. -Pau se llevó las manos a la cabeza-. Soy idiota.
-No. Lo que pasa es que no eres mezquina o calculadora como ella. Y Pedro tampoco -comentó Carla-. No estaba con ella, Pau. Ella estaba allí, nada más.
-Tienes razón. Tienes toda la razón. Y yo me marchó dándole pista libre. Pero él nos presentó.
-No supo controlar la situación, eso seguro -afirmo Carla-. ¿Qué quieres hacer?
-No lo sé. Esto es demasiado. Estoy agotada emocionalmente. Supongo que atiborrarme de helado y tragarme las penas.
-Podrías tomar caviar para celebrarlo.
Pau frunció el ceño sin apartar la vista de Carla.
-¿Celebrar qué? ¿Lo ridículas que son las relaciones?
-No, que Votos ha triunfado firmando el contrato para la boda de los Seaman. El trabajo es nuestro.
-Ah, ya... No, perdona, dame un minuto para cambiar el chip. -Pau se frotó la cara intentando calmar su rabia para poder saborear el triunfo-. ¿De verdad lo hemos conseguido?
-Lo hemos conseguido, y tenemos una botella de Cristal, el mejor champán francés, y huevas de beluga para demostrártelo. Estábamos esperándote para descorchar la botella.
-Qué día más raro. -Pau se presionó los ojos-. Ha sido un día terrible y extraño. ¿Y sabéis qué? Este es un modo fantástico de acabarlo. Sácale el tapón al amigo, Carla.
-Cuando el corcho salte, declaro oficialmente este despacho zona antidepresiones.
-Ya está -dijo Pau levantándose-. Me están entrando ganas de bailar. ¡Abre la botella!
Coincidiendo con el estallido inaugural, Pau soltó un grito de alegría.
-Por nosotras -declaró Carla alzando la copa-. Por las amigas del alma, por unas mujeres que son mas listas que el hambre.
Brindaron y bebieron. Paula pensó que podría superar cualquier cosa, cualquier percance, siempre y cuando tuviera a esas mujeres a su lado.
CAPITULO 42 (PRIMERA HISTORIA)
<<La rutina tiene su sentido- pensó Pedro-. Te obliga a hacer cosas, te garantiza cierta comodidad y hace que tengas las manos y la cabeza ocupadas<>>
Cuando llego a su casa, colgó el abrigo y fue al despacho dejar encima de la mesa las tareas que debía hacer esa noche. Entonces comprobó los mensajes.
Sintió una punzada de tristeza cuando la voz de Pau no resonó en la habitación, pero eso también formaba parte de la rutina.
Carla le había aconsejado que le diera tiempo, y un poco de espacio. Le daría tiempo, un par de días más. podía esperar. La espera se le daba bien. Y si algo quería más que nada en el mundo, era que ella fuera a buscarlo.
Bajo a la planta baja para dar de comer al gato y prepararse un té. Acodado en el mármol, se tomo la infusión mientras repasaba la correspondencia del día.
Se preguntó si era posible llevar una vida tan normal y corriente, tan seria y formal. ¿Estaría en la misma onda (léase rutina) al cabo de un año? ¿Al cabo de una década...?
¡Qué horror!
Se sentía muy cómodo antes de que Paula volviera a entrar en su vida.
-No pensaba vivir solo para siempre-. Pero tenia mucho tiempo por delante, ¿verdad? Tiempo para disfrutar de cierta rutina, de mi casa, de mi trabajo, de la libertad que te da estar soltero. Tengo treinta y pico, joder.
>>Y estoy hablando con un gato, que no es la manera como me gustaría pasar las noches que me quedan de vida. No te ofendas Pero nadie quiere acomodarse y ya esta, estar con alguien porque la única alternativa es vivir solo. El amor no es un concepto amorfo inventado por la literatura, por la poesía, inalcanzable. Es real y vital, y es necesario. Maldita sea. Cambia las cosas. Lo cambia todo. No puedo volver a ser como era antes de quererla. Es ridículo esperar algo así.
Cuando termino su cena, el gato se sentó, miro a Pedro durante un buen rato y empezó a asearse.
-Bueno, ella no es tan razonable como tú. Te diré algo, ya que ha salido el tema. Yo le convengo. Soy exactamente lo que necesita. La entiendo. Vale, no, no la entiendo. Retiro eso. Pero la conozco, que es algo muy distinto. Y sé que puedo hacerla feliz cuando ella supere su terquedad y lo admita.
En aquel momento Pedro decidió que le daría veinticuatro horas. Si no se ponía en contacto con el en ese periodo de tiempo, tendría que tomar las riendas de la situación.
Necesitaría una estrategia, un guión para saber lo que tenia que decir y como actuar. Se levanto y fue a buscar papel y lápiz.
-Seré imbecil. A la mierda con la estrategia y los guiones. Ya lo arreglaremos como sea.-Enfadado consigo mismo se pillo un dedo en el cajón.
<<Típico>>, pensó chapándoselo para aliviar el dolor. decidió que se consolaría preparándose un bocadillo caliente de queso.
Si Pau hubiera entrado en razón, ahora estarían juntos, quizá preparando la cena. Con tantas cosas como tenían que hablar…Pedro quería saber si Pau había conseguido su gran contrato. quería celebrarlo con ella, que lo compartieran juntos.
Quería explicarle el curioso relato que le había entregado uno de sus alumnos…y las excusas que le había dado otro por no haber hecho los deberes.
Tenia que admitir que la táctica de la amnesia temporal había sido muy creativa.
Quería compartir todo eso con ella: lo importante, lo insignificante, los pequeños detalles que conformaban sus vidas. Tenia que demostrarle que ella también deseaba lo mismo, y que sus deseos podían convertirse en realidad.
Puso el bocadillo en la plancha y abrió un armario para coger un plato. Al oír que alguien llamaba a la puerta se sobresalto y casi se golpeo la cabeza con un canto.
«Paula››, pensó, y salio corriendo de la cocina
Fue a abrir con su imagen clavada en la mente y se sintió desconcertado durante unos segundos, el tiempo que tardo en procesar a Corina.
-Pedro- dijo ella. Toda sonrisas, entró, dio una grácil vuelta sobre sí misma y se le echó a los brazos. Levantó la cabeza clavándole sus ojos oscuros y brillantes y le dio un beso en la boca-. Sorpresa... -dijo con un ronroneo.
-Ah, sí. Menuda sorpresa... Corina... -Pedro se desasió de ella-. Estás... tienes muy buen aspecto.
-Oh, estoy destrozada. He pasado por tu casa tres veces antes de reunir fuerzas para parar el coche. No me rompas el corazón, Pedro, diciéndome que no te alegras de verme.
-No. Es decir... te aseguro que no me lo esperaba.
-¿No vas a invitarme a entrar?
-Ya estas dentro.
-Siempre tan literal. ¿Cierras la puerta o vas a tenerme implorando aquí fuera con este frío?
-Lo siento. -Cerró la puerta-. Me has pillado desprevenido. ¿Qué quieres, Corina?
-Más de lo que merezco. -Se quitó el abrigo y se lo ofreció con una mirada de súplica-. ¿Querrás escucharme?
Debatiéndose entre las buenas maneras y la sorpresa, Pedro colgó el abrigo.
-Creo que eso ya lo hice.
-Fui una estúpida, una desconsiderada contigo. Tienes todo el derecho a darme una buena zurra en el trasero. -Corina entró en la sala de estar-. Cuando pienso en lo que hice, en lo que dije... Pedro, qué avergonzada estoy. Fuiste tan bueno conmigo... me hiciste tan bien... A tu lado me convertí en mejor persona. He estado pensando en ti, he pensado mucho en ti.
-¿Y qué ha pasado con... -tuvo que rebuscar en su memoria para acordarse del nombre- Santiago?
Corina puso sus seductores ojos en blanco.
-Fue un error. El castigo por haberte herido. No tardé mucho en darme cuenta de que aquello no era más que una aventura sin importancia. Él era un niño comparado contigo, Pedro. Dime que me perdonas, por favor.
-Eso es agua pasada, Corina.
-Quiero compensarte, si me dejas. Dame una oportunidad y te lo demostrare.- Se acerco a él y le acaricio la mejilla-. Sé que recuerdas cómo nos iba, lo bien que nos iba juntos. Podríamos recuperar eso, Pedro. Se estrechó contra él-. Podrías volver a tenerme. Solo tómame.
-Creo que deberíamos...
-Ya nos portaremos bien luego. -Se apretó contra él mientras Pedro intentaba zafarse-. Te deseo. Te deseo tanto... No puedo pensar en nada más.
-Espera. Basta. Esto no va a...
-De acuerdo. Tú mandas. -Corina, con una deslumbradora sonrisa, se echó atrás la melena-. Hablemos primero, como tú quieras. ¿Por qué no me sirves una copa de vino y...? ¿Se quema algo?
-No... Ah, mierda.
Pedro corrió hacia la cocina y la sonrisa de Corina pasó a ser glacial. Esto iba a costarle más tiempo y esfuerzo de lo que había pensado, pero no importaba. En realidad, el hecho de que Pedro no estuviera comiendo ya de la palma de su mano, como esperaba, lo convertía en alguien más deseable a sus ojos. Y seducirlo sería mucho más gratificante.
A fin de cuentas, el único lugar donde no se había aburrido con él era en la cama.
Corina endulzó su expresión cuando le oyó regresar.
-Lo siento, estaba preparándome algo para cenar. Corina, agradezco tus disculpas y tu... ofrecimiento, pero... Lo siento-repitió él al oír que volvían a llamar a la puerta.
-No pasa nada. Esperaré.
Pedro, haciendo un gesto de impotencia, fue a abrir. Su cabeza, sobrecargada ya, se puso en alerta roja cuando vio a Pau.
-Hola. Esto es una ofrenda de paz --dijo Pau enseñándole botella de vino-. Me he portado fatal y espero que me des la oportunidad de rectificar. Si te apetece, había pensado que podrías venir a casa a cenar esta noche. Si quieres, trae una botella de vino. Por cierto, esta marca que ves aquí es bastante buena.
-Tú... yo... Paula.
-¿Quién esta ahí, Pedro?
<<Oh, oh», fue lo único en que Pedro pudo pensar. Aquello no iba a acabar bien. En ese momento Corina apareció por detrás, y Pedro vio que Pau se quedaba de piedra.
-Esto no es...
-Oh, vino, qué simpática. -Corina tomó la botella de la mano de Pedro, que se había quedado paralizado-. Pedro estaba a punto de servirme una copa.
-En realidad, yo... Paula Chaves. Ella es Corina Melton.
-Si, ya lo sé. Bien, disfrutad del vino.
-No, espera. -De un salto, Pedro la agarró por el brazo-. Espera. Espera, por favor. Entra en casa.
Pau se lo quitó de encima.
-¿Estás de broma? -Y entonces lo amenazó-. Si vuelves a tocarme, te dejo la mandíbula más morada que antes.
Se marchó a grandes zancadas hacia un coche que Pedro se fijó en que no era el suyo. Entonces Corina lo llamó desde el umbral.
-¡Pedro, cariño! Vuelve, no vayas a pillar un resfriado.
<<¿Rutina? -pensó él-. ¡Mira que estar preocupado por si caía en la rutina!>>
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